24 de enero de 2018

Séptimo de Burrería 1 - Terence Hill y Bud Spencer: el Western a mamporros

Hasta bien entrados los años 60, el Western fue el género rey del entretenimiento popular. Cine, series y películas para televisión, seriales radiofónicos, novelas, revistas, cómics, juguetes... Hasta que el público se cansó. El mercado estaba sobresaturado: en la tele estadounidense llegaron a emitirse a la vez más de cincuenta series del Oeste y los gustos estaban cambiando. No es que el Western perdiera su popularidad de golpe, pero sí que se reinventaba y entraba en una larga y dulce etapa crepuscular que aún dura hoy día.

Bud Spencer y Terence Hill

Una parte activa y muy importante de esta reinvención llegó de Europa, concretamente de Italia y España -y en menor medida Alemania-, y se bautizó -al principio de forma despectiva, pero después como simple calificativo- como Spaghetti Western, aunque muchos prefieren los términos Western europeo o Eurowestern. Un cine que contrastaba con el estadounidense por sus ambientaciones, mucho más sórdidas, sucias y desmañadas, y por sus historias, donde no había héroes ni grandes gestas, sino robos, venganzas, disputas por botines escondidos en pueblos fronterizos y traiciones entre rufianes y canallas. 


Pero, por encima de todo, el sello de identidad del Spaghetti Western era su elevado nivel de violencia. En algunas películas los muertos se contaban por docenas y no era extraño que mostrasen explosiones de dinamita, ametralladoras Gatling, accidentes de ferrocarril, tiroteos masivos o cualquier otro elemento que pudiese disparar las cifras del killcount.  

Y el público se cansó otra vez. Demasiada violencia. Aunque hubo un director, Enzo Barboni (por mucho que firmase como E.B. Clucher), que tuvo una idea: hacer películas violentas, sí, pero una violencia divertida, inocente, para todos los públicos. Un Spaghetti Western humorístico. El Slapstick de toda la vida. Con dos personajes antitéticos. Una película de contrarios condenados a entenderse. La Buddy Movie de toda la vida también. Sin saberlo, estaba creando un filón y un género que habría de hacer reír a dos generaciones enteras. Un cine con nombre propio: «las películas de Terence Hill y Bud Spencer», de las que el propio Barboni, por cierto, dirigiría un buen número.

Terence Hill (Mario Girotti) y Bud Spencer (Carlo Pedersoli) habían trabajado juntos en tres Spaghetti Westerns dirigidos por Giuseppe Colizzi, un realizador bastante regulero: Tú perdonas... Yo no (Dio perdona... Io no, 1967), Los cuatro del Ave María (I quattro dell'Ave Maria, 1968) y La colina de las botas (La collina degli stivali, 1969). La trilogía de Colizzi es algo mediocre, incluso como Spaghetti, y en la tercera entrega intentaba introducir el humor como revulsivo, aunque con escaso acierto.

Le llamaban Trinidad

Pero con Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità) estrenada en 1970, el trío Barboni-Hill-Spencer dio con la fórmula exacta: una combinación de humor, aventuras y autoparodia del Spaghetti Western. Con ella quedó inaugurado oficialmente el Western cómico y el western europeo dio un giro, paradójicamente hacia su pérdida de prestigio y paulatina desaparición. Fue tal su éxito que se intentó aprovechar el tirón con secuelas y precuelas apócrifas (práctica, por otra parte, muy extendida en el cine de exploitation). Por ejemplo, La colina de las botas se reestrenó en algunos países con el título Vamos a matar con Trinity, y muchas cintas llevaron títulos como «Le llamaban...» o «Y le llamaron...». Una película de 1972 (también de Barboni) que sólo contaba con Hill y no tenía relación alguna con la original fue titulada Y después le llamaron El Magnífico (E poi lo chiamarono il magnifico), así que para muchos es la tercera de la trilogía, pese a no serlo.

Le llamaban Trinidad sienta las bases de lo que será el universo cinematográfico Hill-Spencer. Un actor (Hill) y un deportista metido a intérprete (Spencer, nadador y waterpolista olímpico, nunca se consideró a sí mismo actor) que, en sus propias palabras, no discutieron ni una sola vez en su vida, y que se repartieron unos roles que repetirían una y otra vez a lo largo de diecisiete películas conjuntas.

Terence Hill interpreta a Trinidad, que aparece en escena con toda una declaración de intenciones: cubierto de polvo, descalzo y desharrapado, dormitando tendido sobre un travois indio arrastrado por su caballo que tanto pasa sobre un pedregal que sobre un arroyo sin que su amo se inmute, al son de la música de Franco Micalizzi, con la melodía silbada, faltaría más, por Alessandro Alessandroni, el gran silbador de las BSOs de Ennio Morricone. Bud Spencer es El Niño (Bambino, en el original), su hermano, un cuatrero que se hace pasar por sheriff en un pequeño pueblo mientras espera a sus compinches para dar un gran golpe y hacerse con una valiosa partida de caballos. Y aquí entra un elemento común a todas las películas del dúo: Terence llega para alterar la tranquila vida de Bud, para fastidiarle los planes y para enredarlo en sus propios líos. Y, como siempre, para poner a prueba la infinita paciencia del gigantón, tanto directamente (haciendo todas las cosas que sabe que le sacan de quicio) como a través de terceros. Lo cual suele derivar en las habituales ensaladas de tortazos que tanto nos hacían reír de pequeños y, para qué engañarnos, que nos hacen reír todavía.

Bud Spencer
Comilonas de judías

En este reparto de roles, Terence Hill siempre era el pícaro inquieto y Bud Spencer el buenazo de paciencia casi infinita y carácter apacible, que se ganaba enseguida el cariño de los niños y de los ancianos. Uno de los gags preferidos era el momento en el que Hill lograba al fin acabar con la paciencia de Spencer y debía huir de su ira, que siempre era terrible cuando se lograba hacerle enfadar.

Además de ser el grano en el culo del bueno de Bud, Terence siempre era el galán, y en ninguna de las cintas del dúo falta su interés romántico en forma de mujer atractiva (rubia por norma general). Aquí, las dos hermosas hijas de un patriarca mormón.

Lo que nos lleva al siguiente elemento común en el cine Hill-Spencer: por mucho que sus personajes sean truhanes, buscavidas o rufianes, siempre terminaban haciendo de justicieros y defendiendo a un colectivo de inocentes desvalidos frente a un grupo de desaprensivos que los extorsionan. En este caso, una comunidad de pacíficos mormones, contrarios -por su fe- al uso de la violencia, que son expoliados por una banda de bandidos mexicanos.

Esta labor justiciera, parodia, homenaje o simple continuidad de la vieja historia del justiciero solitario que tantas y tan buenas historias ha dado al western (Shane, Los Siete Magníficos, El jinete pálido...) nos lleva a otro lugar común para la pareja: sus planes de lucrarse, ese negocio con el que esperan hacerse ricos y que siempre es su motivación en la trama, se frustra en favor de sus defendidos, y terminan la aventura tan pelados como la comenzaron.

La autoparodia del eurowestern en Le llamaban Trinidad se extiende con las hipérpoles de todos los clichés del género. Trinidad (¡la mano derecha del Diablo!) es el pistolero más rápido del Oeste. Tanto que enfunda y desenfunda a cámara rápida y, cuando dispara, acierta hasta de espaldas y sin mirar. El Niño (¡la otra mano derecha del Diablo!) nos deja las clásicas peleas en el saloon, pero al estilo Bud Spencer, esto es, él contra un montón de malos, desplegando su amplio repertorio de mamporros, que en cada barrio bautizábamos a nuestra manera: el martillo pilón, el molinillo, el bofetón a mano abierta o el aplauso de orejas a dos manos.

Terence Hill
... y más judías

Le llamaban Trinidad nos legó un icono que asociamos desde entonces con el cine de vaqueros y con las películas de Hill y Spencer: los atracones de judías directamente de la sartén. Pero también momentos memorables como el líder mormón justificando el uso de la violencia con un pasaje del Eclesiastés, a El Niño zurrando al jefe mexicano que lo confunde con un manso mormón, Trinidad huyendo de la vida marital o, por supuesto, la gran pelea final multitudinaria, que no podía faltar en ninguna cinta del dúo.

Estas peleas, perfectamente coreografiadas, tardaban hasta una semana en ser rodadas, y en ellas Hill y Spencer desplegaban todas sus artes. Bud repartiendo guantazos a todo el que se cruzaba en su camino (siempre había un recalcitrante que volvía una y otra vez a la carga) y quitándose de encima a un montón de rivales que se le echaban encima a la vez; y Terence haciendo acrobacias (se le daba bastante bien la barra fija) y golpeando a sus rivales en la cabeza, en las manos o en los pies con los objetos que tuviese a mano: sartenes, cucharones, tablas,...

Las aventuras de Trinidad y su hermano El Niño tuvieron continuidad en dos secuelas, ambas dirigidas por Enzo Barboni:

Le seguían llamando Trinidad

Le seguían llamando Trinidad (Continuavano a chiamarlo Trinità), de 1971, donde Hill y Spencer repiten personajes y se hacen pasar por agentes federales para intentar capturar una considerable suma de dinero escondida en un monasterio. Al enredo se suman los auténticos agentes de la ley, una calamitosa familia de colonos -beneficiarios de la bonhomía de la pareja y, por supuesto, con una hija rubia y guapa para encandilar a Hill- y una congregación de frailes en el lugar de los mormones de la primera parte. Las escenas para el recuerdo fueron la comilona en el restaurante y la visita a la casa de los hermanos donde conocemos a su mamá y a su padrastro. Por lo demás insiste en las líneas abiertas por su predecesora, pelea final incluida.

Trinidad y Bambino, tal para cual (Trinità & Bambino... e adesso tocca a noi), de 1995, es la tardía tercera entrega oficial, dirigida por Barboni pero ya sin la pareja Hill-Spencer, pues los personajes son los hijos de los Trinidad y El Niño (Bambino) originales. Una curiosidad intrascendente que pasó desapercibida para un público con la atención puesta en otras cosas.

Tanto Terence como Bud volvieron al western. Terence Hill con películas correctas como la mentada Y después le llamaron El Magnífico, otras excelentes como Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno, 1973), y otras olvidables como la adaptación de Lucky Luke (1991) o las series de televisión Lucky Luke (1993) y Doc West (2009). Bud Spencer en cintas como En el oeste se puede hacer... amigo (Si può fare... amigo, 1972), Una razón para vivir y una razón para morir (Una ragione per vivere e una per morire, 1972) y Dos granujas en el oeste (Occhio alla penna, 1981).

Pero sus películas por separado nunca tuvieron el brillo de sus películas en pareja, ni su humor físico, ni sus gags reconocibles que todos esperábamos ansiosos, ni su manejo del Slapstick. El truco estaba en su química, en lo bien que congeniaban en pantalla (y fuera de ella: cuando murió Bud Spencer, Hill declaró que había fallecido su mejor amigo y que estaba desolado).

Por suerte, en 1994 y ya talluditos, aún nos dejarían un último saludo en el escenario: la anecdótica Y en Nochebuena... ¡se armó el Belén! (Botte di Natale), dirigida por el propio Terence Hill, su última cinta juntos y, la verdad, una curiosidad anacrónica para que disfrutemos los nostálgicos y los cinéfagos sin complejos.

Y en Nochebuena se armó el Belén

Como ya comentamos, el western cómico renovó el eurowestern, pero también lo mató. A partir de la dupla Le llamaban Trinidad - Le seguían llamando Trinidad las carteleras se llenaron de producciones cómicas de calidad muy dispar, el mercado volvió a saturarse y... el público se cansó otra vez. Da capo.

Por último, queda comentar un detalle muy curioso: la maestría de los italianos en el arte de copiar, les llevó ¡a copiarse a ellos mismos! Si el Spaghetti Western es un exploitation del western original, algún productor avispado tuvo la idea de hacer un exploitation de las películas de Terence Hill y Bud Spencer. ¿Y cómo? Pues tomando a dos actores que se les parecían y fusilando los argumentos de sus películas. Los elegidos fueron el estadounidense Paul Smith para hacer de Spencer y el italiano Michael Coby (Antonio Cantafora) para ser Hill. Para mayor similitud, emplearon a los mismos actores de voz que doblaban a los originales.

Si bien Paul Smith se asemejaba mucho a Bud Spencer, Michael Coby se parecía a Terence Hill como un huevo a una castaña, así que en los carteles se disimulaba usando retratos en vez de fotografías, o directamente echándole cara y usando una foto de Hill. Los italianos eran así. En cuanto a las películas, las dos primeras, Nos llaman Carambola (Carambola, 1974) y Les llamaban los hermanos Trinidad (Carambola, filotto... tutti in buca, 1975), aún colaron y se estrenaron en cines con buenas taquillas, pero en las tres siguientes el público ya estaba prevenido y fueron un fracaso total.

Paul Smith y Michael Coby
Michael Coby y Paul Smith, los sosias de Terence Hill y Bud Spencer

Por separado, Coby hizo mucho cine basura y mucha televisión, mientras que a Paul Smith, gracias a su físico, se le pudo ver en El expreso de Medianoche, de Robert Altman, o en Dune, de David Lynch, interpretando a «La Bestia» Rabban.

La trinidadexploitation no se quedó ahí, y podríamos citar títulos infames como Ninguno de los tres se llamaba Trinidad, pero lo cierto es que merece la pena dejarse de malas imitaciones y quedarse con los mejores, con los de verdad. Con los grandes. Con los inimitables.

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2 comentarios:

  1. Me encantaban estas películas cuando era chico, y coincido, son un género en si mismas

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    Respuestas
    1. A mí me siguen gustando, pero cuando era pequeño era un devoto. Creo que en el videoclub me había alquilado diez o doce seguidas.

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