16 de diciembre de 2016

Relato: Cuento de Navidad por Cormac McCarthy

Este es mi regalo de Navidad para todos. Un relato navideño breve -1500 palabras- en el que también he querido hacer un una parodia-homenaje al estilo de Cormac McCarthy, a su narrativa seca salpicada de expresiones grandilocuentes, incluidas sus frases larguísimas sin comas y sus diálogos sin guiones. 

Para la historia he acudido a los Evángelios Apócrifos (como el pseudo Mateo y el Protoevangelio de Santiago) en los que Salomé aparece como partera de Jesús, en contra de los textos canónicos, en los que la Virgen María no tiene comadrona. He preferido utilizar los nombres hebreos como Shlomit (Salomé) o Bethlehem (Belén).

Como todos mis relatos, está publicado bajo licencia Creative Commons que permite su libre descarga, copia y distribución siempre que sea sin fines comerciales y citando la autoría. 

En esta ocasión, además del archivo PDF, podéis leerlo en esta misma entrada. 






Cuento de Navidad por Cormac McCarthy

Tomás Rivera


Es de noche. El aire es frío y seco y los pies del hombre y las patas del asno levantan a cada paso gruesas nubes de polvo que se pegan a la ropa y arden en la boca y la garganta y obligan a viajeros y bestia a entrecerrar los ojos hasta que no son más que estrechas rendijas por las que apenas sí pueden ver. El hombre es viejo. Con una mano tira del ronzal del asno y con la otra se apoya en un cayado con el que tantea las piedras del camino en una penumbra que sería total oscuridad de no ser por el cielo despejado en el que la luna y todas las estrellas del universo brillan como si sintieran algún tipo de misericordia por los caminantes y quisieran hacer menos penoso su viaje. Sobre el animal viaja una mujer muy joven. La mujer está embarazada y protege su enorme vientre con el mismo manto con el que cubre su cabeza y su rostro. Hombre, mujer y animal están cansados. El anciano se sacude las finas agujas al rojo vivo que se clavan en cada uno de sus miembros exhaustos y continúa caminando. No quiere anteponer su dolor al de la muchacha, que ha querido acompañarle pese a su avanzada gestación y a que en su casa ha dejado a su madre enferma. Es un hombre bueno y un marido justo. Se ha hecho cargo de ella y del hijo que espera. Lo primero es una obligación del Templo que ha obedecido como judío respetuoso de la Ley. Lo segundo ha sido su voluntad y lo ha decidido sin cuestionarla y sin hacer preguntas. 

El camino desciende por las colinas hacia un valle en el que descansan grandes rebaños de ovejas y cabras. Los pastores velan su ganado sentados en el suelo en torno a fogatas prendidas con espino y otros arbustos. Los árboles escasean y apenas se ven en todo el valle unos cuantos olivos nervudos e inclinados como falsos profetas a los que nadie escucha. El hombre sabe el valor que tiene la madera en esa tierra. Su oficio de carpintero le ha proporcionado prosperidad y una posición acomodada. Por esa razón y por su fama de hombre justo y recto entre todos los varones del Templo se le ha encomendado desposar a la muchacha que ahora a duras penas se mantiene sobre el asno mientras reprime los dolores de un parto inminente. 

El camino asciende de nuevo para llevar a una aldea que se eleva gibosa sobre un promontorio. Las casas de adobe se agolpan sin orden formando angostas callejas retorcidas y pestilentes como los intestinos de un buey enfermo. Una ventana rompe las tinieblas con la asténica luz de una lámpara de aceite para indicar la existencia de una posada. El hombre comprueba que no hay otra luz encendida en toda la aldea y se dirige a la puerta de la casa y la golpea con el puño. El posadero abre la puerta sujetando la lámpara en su mano. Su mujer observa la escena desde el interior. 

¿Qué deseáis?
Buscamos posada. Mi mujer va a alumbrar y necesita calor.
No tenemos sitio para vosotros. Buscad otro lugar. 
Lo hemos hecho ya. Puedo pagar. 
No es por dinero. No tenemos sitio. Id. 
Ruego tu caridad.

El posadero mira tras el hombre y ve a la mujer sobre el asno y se gira para mirar al interior de su casa y después se gira de nuevo y mira hacia el final de la calle. 

No hay posada para vosotros en Bethlehem. Si seguís el camino tal vez podáis refugiaros en algún lugar a la salida de la aldea. Id ahora.
Sea.

El hombre da la espalda a la puerta que se cierra con un reproche y toma la brida del burro y lo conduce en la dirección que le ha señalado el posadero. La muchacha no puede contener un gemido y su cara se transfigura con un gesto de dolor mientras se dobla hacia delante para no caer de la montura. El anciano desea encontrar cuanto antes un lugar en el que la mujer pueda recostarse y parir a su hijo y apura al asno con leves golpes de su cayado en las ancas que el animal dueño de una sabiduría vieja y resignada como el mismo mundo no le recrimina. 

Atraviesan Bethlehem y cuando las calles dan paso al camino hallan una gruta que algún pastor ha convertido en pesebre añadiéndole un cierre de madera y cubriendo el suelo con paja para guardar su rebaño en invierno. El hombre ayuda a la mujer a desmontar y a tenderse sobre un montón de heno que desprende su olor dulzón y penetrante y se siente cálido al tacto. El asno se siente liberado de su peso y se tumba invocando las escasas fuerzas que le restan. Los gritos de la muchacha cortan la noche como los aullidos de una fiera moribunda. El hombre la toma de la mano y ella la aprieta clavándole las uñas hasta lacerarle la piel. La espalda de la mujer se arquea y los tendones de su cuello se tensan como sogas secas a medida que siente como su vientre convulsiona y sus muslos se empapan de un viscoso líquido sanguinolento. 

La mujer del posadero se cubre con su manto y hace ademán de abrir la puerta de la casa. El posadero se cruza ante ella. 

¿A dónde vas?
Voy a buscar a esa mujer y ayudarla a parir.
No. Es tarde y hace frío.
Es apenas una muchacha y no puede parir sola. Si no voy morirá ella o morirá el niño. O ambos.
No es asunto nuestro. Te quedarás.
Iré y si quieres mátame a golpes cuando vuelva o vete al Templo a pedir que me lapiden. 

La partera sale a la calle tapando sus cabellos con el manto y sin mirar hacia atrás. El posadero la deja ir y piensa que al día siguiente la matará a golpes por su desobediencia. 

La mujer del posadero llega a la gruta guiada por los gemebundos llantos de la muchacha. Allí la encuentra llorando y doblándose sin poder contener más el dolor. El hombre seca el sudor de la frente de su esposa con su propia túnica. 

Mi nombre es Shlomit y soy partera. Ayudaré a nacer a tu hijo.
Mi nombre es Yósef y mi mujer se llama Mariam. Te pagaré bien.
Eso no importa ahora. 

La mujer conoce su oficio y el parto es breve. El niño nace con una última convulsión y un último alarido desgarrador de la muchacha. Shlomit corta el cordón umbilical con sus dientes y lo cose con una tripa de cordero y limpia al pequeño con un lienzo de lino y lo coloca sobre el pecho de su madre. Los lloros de madre e hijo se confunden igual que se confunden el dolor y la dicha. La muchacha olvida todo el sufrimiento y abraza a su hijo mientras el agotamiento la derrota finalmente y la unge con los bálsamos del sueño. El anciano se incorpora y contempla a su familia y carga sobre su cayado el peso de un cuerpo que se desentumece a medida que lo inunda el calor del establo.

El alba se anuncia sobre las colinas con rayos escuálidos y sarmentosos como los dedos de una anciana. Yósef quiere pagar a la partera y llevarla a su casa en el asno. Entra entonces el posadero en el pesebre. Trae una manta de lana cruda y un odre de vino y se los tiende al anciano. 

Pensé que tendríais frío. Quédaos la manta, tengo más en la posada.
Bienaventurado seas. 

Yósef toma la manta y la tiende sobre la muchacha y el niño dormidos. El posadero mira al pequeño y después mira a su mujer. Decide que quizás su desobediencia no haya sido una falta tan grave. Después se marcha a contar lo ocurrido a todos cuantos encuentra. Ese día varios pastores y labradores de  Bethlehem irán a la gruta a llevar leche y carne y lana de sus ovejas y leña para hacer fuego. 

El asno se levanta y comienza a ramonear en un montón de paja. El niño se inquieta con el ruido inesperado. La partera le acaricia la cabeza. Entonces sabe que el niño conocerá la Ley y será un rey sobre todos los reyes. Que hablará con palabras sabias que llenarán de esperanza las almas de los hombres de todos los pueblos y de todas las naciones. Y sabe también que muchos entenderán mal sus enseñanzas y retorcerán sus palabras y en su nombre los pueblos marcharán contra otros pueblos y millones morirán y padecerán a manos de quienes no sabrán comprender que la palabra que le fue revelada y predicó le fue concedida por igual a todos los hombres y a todas las naciones bajo el cielo. Pero ahora es solo un niño que duerme en un pesebre con su joven madre y con su padre anciano. Y Shlomit pensó que eso era bueno. 

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