7 de julio de 2017

Pájaros y brumas - José María García González

Marcelo Gumbela pasa sus últimos días de vida en una residencia cuando recibe la visita de Ana, su nieta, que quiere conocer el pasado de la familia en el Valle de Caderechas. Juntos, entre susurros de la fantasía, emprenden un viaje por sus brumosos caminos hacia el esplendor de los cerezos en flor, hacia la infancia que empieza a entrever los horrores y los placeres de la edad adulta, hacia las historias, los paisajes, las escenas extintas pero rutilantes de aquellos años... Un viaje interior que acaba convirtiéndose en una rebelión trágica y triunfal contra el olvido.

Si la nostalgia fuese un género literario, Pájaros y brumas estaría entre sus más destacadas representantes. Nostalgia que es pesadumbre por lo que se ha perdido, pero también que se revuelve y lucha contra sí misma.


Pájaros y brumas es la segunda novela publicada por la editorial granadina El último Dodo, tras los tres tomos que componen la generacional Martín Zarza, de Miguel García. 

Su autor, José María García González, tal como se indica en la contracubierta, ejerció su profesión de periodista en Radio Nacional de España durante veinticinco años, durante los cuales produjo también una obra literaria que permaneció inédita -casi se puede decir oculta- hasta que ahora, de mano de El último Dodo, ve la luz en forma de un libro que aventuramos refleja algunos de los recuerdos y vivencias de su autor. 

Nacido en Quintanaopio, Burgos, villa que ambienta parte de los acontecimientos de la novela, José María García fue leñador y protagonista del éxodo rural que asoló el campo español en los años del desarrollismo, y alternó los estudios de periodismo en Madrid con la venta ambulante y la hostelería. Ahora, en Pájaros y brumas, ofrece una mirada nostálgica y mágica al pasado del valle de Caderechas, retratando un mundo ya desaparecido, pero no muerto ni olvidado. 

En resumen, la novela cuenta la visita de una joven llamada Ana a su abuelo, Marcelo Gumbela, en la residencia de ancianos en la que éste vive. Apenas se conocen, pues el padre de Ana se la llevó al extranjero cuando ella era muy pequeña. Ahora, Ana desea que su abuelo le cuente los orígenes de su familia en el valle de Caderechas, en la provincia de Burgos, al que su padre jamás volvió.

Los cerezos en flor, la imagen más reconocible del
valle de Caderechas. [fuente: El viaje de Sofi]

Lo primero que cabe destacar es que la novela tiene varios niveles narrativos enmarcados. El primero es el de Ana, que narra en primera persona el encuentro con su abuelo, enmarca los diálogos de éste y describe sus propios sentimientos e ideas, de forma intradiegética. El segundo es el formado por los diálogos de Marcelo Gumbela, que desgrana sus recuerdos del valle y sus habitantes, y enmarca el tercer nivel, que serían los recuerdos propiamente dichos, que conforman la historia, relatados en tercera persona por un narrador omnisciente y heterodiegético. 

La forma en la que Marcelo Gumbela desmadeja sus recuerdos no es ordenada, sino que va presentando personajes y dejándolos para regresando después sobre ellos, simulando así el autor la memoria débil de una persona mayor que intenta recordar sucesos ocurridos mucho tiempo atrás, que ya comienzan a difuminarse y confundirse. Son como rompecabezas que no se comprende hasta haberlo completado, o un cuadro impresionista que requiera alejarse y contemplarlo en conjunto para apreciar todos los detalles. Ana lo explica en estos párrafos:


«Sus recuerdos parecían acumularse en capas superpuestas, como los estratos de un terreno. Él los iba descubriendo poco a poco, con la minuciosidad de quien desea extraerlo todo, sin preocuparse del ritmo de los hallazgos. A veces se encontraba con algo que emergía como un montículo y su empuje le hacía detenerse. Entonces se volvía, reflexivo, como si reviviera un hecho que existiera antes que el tiempo y le sobrepasara, y tratara de explicarlo a su modo.[...]

Las vetas volvían a ser horizontales y uniformes, subían o bajaban, se estrechaban, o se quebraban de pronto, hasta desaparecer, para surgir de nuevo, nítidas. [...] Fluían sus recuerdos, ahora como fragmentos de un mosaico, agrupándose pieza a pieza, hasta formar la imagen completa de su memoria.[...]»

Aguas Cándidas, municipio al que pertenece Quintanaopio [fuente: Diario de Burgos]

De esta manera, el texto consigue la autoridad narrativa necesaria y el tono de oralidad deseado para este tipo de obras, pese a no emplear los recursos habituales con los que se intenta reforzar la presencia del narrador como cronista, pues esa labor se concentra en los diálogos entre Ana y Marcelo Gumbela. 

Dos son los logros principales de José María García González: el primero, transmitir y contagiar la nostalgia por un mundo que se desvanece, el de la España rural que comenzó a morir en los años 50 con el mayor éxodo rural de nuestra historia. Un mundo que los nacidos en la ciudad conocemos precisamente por las historias de nuestros padres y abuelos, y que el autor consigue que resulten cercanas, conocidas, familiares, creíbles. El segundo, en relación con esto, alcanzar fácilmente la suspensión de incredulidad cuando introduce el componente fantástico, pues estamos ante una obra de esa forma de la fantasía que tan bien entronca con el costumbrismo y los escenarios tradicionales y populares: el realismo mágico.  

Pájaros y brumas maneja, por una parte, un costumbrismo delicioso y un tono de retrato popular que lo emparentan con la narrativa de Miguel Delibes (quien mejor supo capturar el alma del pueblo castellano) o con el Cela de Viaje a la Alcarria. Por otra, su lírica a la hora de describir los paisajes del valle de Caderechas, su luz y sus aromas y las sensaciones que provocan traen reminiscencias de la poesía de Antonio Machado (un extracto de sus Galerías abre la novela). Pero los materiales con los que el autor construye su obra van más allá, y va a convertir Quintanaopio en su Macondo particular.

Afiador en Noia, A Coruña, en 1926
Autora: Ruth Mathilda Anderson

Porque como novela coral, en la que el escenario y el conjunto de gentes que lo pueblan se convierten en un personaje conjunto, el valle de Caderechas y la villa de Quintanaopio van a deber mucho a ilustres parroquias gallegas, como San Salvador de Cecebre, en la que transcurría El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez; o San Xoán de Esmelle, en la que residían Merlín e Familia, de Álvaro Cunqueiro. 

Como gallego y amante del realismo mágico, no puedo sino regocijarme al encontrar un homenaje tan sentido y tan evidente a Álvaro Cunqueiro, para muchos el padre del género -o al menos aquel que supo recoger una tradición oral popular y convertirla en género literario- en la figura de Don Cunqueiro, el mago de Mondoñedo (como el propio Cunqueiro) uniéndolo además al personaje de Merlín e Familia al caracterizarlo como epígono de Merlín y reproducir el esquema del libro original (a casa de Merlín se presentaba gente para consultarle problemas, que el mago enfrentaba con su infinita sabiduría). 

El realismo mágico no termina ahí, sino que la fantasía brota de lo cotidiano y los sucesos sobrenaturales se entremezclan con los ordinarios, logrando como dijimos que sean indistinguibles y ambos tengan así la misma credibilidad. Cestos de mimbre con asombrosas propiedades conservantes, ancianas que sellan caminos con dos simples bastones, niños que no crecen, buhoneros que aparecen cuando el pensamiento los invoca sin que se conozca por qué camino han llegado, y hasta una leyenda enmarcada -propia de Las mil y una noches o de Los cuentos de Canterbury-, que implica a Don Cunqueiro, un malvado genio llamado Mirabel y a dos jóvenes amantes en la lucense costa de Foz, son algunos de los prodigios que se convierten en vivencias mundanas para los vecinos del valle de Caderechas.

El Mirabel es también una deliciosa variedad de ciruela  [fuente]

Como novela costumbrista, o como retrato de un modo de vida tradicional, y de la intrahistoria de una serie de personajes, Pájaros y brumas muestra una serie de tipos de extracción popular, reconocibles e identificables como propios: el indiano que ha retornado rico e ilustrado de América, el párroco, los guardias civiles, los diversos vecinos con sus oficios manuales y, en un mirada a esa sociedad del pasado rica en oficios ambulantes, afiladores, buhoneros y segadores llegados desde Galicia (castellanos de Castilla, tratade ben ós galegos...)

La novela de José María García González tuvo para mí mucho de serendipia, de convertir en certezas historias antes sugeridas. En la figura de Luciano, el joven afilador gallego que visita el valle de Caderechas ejerciendo de afilador, reconozco a los afiladores (y paragüeiros) que, desde tierras ourensanas, recorrían el norte peninsular empujando su rueda y hablando su barallete, y que mi padre me contó que alcanzaban su pueblo de la sierra de Calamocha, en Teruel.

En su ritmo narrativo, Pájaros y brumas es una lectura de medio tiempo, plácida, que se beneficia del sosiego que le inyecta el tanto el tono ensoñador de los pasajes más líricos como de la oralidad y del carácter popular de los recuerdos de Marcelo Gumbela. El léxico es escogido, sin excesos, y la construcción del texto intenta no estirar demasiado las oraciones, para no lastrar la lectura. En este aspecto, al igual que en la habilidad para dotar a cada personaje de una voz propia en los diálogos, se percibe la búsqueda de la expresividad, pero también el deseo de mantener la sencillez, de huir del artificio.

Las manzanas, elementos narrativos de la novela, son
también un motor económico del valle de Caderechas [fuente

A través de la memoria de Marcelo y de la intrahistoria de las gentes de Caderechas asistimos también a un ejercicio de costumbrismo e incluso de etnografía: las labores agrícolas regidas por los ciclos lunares, la taberna como lugar de reunión, las festividades populares, la hospitalidad, la vestimenta, la dieta, los oficios... un montón de pequeños detalles, incluso si dan lugar a escenas brutales y desagradables, por los que vamos pasando de mano del autor y sus personajes para conocer un poco más de un pasado que merece la pena conservar como memoria de lo que fuimos.

El resultado es una invitación a la nostalgia, a recordar el mundo de muchos de nuestros padres y abuelos que, si no fue mejor que el nuestro, en narraciones como esta Pájaros y brumas, al menos aparece más puro y más pleno, aún cuando relate injusticias, sufrimientos y crueldades. José María García González ha tardado en sacar su obra a la luz, pero lo ha hecho con una novela de lectura agradable, para disfrutar sin prisas, reconstruyendo las historias (y haciéndolas reales, por prodigiosas que sean) de gente común, ya desaparecida y olvidada, de un pequeño rincón del mundo rodeado de manzanos y cerezos en el angosto valle de Caderechas.





El autor de la cubierta y de las ilustraciones interiores es Jesús Cisneros.

Al final del volumen se incluye una relación de personajes en la que se resumen los datos principales sobre cada uno de ellos.


DÓNDE CONSEGUIRLO: 

Pájaros y brumas puede adquirirse en Amazon, en formato digital, por 3,99 euros.


ENLACES DE INTERÉS:

El último Dodo: Página web, Facebook, Twitter, Instagram, Youtube.


FICHA TÉCNICA:

Pájaros y brumas
Autor: José María García González
Editorial: El último Dodo
Páginas: 220
ISBN: 978-84-697-4374-4
Formato: Rústica, eléctronico


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1 comentario:

  1. Gracias por la reseña, la verdad que suena muy bien este libro!, te recomiendo uno en la misma línea de realismo mágico, romance histórico y costumbrismo. Se llama La bandola del café.

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