11 de enero de 2018

El espectro del abad: el terror de Louisa May Alcott

El espectro del abad apareció en The Flag Of Our Union en 1867, y es uno de los thrillers más largos que LMA (Mujercitas) escribió, y de los pocos en los que el elemento sobrenatural, al principio meramente estético, queda sin explicación racional.

Reunirse en Navidad es el pretexto que congrega a un grupo de personajes en la antigua abadía, ahora convertida en mansión. Cada uno tiene que lidiar con los problemas propios de su posición: una herencia, un compromiso… Todo queda relegado para juntarse en torno al hogar y contar historias de fantasmas. Pero, lo que empieza como un mero entretenimiento, acabará en tragedia…


La edición de El espectro del abad por parte de Pulpture Ediciones tiene un doble valor. Por una parte, supone el lanzamiento de su nueva colección Almaya, en la que verán la luz obras inéditas en castellano de clásicos de la literatura de terror y fantasía que no tienen cabida, por época de origen, temática o estilo, en sus líneas actuales como Costas de Carcosa o Penny Dreadful. 

Por otra, es la primera traducción al castellano de una obra de Louisa May Alcott que permanecía inédita en nuestro país, y que nos acerca a los lectores hispanohablantes a una faceta poco conocida, pero fascinante, de la autora estadounidense, célebre sobre todo por sus novelas juveniles como Mujercitas, Hombrecitos, Los muchachos de Jo o Los primitos

Y aquí entra en juego el breve pero completo estudio que acompaña a la novela, obra del traductor Óscar Mariscal, que aporta una jugosa información sobre la autora: Louisa May Alcott escribió, por necesidades económicas, novelettes de terror por entregas, que ella llamaba «sus historias de sangre y truenos» y que firmaba con seudónimo. En este caso, como A.M. Barnard.

Pero el hecho de escribir por encargo no significaba, para la autora, escribir sin interés, y El espectro del abad, publicada originalmente en 1867 en cuatro entregas, es una perfecta muestra de ello. Estamos ante un relato de terror gótico, que contiene todos los elementos propios del género y que gana enteros gracias, precisamente, a su ajustada extensión de 126 páginas. 

El planteamiento de Alcott es notablemente teatral: un único escenario cerrado, pocos personajes y una abundancia de diálogos que ofrecen al lector toda la información por boca de los actores. Por razones de espacio, las descripciones se reducen al mínimo y los adjetivos son pocos pero escogidos, buscando concentrar la mayor carga semántica posible en una única palabra. 

Detalle para degustar, por infrecuente, es el punto de vista narrativo: una narradora testigo pero no participante, una de las criadas de la abadía sin intervención alguna en el devenir de los acontecimientos. 

El texto se divide en ocho capítulos breves, con un esquema evidente de publicación por entregas. Alcott comienza con un truco original: un Dramatis Personae narrado, que presenta a los personajes interactuando y desvelando datos sobre ellos y sobre la trama.  


A partir de ahí asistimos a una historia de personajes encerrados en un recinto -una antigua abadía reconvertida en mansión- en donde, ociosos como buenos burgueses de la época, se entretienen contándose cuentos de terror -en forma de relatos enmarcados, si bien la brevedad del texto obliga a que sean muy sucintos- mientras afloran los pasados oscuros, los secretos de familia, los intereses económicos y los amores, tanto los no correspondidos como los escondidos durante años o los impuestos por las presiones sociales.

La abadía es un escenario idóneo, arcilla en manos de Louisa May Alcott para una novelette que juega con todos los tópicos del terror gótico -la noche, la tormenta, los espacios cerrados, las construcciones antiguas, el viento, la atmósfera desapacible, los protagonistas enfermizos, la sensación de tensa espera hasta que se precipite el desenlace trágico, la omisión deliberada de datos en la narración...- donde el fantasma no puede tardar en aparecer. 

Este es el último gran golpe de efecto de la autora: el espectro del abad que da título a la obra. Un fantasma al estilo de los de Emily Brönte en Cumbres Borrascosas o al de la posterior Una vuelta de tuerca de Henry James. Fantasmas clásicos para un terror más velado que explícito, donde lo que realmente sugerente es lo que se omite, no lo que se narra. 

Literariamente El espectro del abad es notable por la habilidad de Louisa May Alcott para despojar su narración de todo lo superfluo y quedarse con lo fundamental. El resultado es un buen cuento de fantasmas, que despierta el interés por esta faceta oculta de la estadounidense y que invita a leer sus otras novelettes similares (con la editorial de The Flag Of Out Union publicó seis).  

En cuanto a la edición, Pulpture sigue subiendo el listón y entrega un volumen muy cuidado, con un diseño muy elegante en su sobriedad, que recuerda por estética a la línea Gótica de Valdemar y que incluye dos tintas, cubiertas con solapas y un marcapáginas de regalo. El formato es el mismo que la editorial emplea en su línea Costas de Carcosa, y que resulta muy cómodo de sujetar y leer, con márgenes amplios y letra grande. 

El espectro del abad viene acompañado en su lanzamiento por otro título: Carne para la eternidad, un volumen con dos relatos sobre momias, La bella durmiente de Saïs, de Robert Williams Chambers, y Zenobia: un sueño del antiguo Egipto, de Hereward Carrington.

El espectro del abad puede adquirirse en La boutique de Zotique.

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