8 de junio de 2017

Mascotas de libro: El capitán Flint

Hasta ahora en «Mascotas de libro» hemos visto animales cuadrúpedos. Hoy conoceremos un ave, que curiosamente no es la mascota del protagonista, sino del villano de la historia. Aunque es un villano tan carismático y tan icónico que para muchos es, en realidad, el verdadero protagonista de la novela. Hablamos de: 

El capitán Flint, de «La isla del tesoro» 


«La isla del tesoro» de Robert Louis Stevenson es, tal vez, la novela de aventuras más significativa de la historia de la literatura, y una estación de paso obligatoria en nuestra educación lectora para todos cuando rondamos los doce años. Al menos así ha sido desde que fue publicada allá por 1883. Ha sido tal su calado en la cultura popular, con sucesivas adaptaciones al teatro y al cine, que Stevenson instaló en el imaginario colectivo una idea de la piratería que perdura hasta hoy: cuando cualquiera de nosotros escucha la palabra «pirata», lo primero que se imagina es a un pirata del mar Caribe, con un parche en el ojo, un pañuelo en la cabeza, una cicatriz en la mejilla, tal vez un garfio por mano, al que le falten varios dientes, armado con un sable de abordaje y dos pistolones de mecha en el cinto. Y, por supuesto, con un loro parlanchín sobre el hombro. 

No importa que la piratería haya existido desde la antigüedad y en todos los mares del globo, desde el Mediterráneo hasta el Índico. Para nosotros, gracias a (o por culpa de) Stevenson y su novela, el verdadero pirata siempre será Long John Silver, o John Silver el Largo, según traducciones. Y allá donde vaya Silver, siempre irá con él su mascota de libro, el capitán Flint

El capitán Flint hace su aparición cuando John Silver el Largo ya está instalado como cocinero de La Hispaniola, la goleta que ha de llevar a Jim Hawkins, el joven protagonista de la aventura, y al resto de la expedición, hasta la isla donde el capitán Flint (el legendario pirata, no el loro) enterró su fabuloso tesoro, indicando el lugar exacto en un mapa señalado con una X. 

Robert Newton como Long John Silver en la película de
Walt Disney Pictures de 1950. Su papel más memorable.

Stevenson ya deja claro que tanto el loro como su propietario son engañosos y están llenos de dobles intenciones, algo en lo que se basará en desarrollo de la novela y que convierte a Long John Silver en un personaje tan fascinante:

«Ahí donde lo ves, Hawkins —me decía—, este pájaro tiene lo menos doscientos años... y hay quien dice que algunos viven eternamente. Este ha visto ya pasar más condenaciones que el mismísimo Satanás. Ha navegado con England, con el gran capitán England, el pirata. Ha estado en Madagascar y en Malabar, en Suriman, en Providence, en Portobello. En Portobello, cuando el rescate de los famosos galeones de la Plata. Allí aprendió a gritar «¡Doblones!», y no es para menos: ¡más de trescientos cincuenta mil que sacaron a flote, eh, Hawkins! Estuvo cuando el abordaje al Virrey de las Indias, a la altura de Goa; allí estuvo, y lo miras y parece inocente como un niño. Pero tú no has olvidado el olor de la pólvora, ¿verdad, Capitán?
—¡Todos a sus puestos! —chillaba el loro.
—¡Ah, qué alhaja! —decía el cocinero, y le ofrecía entonces unos terrones de azúcar que llevaba en el bolsillo; y el loro se agarraba con su pico a los barrotes de la jaula y empezaba a lanzar maldiciones sin tino.
—Ya ves —añadía John— cómo no se puede tocar la brea sin mancharse. Este pobrecito pájaro mío, tan viejo como inocente, y blasfemando como el peor desalmado, aunque sin malicia, tenlo por seguro, porque igual es capaz de soltarlas delante de un capellán —y John se llevaba la mano al sombrero con el solemne ademán que le era usual, y que me hacía ver en él al mejor de los hombres.»

Robert Newton, con graves problemas financieros, acabó atado a su personaje,
al que interpretó una y otra vez en secuelas televisivas de bajo presupuesto

Queda claro que Silver exagera un poco con la edad del capitán Flint, aunque la longevidad de los loros es proverbial, y no es de extrañar que éste alcanzase los ochenta años tranquilamente. La especie más longeva es el guacamayo, que puede alcanzar los cien años, mientras que los loros grises suelen rondar los cincuenta. Se conocen ejemplares, como Charlie, una hembra que fue mascota de Winston Churchill y decía sonoras obscenidades contra los nazis en general y contra Hitler en particular, que vivió casi 110 años.

Como buen loro lenguaraz, el capitán Flint repite su frase una y otra vez, con esa voz chillona e irritante que tienen estos animalitos. «¡Todos a sus puestos!» y alguna otra, pero la que Stevenson ha dejado para la historia de la literatura es «¡Doblones!¡Doblones!¡Doblones!» o «¡Doblones de a ocho!¡Doblones de a ocho!¡Doblones de a ocho!», según traducciones. Debía de resultar cansina porque, cuando ya adulto Jim recuerda y relata su aventura, no guarda muy buen recuerdo del pájaro, pues así concluye la novela: 

«[...]pero aún en las pesadillas que a veces perturban mi sueño oigo la marejada rompiendo contra aquellas costas, o me incorporo sobresaltado oyendo la voz del Capitán Flint que chilla en mis oídos: "¡Doblones! ¡Doblones!"»



PERO, ¿LLEVABAN LOROS LOS PIRATAS?

Pues no está claro, la verdad. La mayor parte de la imaginería popular que rodea a los piratas caribeños que conocemos hoy día procede, como dijimos, de las primeras adaptaciones teatrales que se hicieron de la novela de Stevenson allá por el 1900. Es posible que llevasen loros y otros animales a bordo a modo de mascotas, como es típico aún en la actualidad que haya perros o gatos en los pesqueros, barcos militares o embarcaciones de recreo, pues se cree que «traen suerte». Pero los loros son animales nerviosos y es difícil que se estén quietos o que no le echen el pico a cualquier cosa que tengan cerca, como una oreja, con el peligro que eso supone. 


Claro que los piratas tampoco enterraban tesoros a menudo. Y si lo hacían, no dibujaban un mapa con una X indicando el lugar exacto. Simple fantasía literaria para hacer soñar con aventuras emocionantes a millones de jóvenes durante más de cien años. 

En cualquier caso, el capitán Flint es pionero en un elemento icónico, el loro del pirata, que sigue llegando a nosotros en figuras como el loro del señor Cotton, de la saga cinematográfica «Piratas del Caribe». 

Si queréis saber más sobre «La isla del tesoro», en el podcast «El Sótano de OMC Radio» le dedicamos un monográfico a la obra inmortal de Stevenson y a su adaptación al cine por parte de Walt Disney en 1950:



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4 comentarios:

  1. ¡Buenas!
    Tengo por leer el libro, que soy de las que se lo saltó cuando crecía. Eso sí, la historia más o menos la conozco y como casi todos, alguna adaptación he visto.

    Es curioso porque tampoco sabía que era en esta novela en la que se basaban los tópicos de piratas que todos conocemos hoy en día y que ya son inseparables de la figura en sí (la pata de palo, el parche, el loro... desde luego, van atados al término "pirata"). Me pregunto en qué se basaría el autor para crear esa imagen, ¿quizá en alguien en concreto?

    Me ha gustado ver otra edición de mascotas de libro :D


    ¡Abrazotes y buen finde!

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    1. ¡Hola! Pues parece que la inspiración principal de Stevenson fue un libro titulado «At Last: A Christmas in the West Indies" de Charles Kingsley, en la que leyó sobre la existencia de un islote llamado "El cofre del hombre muerto". Después, la figura de Long John Silver se la inspiró un amigo suyo llamado William Henley, al que le faltaba una pierna. El resto se lo inventaban a medias él y su hijastro Lloyd. Durante el día Stevenson escribía un capítulo, por la noche lo leían y los miembros de la familia aportaban ideas.

      Por lo demás, espero hacer más «Mascotas de libro». ¡Abrazos!

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  2. ¡El bueno del Capitán Flint! Estupendo artículo, oye. Un gran homenaje al legado que aquel escocés genial dejó al mundo, ese puñado de obras con la rara cualidad de imperecederas. Y eso que Stevenson murió bien joven.

    A mí me obligaron a leer "La isla del tesoro" en 1º de BUP, con trece o catorce años. Ni que decir tiene que la odié a muerte. Las palabras lectura y obligatoria jamás deberían aparecer juntas en una frase. He tenido que esperar a releerla con mi hija para apreciarla, pero no es lo mismo: hay cosas que hay que descubrir a la edad apropiada.

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    1. ¡Muchas gracias, Alfredo! El tema de las lecturas obligatorias es complejo. Tu caso es ilustrativo: una obra tan divertida como esta, y la odiaste por el hecho de que te obligasen a leerla.

      En mi caso la leí varias veces, aunque mi primer contacto con ella fue a través de una versión adaptada y resumida de aquellas que publicaba Bruguera en los 80. De ahí pasó a alguna película, no recuerdo cual, y despúes ya por fin la novela completa, que releí en dos ocasiones en ediciones distintas.

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