29 de junio de 2014

Don Camilo - Giovannino Guareschi

La vida cotidiana en una pequeña localidad ficticia y anónima, situada en la llamada tierra baja, entre el río Po y los Apeninos, en Italia, durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En ella viven Don Camilo, el párroco, y Giuseppe Bottazzi, más conocido como Peppone [Pepón, en algunas traducciones], el alcalde perteneciente al Partido Comunista. Su enfrentamiento constante es el motor de la historia, y provoca situaciones disparatadas, por el fuerte carácter y la tozudez de ambos. Los dos poseen una fortaleza física descomunal, y resuelven muchos de sus conflictos de forma violenta pero cómica. A lo largo de la historia se traslucirá que, pese a su aparente enemistad, el sacerdote y el rojo son en realidad grandes amigos y no pueden vivir el uno sin el otro.


Título: Publicada en 1948, Don Camilo, o El pequeño mundo de Don Camilo (Don Camillo: Piccolo mondo) es obra de Giovannino Guareschi. Escritor, periodista, humorista gráfico, redactor en varias revistas y más tarde editor de la revista satírica Cándido. Antes de dedicarse al periodismo desempeñó infinidad de trabajos no cualificados. Su marcha al frente durante la Segunda Guerra Mundial le libró de represalias por sus críticas abiertas al dictador Benito Mussolini. Permaneció más de dos años en un campo de concentración, y ya de regreso a Italia fue condenado dos veces por la justicia, acusado de ofensas y difamación a varios cargos políticos. Cumplió prisión y nunca aceptó el indulto. Profundamente anticomunista, se mostró también crítico con las incoherencias de la Democracia Cristiana, en la que militaba.

Es una obra de corte realista y costumbrista, que muestra hechos cotidianos de la vida en la Italia de los años 40, con una mirada humorística tierna y entrañable. Contiene también elementos del realismo mágico. Las viñetas satíricas que ilustran cada capítulo son obra del propio autor.



Con este libro, Guareschi inicia una larga serie de novelas dedicadas a lo que denominó «Pequeño mundo»: El pueblecito a orillas del río Po donde la vida se desarrolla en apenas unos kilómetros cuadrados, las relaciones sociales abarcan poco más de un centenar de personas, todo el mundo se conoce, los secretos no existen y las puertas de las casas permanecen abiertas. Donde se recela de los forasteros, especialmente si vienen de la ciudad, y donde la vida es sencilla y la gente gusta de resolver las cosas a su manera, sin que nadie tenga que venir a decirles cómo manejar sus asuntos.

Si hubiese que describir Don Camilo con una sola palabra, sería sin duda «divertido». Leyéndolo en público, provoca miradas cuando no puedes evitar reírte, y no son pocas veces. Porque lo que destila ante todo es sentido del humor. Un humor amable, blanco, irónico pero respetuoso, delicado y que humaniza a los personajes, por lo que se acaba sintiendo simpatía.

Por medio del humor, Guareschi realiza un retrato costumbrista de la vida en la Italia rural de los años 40, en una postguerra en la que los ánimos todavía están bastante encendidos, el comunismo está en pleno apogeo, y la nación italiana se está reconstruyendo. Pero el autor nos mostrará las tiranteces y los conflictos de ese período tan convulso a través de la intrahistoria, es decir, de la vida cotidiana de la gente, de los hechos menores y sin importancia aparente, que transcurren a la par de los grandes acontecimientos históricos.




Guareschi inicia su libro con un prólogo en el que reconoce que su vocabulario no tiene más de doscientas palabras, y nos avisa que no esperemos grandes alardes estilísticos. Ilustra también el tono general que tendrá la novela a través de tres historias breves extraídas de sus propias memorias, y no relacionadas con los protagonistas del pequeño mundo. En ellas anticipa el corte simplón, directo y tremendista que efectivamente veremos a lo largo de Don Camilo.

Porque además de ser divertido, el texto es una apología de la sencillez. Sencillo es en efecto el estilo del autor, que huye de cualquier intención literaria que no sea contar la historia, y no se recrea ni en largas descripciones, ni en escapadas líricas ni en reflexiones filosóficas. Y sencillo es el carácter de las gentes que pueblan el pequeño mundo, como sencillas son las vidas que llevan y las peticiones que le hacen al destino: trabajo, tranquilidad y salud. Y sencillo es el modo en el que resuelven sus problemas y sus disputas: A trompadas unas veces, a tiros de escopeta otras, con la mediación del párroco siempre, y por supuesto sin que nadie de la ciudad venga a decirles como deben dirimir sus diferencias.

«—Conforme, Peppone; el niño saldrá de aquí bautizado, pero con ese nombre maldito no.
—Don Camilo —refunfuñó Peppone—, recuerde que tengo la barriga delicada por aquella bala que recibí en los montes. No tire golpes bajos, o agarro un banco...
—No te inquietes, Peppone; yo te los aplicaré todos en el plano superior —contestó don Camilo, colocando a Peppone un soberbio cachete en la oreja.
Eran dos hombrachos con brazos de hierro y volaban las trompadas que hacían silbar el aire. Al cabo de veinte minutos de furibunda y silenciosa pelea, don Camilo oyó una voz a sus espaldas.
—¡Fuerza, don Camilo!... ¡Pégale en la mandíbula!»

Pero la violencia que refleja el pequeño mundo es una violencia cómica, grotesca pero inofensiva. Como la un espectáculo de guiñoles, o la de los tebeos de Mortadelo y Filemón, que podían estar en una viñeta con un ojo morado y sin dientes, y a la siguiente de una pieza.

Estatua de Peppone, en Brescello, Italia

El ambiente de crispación social y política de la Italia de la época, en especial entre la Democracia cristiana y el Comunismo, se personaliza aquí en las figuras centrales del arcipreste Don Camilo y el alcalde Peppone, que encarnan los valores y la postura de cada facción, pero llevadas a una hipérbole que los acerca al esperpento. En Peppone y su escuadra (el Flaco, el Largo, el Brusco, el Bólido, el Pielroja, el Tormento...) Guareschi retrata todos los defectos que atribuye a los rojos: dogmáticos, acríticos con las instrucciones que reciben del Partido, monocordes que sólo leen el Unidad [diario oficial del partido comunista italiano], y además que ejercen el gobierno municipal pese a ser iletrados, pues ninguno ha superado el tercer grado de Primaria; aunque sobre este último punto el autor no hace excepción a la ternura y la afabilidad con la que trata a sus personajes, pues lo justifica en cuanto que era común en el mundo rural, y reserva a la maestra del pueblo y a los militantes comunistas un pasaje de gran hermosura, en el que retoman sus estudios de adultos.

Por su parte, Don Camilo simboliza al clero, y con él a la democracia cristiana, que desea conservar los valores tradicionales, y que tiene un discurso de concordia y conciliación, pese a que, como el temperamental arcipreste, cae en incongruencias y recurren a la violencia y a las malas artes para salirse con la suya, exactamente igual que aquellos a los que critican.

Y aquí entra en juego el tercero en discordia, y que sumerge además al pequeño mundo en el campo del realismo mágico, del que se puede considerar precursor: el mismísimo Jesucristo crucificado, que habla con Don Camilo, en unas conversaciones delirantes y divertidísimas, con las que es imposible no reírse, a carcajadas por momentos. Porque Jesucristo, que por supuesto es omnisciente, conoce todas las peripecias de Don Camilo, sus triquiñuelas y sus mentiras, y lo reprende firme pero dulcemente, haciendo gala de una paciencia infinita.



Así, Jesucristo hace el papel de conciencia de Don Camilo, de su «Pepito Grillo» si queremos, y se encarga de que el párroco reconozca sus errores, se ciña a sus votos de humildad y mansedumbre y se rija por las cualidades cristianas.

Lo más significativo de Don Camilo es que el religioso y el comunista son, pese a sus diferencias irreconciliables, dos caras de la misma moneda. Así, contemplamos como Peppone es incapaz de sustraerse al respeto secular por la Iglesia (trata de usted a Don Camilo, que sin embargo lo tutea a él), y la figura del arcipreste le inspira confianza. Bautiza a su hijo en una escena desternillante en la que ambos deciden a guantazos el nombre del pequeño, y a lo largo de la novela tanto él como su escuadra harán muestras de aprecio tanto a Don Camilo como a la Iglesia católica y sus símbolos, aunque sea a escondidas. Especialmente ilustrador es el momento en el que Don Camilo es llamado a capítulo por el obispo tras arrojar una mesa de roble macizo sobre un grupo de rojos de ciudad que lo increpan. El obispo destina al arcipreste a una remota parroquia de montaña, y Peppone y su escuadra interceden para su regreso, tras hacerla la vida imposible a su sustituto.

Estatua de Don Camilo, en Brescello, Italia


Porque Don Camilo y Peppone representan, en el fondo, a una Italia condenada a entenderse a si misma y convivir con sus contradicciones y sus diferencias. Iremos descubriendo que los dos protagonistas han sido compañeros de armas en la Primera Guerra Mundial primero, y echados al monte como partisanos antifascistas durante la Segunda, y en una escena entrañable terminan, tras discutir por la conmemoración del día de la rendición de Austria, cenando juntos y bebiendo litros de vino, brindando por los viejos tiempos. Aún reserva la novela más escenas de gran ternura, como aquella en la que el rojo ayuda al cura a repintar las figuritas del Belén.

Un angelito y un diablillo protagonizan las viñetas, obra del propio
Guareschi, que encabezan cada capítulo del libro


Porque la novela es, en realidad, una serie de pequeñas escenas, de cuadros que narran escenas concretas, siguiendo una secuencia cronológica por supuesto, que casi pueden leerse como cuentos protagonizados por los mismos personajes. Los acontecimientos son a cada cual más surrealista, llegando, como ya comenté antes, al esperpento: Un partido de fútbol entre los Gallardos de Don Camilo y los Dynamos de Peppone, donde ambos han sobornado al árbitro, el único apolítico del pueblo; el misterio de quién escribe «Peppone asno» en todos los comunicados municipales; el Partido Comunista regalándole a Don Camilo un obús pintado como un enorme huevo de chocolate, que este arroja contra la sede del Partido, y termina explotando en una barranco; la anciana que fallece y quiere enterrarse cubierta con la bandera monárquica; Don Camilo saboteando los actos del Partido Comunista tocando las campanas a rebato, y la revancha de Peppone llenándole el campanario de petardos...

En resumen, Don Camilo es una obra para disfrutar sin complicaciones, riéndose con sus exageraciones, con sus situaciones surrealistas, con su tono costumbrista agradable y tierno, con la afabilidad con la que trata a los personajes, con el modo en que suaviza una realidad en la que las gentes aún iban armadas a todas partes y persistían polvorines ocultos, y recreándose en un ambiente que nos recuerda continuamente al neorrealismo italiano que amamos a través de autores como Federico Fellini o Roberto Rosellini, o al cine del español Luis García Berlanga. Sólo comentar que el reclamo de la portada «Las historias que han hecho reír a millones de personas» no va nada desencaminado.


Las películas:

En el año 1952 comienza la fructífera relación del pequeño mundo de Giovannino Guareschi con el cine y la televisión, y lo hace con una película intitulada Don Camillo, facturada por Francia e Italia, dirigida por Julien Duvivier.


La imagen de Fernandel y Gino Cervi enfrentados es la
 más icónica y reconocible de esta serie

Inicia una saga de seis filmes: Don Camillo (1952), Il ritorno di Don Camillo (1953), Don Camillo e l'onorevole Peppone (1955), Don Camillo monsignore... ma non troppo (1961), Il compagno Don Camillo (1965) y el corto Don Camillo e i giovani d'oggi (1970), que diversos directores extendieron a lo largo de casi veinte años y que asociará para siempre los rostros de Fernandel y Gino Cervi a los rivales pero amigos inseparables Don Camilo y Peppone.



Todas las películas de la saga están rodadas en la localidad italiana de Brescello, donde en la actualidad existe un museo dedicado a los personajes, que aún pasean por las calles en forma de las estatuas (con el rostro de los actores que les dieron vida) que hemos visto algo más arriba.


En 1957, la televisión brasileña se atrevió con una serie, de la que no encontré demasiada información, producida por TV Tupi y titulada O pequeno mundo de Don Camilo.

En 1972, Don Camillo e i giovani d'oggi se convertiría en un largometraje dirigido por Mario Camerini, en una coproducción francoitaliana, que contó con Gastone Moschin como Don Camilo y Lionel Stander como Peppone.


En 1981, los personajes de Guareschi regresan a la pequeña pantalla, en una producción británica de doce episodios, rodada en inglés para la BBC, titulada The little world of Don Camillo. No encontré casi información sobre ella, sólo que insertaba las viñetas de Guareschi a modo de cortinillas entre escenas. 
En 1984 volvería nuevamente al cine, en una producción italiana, titulada simplemente Don Camillo, dirigida y protagonizada por el ínclito Terence Hill. Es una película de perfil bajo, que aporta poco a la obra de Guareschi.




Y, sin ser una adaptación de la obra de Guareschi, quisiera llamar la atención sobre una serie televisiva inspirada indudablemente en la misma. En el año 2008, la Televisión de Galicia (TVG) comenzó la emisión, que va por su 12ª temporada, de su exitosa Padre Casares. Ambientada en la ficticia población de Santo Antonio de Louredo, es una comedia coral, con un sentido del humor muy tierno y un fuerte tono costumbrista. Refleja la vida en una típica población rural gallega, en la que dos de los personajes principales son el anciano y temperamental párroco Don Crisanto, y el alcalde comunista Delmiro, que mantienen un tira y afloja permanente, y poseen unos caracteres muy similares a sus homólogos literarios.




La serie cuenta con un montón de caras conocidas y queridas por el público gallego, con actores veteranos como Antonio Durán Morris como Delmiro o el fallecido Tuto Vázquez como primer Don Crisanto. Tuvo una cálida acogida, y sigue siendo la reina de la audiencia en Galicia la noche de los lunes, favorecida por la identificación de los telespectadores con los personajes y situaciones que
describe.



Su éxito le permitió ser exportada a otros canales autonómicos. En el 2009 fue adaptada por Canal Sur (Andalucía) como Padre Medina; más tarde IB3 (Baleares) la convirtió en Mosén Damiá, y la desaparecida Canal 9 (C. Valenciana) la transformó en Senyor Retor, aclimatándose en cada lugar a sus tipismos, tópicos y sentido del humor propios. Fue también doblada al castellano y emitida en Telemadrid y en la TV autonómica de Castilla-La Mancha.


El cómic:

 Por último, en el año 2011, la editorial italiana ReNoir Comics comenzó la publicación de la serie Don Camillo a fumetti (Ya sabéis que «fumetti» es como llaman los italianos al cómic). Actualmente van por el séptimo volumen. Hasta donde he podido ver, no han sido traducidos aún al castellano.



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25 de junio de 2014

Estación de tránsito - Clifford D. Simak

Enoch Wallace vive solo en su granja, en una pequeña localidad rural en algún lugar de los Estados Unidos. Lleva una vida retirada, apenas sale de casa una hora diaria, siempre acompañado de su rifle, para dar un paseo y recoger el correo. Tiene ciento sesenta años, pero aparenta estar en la treintena, pues ni enferma ni envejece. Enoch, veterano de la Guerra de Secesión, es el guardián de la estación de tránsito interestelar que la Central Galáctica ha instalado en la Tierra. Su misión es controlar el tráfico de seres alienígenas que viajan a velocidades superlumínicas por nuestra galaxia, y descansan en la estación, oculta bajo el aspecto de una insignificante y vetusta casa de campo. Es el único ser humano que conoce la existencia de la Central Galáctica y que mantiene relación con los extraterrestres, en especial con su amigo y responsable Ulises, un humanoide de apariencia grotesca apasionado por el café terrícola. Un agente de la CIA, encargado de vigilar a Enoch, provoca un conflicto diplomático con otra especie inteligente, poniendo a la Tierra en el punto de mira de la Central, y obligándola a tomar una dura decisión sobre nuestro planeta, abocado mientras tanto a una más que segura guerra de escala planetaria.


Publicada en 1963, Estación de tránsito (Way Station) es obra de  Clifford D. Simak. Escritor, periodista, uno de los pioneros de la Ciencia-Ficción y Gran Maestro de la SFWA. Desarrolló su carrera a lo largo de cincuenta años, por lo que participó en todas las etapas del género: desde sus comienzos en las catacumbas del pulp, pasando por su Edad de Oro y asistiendo a la irrupción de la New Wave.

Es una novela de Ciencia-Ficción blanda, en cuanto a que no tiene un excesivo rigor en el apartado científico-técnico; y en cuanto a que prima la reflexión sociológica, sobre el ser humano, su condición y su realidad, frente a lo tecnológico. Se puede ver también como una historia de Anticipación, por mostrar tecnologías imposibles en nuestras actuales circunstancias. 



Para comenzar, debo decir que tenía que haber leído Estación de tránsito mucho antes, y que no exagero cuando afirmo que es una obra capital de la Ciencia-Ficción, al menos de su vertiente blanda. No es un libro emocionante. No tiene acción desbordante, ni espectaculares combates con sofisticadas armas láser a bordo de vehículos voladores, ni viajes interestelares en enormes naves espaciales, ni exóticos planetas extrasolares, ni lujosos palacios alienígenas. Sus protagonistas no son héroes ni se enfrentan a temibles villanos. Y, pese a todo ello, es una novela que se disfruta de principio a fin, pues son otras sus virtudes. 

El primer lugar, tenemos la ocurrente idea principal. Una Central Galáctica, que agrupa a miles de especies inteligentes de nuestra galaxia, una ONU de la Vía Láctea si queremos concebirla así, decide ampliar su presencia hacia el brazo exterior, y para ello construyen en la Tierra una estación de tránsito, una «parada y fonda» para que los viajeros puedan descansar. Su guardián será Enoch Wallace, un hombre del S. XIX, carente de una mente brillante y de conocimientos científicos, que pese a ello es considerado el candidato perfecto por Ulises, un alienígena de aspecto horripilante para nuestros cánones, con el que entablará una sólida amistad.

Las especies pensantes que conforman la Central Galáctica tienen en común el haber desterrado la violencia y cualquier forma de guerra de sus sociedades, y la Central está basada en una convivencia pacífica y no beligerante, compartiendo todas las razas el conocimiento de una fuerza espiritual universal, participada por todos los seres vivos de la Galaxia, extraída del propio Universo, y que requiere de un artefacto, llamado el Talismán, para ser canalizada correctamente. 




La estación de tránsito, dotada de una tecnología inconcebible para nosotros, se oculta en la granja de Enoch, una anodina casa rural estadounidense. Mientras permanezca en el interior, Enoch no envejece, lo que le permite contar con 160 años de edad cuando se desarrolla la historia (el libro comienza en las postrimerías de una batalla de la Guerra Civil norteamericana). Su misión es tanto supervisar las llegadas y partidas de viajeros, como garantizar el secreto de las instalaciones y evitar las injerencias de otros terrícolas. 

Los miembros de la Central viajan por un sistema hiperlumínico en forma de teleportadores, que en realidad no transportan el cuerpo del viajero, sino tan solo su mente, su entidad, que es implantada en un nuevo cuerpo en la estación de destino, dejando el antiguo en la de origen, donde es destruido por el guardián. 



Enoch, como guardián, no comprende el complicado funcionamiento del sistema de transporte, como tampoco entiende todos los avances tecnológicos de las diferentes especies que componen la Central, pero se vale de dichos conocimientos: como entretenimiento, en una sofisticada galería de tiro que le construyen en el sótano, y que reproduce cacerías en mundos desconocidos; como para recrear una serie de acompañantes virtuales con los que charlar; como para realizar un estudio matemático que predice, indefectiblemente, que la humanidad está abocada a una guerra total que la destruirá.

Los viajeros le entregan regalos como cortesía, por lo que la estación está repleta de aparatos de todo tipo, cuyo funcionamiento Enoch apenas puede discernir.  En su historia tendrá un papel crucial Lucy, una chica sordomuda maltratada por su familia, unos auténticos rednecks de la América Profunda, que posee facultades sobrenaturales, como curar enfermedades por el tacto, y que muestra rápidamente la capacidad de manipular los objetos extraterrestres que Enoch, durante décadas, no ha podido descifrar.  

Ilustración para la edición por entregas titulada Here Gather the Stars [fuente]

Así pues, leer Estación de tránsito provoca una continua sensación de deja vú, de pisar caminos ya trillados, pero curiosamente porque hemos visto y leído sus ingredientes muchas veces en obras posteriores. El sistema de transporte instantáneo nos suena de la saga de película y series StarGate o de la saga Hyperion de Dan Simmons. La confederación de especies inteligentes nos recuerda a la República de Star Wars, donde también vemos la idea de esa fuerza universal que comparten todos los habitantes del universo. Un lugar lleno de tecnología extraterrestre almacenada me hizo pensar al momento a la base de los Men in Black, y la figura de la persona con discapacidad pero con una mente prodigiosa terminará siendo un cliché del género, como en El cortador de césped de Stephen King, o en la inquitante Cube de Vincenzo Natali. La galería de tiro de la estación, donde el simple sótano de Enoch se transforma en un mundo ignoto habitado por criaturas espeluznantes con las que practica el tiro, y que le programa una sesión diferente cada vez, ¿no os recuerda a la sala del peligro donde se entrenan los X-Men? El modo de viajar implantando la esencia del ser en un nuevo cuerpo se asemeja, con matices, a la regeneración de los Señores del Tiempo de la longeva serie Doctor Who

Que no quiero decir que todo lo citado sea una copia descarada de las ideas de Simak para su novela, pues seguramente existan precedentes aún más antiguos (no me conozco tooooda la Ciencia-Ficción :) con lo que se habrá publicado en los años del pulp, cuando se editaba a cascoporro), pero desde luego afirmo que Estación de tránsito rebosa en buenas ideas y puede presumir de un planteamiento muy ocurrente, que suple con creces su ausencia de acción o de una trama de esas de contener el aliento.




Con todo lo expuesto, Clifford D. Simak se mantiene dentro de la Ciencia-Ficción blanda, pues sus tecnologías no son rigurosas, y no se sostienen desde un punto de vista científico. Pero eso no es lo importante. Lo principal es, como debe ser la buena Ciencia-Ficción, que sabe ser hijo de su tiempo y reflexionar sobre las grandes preocupaciones de su sociedad. En este caso, en plena guerra fría, el peligro que nuestro mundo corrió de inmolarse en un conflicto sin precedentes: la guerra nuclear. En 1962, el año anterior a la publicación de Estación de tránsito se produjo la crisis de los misiles cubanos (que no es citada por Simak) y el libro refleja adecuadamente la paranoia nuclear existente, y que se traduce en las ecuaciones de Enoch y en que la Central Galáctica decida intervenir sobre nuestra raza, para protegernos de nosotros mismos.

Y otro tema persistente a lo largo de la historia de la humanidad: el conocimiento, su custodia, su control y el dilema moral de extenderlo o no a toda la población. Así, vemos que Enoch dispone en la estación, entre otras muchas cosas, de medicinas capaces de curar todas las dolencias del ser humano, pero duda sobre si hacerlas públicas y ponerlas en manos de las autoridades mundiales, o conservarlas ocultas para evitar un mal uso de las mismas. El eterno problema de poseer una sabiduría mayor que la madurez para emplearla correctamente, o el viejo «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».




En esta misma línea, asistimos también a la terrible soledad de Enoch, derivada de su cargo de guardián. Cargo que supone el privilegio de contactar a diario con extraterrestres y acceder a realidades que el resto de humanos sólo puede soñar, pero que a la vez le condena a ser un extraño en ambos mundos, y a no poder compartir su suerte con nadie. La creación de acompañantes imaginarios, que además se rebelan contra su creador por condenarlos a una existencia ficticia, vana, refleja tanto el solitario sentir de Enoch como la necesidad del ser humano, animal social, de vivir en compañía.

En en apartado literario, el texto se beneficia de los casi treinta años que Simak llevaba en el oficio cuando lo escribió, demostrando el autor buenos mimbres. Con un estilo pulcro, sencillo, dotado de descripciones bellas, que juegan sobre todo con los sentidos, resulta una lectura cómoda, y su división en treinta y seis capítulos permite muchos lugares donde descansar. Es una forma de escribir más elaborada de lo habitual en ese tipo de libros, y Simak ofrece algunos párrafos interesantes. La traducción se ve un poco antigua y se podría mejora alguna cosilla, pero nada grave ni que impida disfrutar la obra.


Enoch y Ulises con su amado café. Me encanta
cuando los portadistas se leen el libro

Un dato que cabe destacar sobre libro y autor es la deriva que tiene hacia aspectos religiosos y espirituales, que tal vez un autor de Ciencia-Ficción dura no se permitiría. Lo notamos tanto en la existencia de la citada fuerza, como en la de un talismán destinado a controlarla y manejarla, como en el original sistema de viaje galáctico - teletransporte, del que inferimos que existe una diferencia entre la materia y la esencia, entre el cuerpo y la mente, o más acertadamente el alma, siendo el cuerpo un mero recipiente para ella, y que puede ser reemplazado. Al menos yo lo veo muy cerca de las creencias cristianas.
Lo mismo ocurre con ese concepto tan similar al Zen que es la fuerza espiritual, que se presenta casi como una regla física que rige el Universo, pero no deja de tener un tono religioso, aunque se intente disfrazar como algo científico.

Concluyendo, Estación de tránsito es un libro que recomiendo sin duda a todos los aficionados a la Ciencia-Ficción, y también a los que gusten de las historias reflexivas y no busquen un argumento simplón ni desbordante de adrenalina. La trama tiene su propio interés y, como ya dije, suficientes recursos para ser una novela sobresaliente, a la que sólo le pueden achacar algunos subargumentos predecibles, que proceden más de nuestras experiencia previa como lectores que de falta de pericia por parte de Simak. 




Fue publicada inicialmente, en dos partes, en la revista Galaxy, en Junio y Agosto de 1963, con el título de Here Gather the Stars (algo así como Aquí confluyen las estrellas). Ya publicada como novela, ganó el Premio Hugo en 1964. En este enlace están todas las ilustraciones de la edición de Galaxy.

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20 de junio de 2014

Acariciando el cielo - Fernando Cimadevila

La historia personal de un triunfador desaprensivo y elitista cuya vida se desmorona súbitamente por la quiebra de Lehmann Brothers. Tras perderlo todo, se refugia en su casa familiar, y se reencuentra con su padre, al que no veía desde el entierro de su hermano Ernesto, fallecido en un accidente mientras escalaba el Everest. Allí encuentra el diario de su hermano, y descubre algo relacionado con su muerte que no coincide con la versión oficial. Acompañado de su padre, viaja hasta el Nepal dispuesto a esclarecer los hechos. La experiencia le permitirá a su vez replantearse su vida y recuperar la relación perdida con su padre. 


Publicada en 2014, Acariciando el cielo es obra de Fernando M. Cimadevila. Escritor, editor, librero y músico. Es director editorial y coordinador de Contos Estraños, especializada en terror y fantasía, y uno de los autores en lengua gallega con más proyección, gracias a su saga O Mundo de Basilius Hoffmann y a su colección As aventuras do Apalpador, destinada al público infantil. Gestionó la librería-taller literario O fogar das palabras, en Santiago de Compostela, y es responsable de la distribuidora Pragma. También es la voz de la banda de rock en gallego Os John Deeres.

Podría concebirse como un drama y una novela de narrativa contemporánea de tono realista, por las situaciones que describe y los acontecimientos que narra, pero contiene también elementos de intriga y de las novelas de aventuras y viajes. La editorial lo denomina «Literatura de montaña», pues está ambientada en ese entorno y toda la trama gira a su alrededor. 

Foto obra de José María Picón.  [Fuente: Caderno da Crítica]

Lo primero que vamos a tener en cuenta a la hora de analizar Acariciando el cielo es que es una novela corta. ¿Qué quiero decir con esto? Que estamos ante uno de esos casos en los que el formato condiciona el planteamiento del autor. La obra optó (con éxito) a un premio literario, y me atrevo a pensar que las limitaciones de extensión que las bases del concurso imponían obligaron al autor a concretar sus ideas y a llevar al límite su capacidad de condensación. Y sale airoso de la prueba, pues logra contar una historia compleja en apenas ciento veintiocho páginas. Primer tanto a favor para Fernando Cimadevila. 

Porque el libro es breve, pero la historia es amplia. Narrada en primera persona, es el periplo personal de su protagonista, del cual no sabremos el nombre, y de su transformación personal mediante un viaje al monte Everest. Pero no esperéis un manual de autoayuda novelado a lo Jorge Bucay, con un montón de metafísica y de pseudofilosofía, en la que un occidental acomplejado por la mística y la espiritualidad orientales, descubre que su vida no tenía sentido y se transforma por obra y gracia de la sencilla y pura vida de Katmandú, porque Acariciando el cielo no va de eso. Ni de lejos. 

La legendaria cordillera del Himalaya, el techo del mundo

Es la historia, narrada por el propio protagonista como ya dijimos, de un hombre que según nuestros valores era todo un triunfador: trabajaba como consultor en una importante firma de inversiones, era muy exitoso y reputado en su profesión, ganaba muchísimo dinero y se lo hacía ganar a sus clientes. Tenía una novia formal, Verónica, pero eso no le impedía tener aventuras con un sinfín de mujeres hermosas. Seguro de sí mismo, carismático y de personalidad arrolladora, era también déspota y desconsiderado con los demás, utilizaba a la gente para sus propósitos y la dejaba de lado cuando ya no la necesitaba (sencillamente «cortaba la cuerda», como él mismo dice). Cimadevila consigue que el personaje nos caiga mal en apenas tres páginas, y lo consideremos un auténtico capullo (al personaje, no a Cimadevila), algo que el propio protagonista no nos reprocha a los lectores. 

Entonces llega la caída de Lehman Brothers y con ella se desmorona también el mundo de nuestro hombre. Pierde el trabajo, pierde a su novia, se queda en la calle y su corte de aduladores y supuestos amigos se desvanece. 

Completamente hundido, se refugia en su Galicia natal, en la casa familiar en la montaña ourensana, donde vive su padre, solo. Su madre ha muerto hace muchos años, víctima del trabajo en las minas de pizarra, y su hermano Ernesto ha fallecido también, dos años antes, en un accidente mientras descendía de la cima del monte Everest. Las relaciones entre el protagonista y su padre están rotas, y su convivencia es tirante y difícil. A escondidas de su padre, el joven leerá el diario que su hermano escribió durante su expedición al Himalaya, y encuentra una anotación que le hace dudar de la veracidad de la versión oficial sobre su muerte. Comienza una investigación en la que se encuentra una conspiración de silencio, pues nadie parece dispuesto a hablar del tema y le evitan como a la peste. Por ello decide trasladarse al Himalaya para esclarecer los hechos, y lo hará acompañado de su padre, por una razón que no os voy a contar porque forma parte fundamental de la trama de la novela. 

El Everest, a 7200 metros de altura. Foto de Andrew Brash [fuente]

Antes de comenzar el viaje del anónimo protagonista y su padre al Himalaya (viaje en el que asistimos a un hermoso momento, cuando el antes despótico joven vuelve a ver a la misma azafata a la que maltrató al comienzo de la historia, y tiene una actitud completamente distinta con ella, fruto de su nueva situación personal), asistimos a la lectura del diario de Ernesto. Narrado también en primera persona, como diario que es, está escrito en 2006 y relata cómo el escalador arriba a Katmandú, conoce al sherpa Jambey Tsering, se hacen amigos íntimos, toma contacto con la proverbial hospitalidad de los nepalíes, disfruta del impresionante escenario que es el techo del mundo, y tras una serie de avatares, incluida una grave enfermedad, consigue coronar el Everest. 

Los textos correspondientes al diario tienen el sabor clásico de los libros de viajes, y sirven a Cimadevila para transmitir las sensaciones y emociones que produce un paisaje incomparable como la cordillera nepalí, tanto sus ciudades como sus gentes, y para mostrar cómo se desarrolla una expedición de esas características: los campamentos, el material, los diferentes accidentes geográficos que hay que sortear... elementos que probablemente los aficionados al montañismo identificarán con facilidad, obteniendo un punto extra de disfrute. 

Los hechos abarcan un periodo de cinco meses, desde Enero hasta Mayo del 2006, y por mi parte desconocía que esas aventuras llevasen tanto tiempo, por lo que se agradece el toque didáctico que nos permite a los profanos aprender que es necesario ir adaptándose a la altura, lo cual requiere calma. 

La espiritual y mística Katmandú

Acariciando el cielo es eminentemente dramática pero, como vemos, el simple hecho de relatar un viaje (dos en realidad, el del protagonista y el de su hermano Ernesto) a un lugar tan remoto y diferente al nuestro, en el cual los personajes se enfrentan a diversos retos y peligros, la convierte también en una novela de aventuras, y tiene ciertamente ese tono de emoción e intriga por saber "qué pasará". Habida cuenta de que en el Himalaya encontrará el protagonista no sólo el misterio de la muerte de su hermano, sino también una razón para el cambio drástico que sufrieron tanto su propia vida como todo el mundo que conocemos. De este modo, el joven «cierra el círculo» y todo encaja y cobra sentido, de manera que es la montaña la que le pone en el camino de su vida, y se encarga de encauzar su relación con su padre, con su difunto hermano y con la nueva perspectiva vital que tendrá en el futuro, y que tiene en el momento que nos cuenta su historia.

Así pues la montaña, un personaje en si mismo, en un ejercicio colosal de prosopopeya, tiene un papel de Deus ex machina, de entidad suprema por encima de los personajes y de los acontecimientos, capaz de decantar el devenir de los mismos con su mera presencia, que es ineludible. 

Pero esto es lo más cerca que vamos a estar de la metafísica, ojo. La redención de nuestro protagonista, su metamorfosis vital, su renovación, no vienen de gurús, inspiraciones místicas ni frases bonitas pero huecas. Vienen de mano de su deseo de conocer la verdad sobre la muerte de su hermano, de tener un nuevo propósito, de la segunda oportunidad que su padre y él se conceden mutuamente, de la sencillez y pureza de carácter del pueblo nepalí, del amor en gran medida y, sobre todo, del desafío que supone escalar la montaña más alta de la Tierra, de la camaradería, de confiar la vida propia en el otro, y de saberse responsable de la vida de los compañeros de cordada. 

Escalando el campo de hielo entre el Campo Base y el Campo I [fuente]

En este aspecto, el libro posee párrafos muy evocadores de la belleza majestuosa del Himalaya, que acerca a quien la observa al Síndrome de Stendhal. 

En lo puramente literario, Fernando Cimadevila consigue que su libro sea  fácil de leer, cómodo y muy ágil, gracias a un lenguaje sencillo, directo, limpio de circunloquios y de fórmulas recargadas. Los diálogos están compuestos de frases breves y muy explícitas, de modo que se leen rápidamente y transmiten las ideas sin necesidad de explayarse. 

Para comprimir aún más el texto y hacerlo más funcional, el autor ha optado por reducir la longitud de los párrafos, imprimiéndole a la narración un ritmo muy vivo y facilitando mantener la atención a los lectores menos habituados.


Los Sherpa, pobladores de las montañas, inestimables como guías y
acompañantes de los aventureros que deseen conquistar los picos más altos. 

De este modo, el libro se convierte en un perfecto entretenimiento y en una lectura apta tanto para un público amplio, aficionados o no a la montaña y a los deportes ligados a la misma, pues no es sólo una novela ambientada en el Everest y sobre escalada, sino que es una historia de cambio y regeneración personal, de intriga, de aventuras, de amor, de viajes, de tierras lejanas y de lugares exóticos.  Vemos además cómo se puede dar la vuelta a un inconveniente, como un límite de extensión, y convertirlo en una ventaja, dando lugar a una obra en la que el estilo narrativo directo y ensencial, pulido de accesorios, está al servicio de una historia emocionante y adictiva.   


Acariciando el cielo ha sido finalista del Premio Desnivel de Literatura en 2014. Está organizado por la revista homónima, especializada en los deportes de montaña, como la escalada, el esquí o el excursionismo. El citado premio reconoce lo que denominan «Literatura de montaña», es decir historias relacionadas con la montaña y ambientadas en ella. Desnivel es toda una institución de los kioskos españoles,  pues en el momento de escribir esto está en la calle su número 336. 

Una de las cabeceras más veteranas de la prensa española


Además de su revistas revistas periódicas, Ediciones Desnivel  publica un amplio catálogo de libros como este Acariciando el cielo, tanto de narrativa como temáticos, que podéis comprar en su librería online, en la que se encuentra entre los Top Sellers

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Don Faustino, padre de almas

Hoy KindleGarten vuelve a disfrazarse de editorial, porque el sello espurio KindleGarten Ediciones presenta un cuento de su único autor: Tomás Rivera, que soy yo, el abajo firmante :)

Como ya sabréis los asiduos del blog, hace tiempo publiqué Cuentos de San Andrés, que pese a su engañoso y poco apropiado título no escondía una colección de cuentos, si no una novela corta de cien páginas. 

Tras terminarla, releerla, revisarla y comentar con unos y otros las impresiones que les ha provocado su lectura, escuchar críticas muy constructivas y valiosas, y tener un importante bloqueo a la hora de empezar un nuevo trabajo, he decidido dar un paso atrás para tomar carrerilla. 

Tenía un montón de ideas, anotaciones, esquemas, dibujitos y tachones, pero no conseguía darles forma de novela. Eran esbozos, escenitas que considero no eran malas, modestia aparte, pero no era capaz de hilvanarlas para crear una historia. Escribiendo alguna de ellas me dí cuenta de que realmente pedían ser cuentos cortos. 

Así que hoy os presento la primera de estas escenas: Don Faustino, padre de almas, que podéis leer y descargar libremente en formato PDF en el enlace que hay más abajo.


Foto de Ramón Masats, tomada en el seminario conciliar de Madrid en 1959.
Le valió el Premio Nacional de Fotografía en 2004.
Me pregunto cómo distinguían los equipos [fuente]


¿Y de qué trata? Pues como ya os imaginaréis los que habéis leído Cuentos de San Andrés, de costumbrismo. Es un cuentito de seis folios y algo menos de tres mil quinientas palabras, ambientado en mi amada Galicia natal, y que comienza en una diminuta parroquia rural que aparecerá en otros de mis cuentos (tal vez a alguno le suene de mi novelita). 

La fijación con la Iglesia y sus miembros es algo que tengo que hacerme mirar, porque es digna de estudio. Os lo aviso porque tengo al menos otras dos historias con esta temática. Supongo que es culpa del neorrealismo. Ya lo decía Joaquín Sabina: «monjas de Fellini, curas de Berlanga...»

Debo comentar que este Don Faustino, padre de almas incluye frases y expresiones en gallego, que no he tenido la cortesía de traducir. Siento no hacerlo, pero es que no soy capaz de trasladar al castellano algunas expresiones como lanzal o xeitoso sin extenderme demasiado, y las notas a pie de página serían casi tan largas como el propio cuento ;) pero quedo a vuestra total disposición aquí en el blog, en mi correo o donde queráis para aclarar todo lo que sea necesario. 

Iré publicando mis cuentos aquí en KindleGarten, en formato PDF, de manera aperiódica, porque la idea era hacer uno por semana, pero no me puedo comprometer, aunque dos al mes supongo que bien seré capaz de entregaros :)

Están sujetos a una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0. ¿Qué quiere decir esto? Que pueden leerse, descargarse, copiarse, imprimirse, intercambiarse, enlazarse, reproducirse, duplicarse, compilarse, antologarse y lo que proceda siempre que se reconozca y se cite la autoría de Tomás Rivera, que soy yo; sea sin uso comercial (así que nada de ganar dinero con banners y publicidad) y no se genere obra derivada. Aquí está la licencia:
Y esto sería todo por ahora. Os lo dejo a vuestra disposición, si deseáis darle una oportunidad. Gracias por todo. Nos leemos!
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15 de junio de 2014

La hija del rey del país de los elfos - Lord Dunsany

En la Inglaterra bajomedieval, en los campos que conocemos, el Parlamento del pequeño valle de Erl se dirige a su rey: desean ser regidos por un señor que tenga magia. Por ello el monarca envía a su hijo Alveric al país de los elfos a desposarse con Lirazel, la hija del rey. Armado con una espada encantada, obra de la bruja Ziroonderel, Alveric toma a Lirazel y la trae con él a los campos que conocemos. De su enlace nacerá Orión, el cazador de unicornios. Una poderosa runa del rey de los elfos hará retornar a su hija a su país, para tenerla junto a él en el Palacio del que sólo puede hablarse en un canto. Alveric saldrá en su búsqueda, en un larga e infructuosa odisea acompañado de lunáticos y heridos de amor. Cuando Orión es nombrado señor de Erl, muestra su magia reclutando a los trasgos y a los fuegos fatuos como asistentes en sus cacerías de unicornios, hasta que el Parlamento decide que hay demasiada magia en el valle, y desea restablecer la situación original, aunque tal vez sea demasiado tarde.  



Publicada en 1924, La hija del rey del país de los elfos (The king of elfland's daughter) es obra de  Edward John Moreton Drax Plunkett, decimoctavo barón de Dunsany. Militar, notable ajedrecista, escritor prolífico y dramaturgo, fue doctor honoris causa por el Trinity College de Dublín y miembro de la Royal Society of Literature y la Royal Geographical Society. Estudió latín y griego y atesoró una considerable erudición sobre cultura clásica.

Es una novela de fantasía pura, dentro de la fantasía heroica o fantasía épica, escrita con un estilo lírico y elaborado que podemos caracterizar como prosa poética. Tiene un cierto cariz operístico y en su planteamiento priman más las formas que la historia en sí misma. 


Lo primero que llama la atención de La hija del rey del país de los elfos es su estructura narrativa inusual. Estamos acostumbrados a que la fantasía se rija casi invariablemente por el llamado «viaje del héroe», del que ya hablamos en otras reseñas. Y hay un poco de eso, pero poco: Alveric vive en su mundo ordinario («los campos que conocemos»), recibe la llamada de la aventura, parte a ella armado con una espada mágica que le proporciona un mentor (la bruja Ziroonderel), cruza el umbral, pasa una serie de pruebas y peligros con éxito y logra el elixir, en este caso enamorar y desposar a Lirazel, la hija del rey del país de los elfos.

En la mayoría de ocasiones, tanto cuentos tradicionales como una infinidad de libros y películas, pondríamos aquí «FIN» y a otra cosa, pero para Lord Dunsany esto no ha hecho más que empezar, pues asistiremos a la convivencia entre Alveric y Lirazel y las dificultades de ésta para comprender el mundo de los hombres; al nacimiento de Orión y su desarrollo hasta ser señor de Erl; al retorno de Lirazel al país de los elfos por obra de la magia de su padre; al desesperado, inútil y patético viaje de Alveric en busca de su amada, que se convierte en una quimera; a las cacerías de Orión y a cómo este trae por fin la magia al valle de Erl; y a un final «en alto», un coda épico que muestra todo el poder del rey de los elfos y que por supuesto no voy a contar.




Dije que su libro tiene un cierto cariz operístico, y la verdad que parece, pese a estar estructurado en capítulos, que está planteado en tres actos, y los personajes se muevan por un escenario actuando, tanto los protagonistas como un coro compuesto por los corrientes habitantes de Erl y por los seres fantásticos.

Y en realidad, para alejarla aún más del viaje del héroe, en la novela no hay un héroe, un protagonista central. Alveric lo es pero sólo hasta que culmina su gesta de enamorar a Lirazel, la hija del rey del país de los elfos, de llevarla de vuelta con él a los campos que conocemos y desposarla. Orión estará en el meollo de la narración por momentos, pero tampoco es un verdadero primer actor. Incluso la bruja Ziroonderel tiene una intervención mucho más crucial que ser una simple mentora de Alveric o el aya de Orión (que también), para decantar los acontecimientos con sus poderes mágicos. En resumen, el término novela coral sería perfecto para definirla.

Está narrada en tercera persona por un narrador omnisciente, que tiene constancia de estar relatando la historia, pues incluye anotaciones y comentarios personales, normalmente para justificar (sin necesidad como veremos) su incapacidad para describir un hecho o un escenario; y para proporcionar algún dato concreto, como que la acción transcurre antes de 1530, pues en esa fecha el Papa de Roma recibe como regalo un cuerno de unicornio, de los que Orión cazó. 

Lo más destacable es, sin duda, el estilo del que Lord Dunsany se sirve para contar su historia. Es una narrativa poética, llena de un lirismo delicioso y de una musicalidad que parece mecer al lector. Es ayudado también por una traducción muy acertada y que tras leer algún párrafo en inglés me pareció muy fiel al original -los habituales sabéis que siempre paso por alto este tema, pero en esta ocasión lo destaco-.

El autor se recrea en largas descripciones y las formas tienen tanto peso, o más incluso, que la historia que está narrando. Si le sumamos su estructura inusual, se convierte en una obra «diferente», un trabajo de orfebrería delicado y lleno de filigranas, que puede no ser para todos los lectores, en especial para los que busquen una obra emocionante y repleta de acción. Lord Dunsany es metódico y cuida cada párrafo, cada frase. Por ejemplo, cuando se refiere al palacio del rey de los elfos, que está en el centro de su país y es la piedra angular del mismo, siempre le llamará «el palacio del que sólo puede hablarse en un canto»

Grabado para la primera edición de 1924, obra de Sidney Sime.
Orión caza un unicornio con su jauría de perros, mientras en el
cielo brilla alegóricamente la constelación de Orión. 

Este estilo poético, evocador, musical, es perfecto para la ambientación de la novela: un sincretismo de la cultura celta, de las tradiciones folclóricas europeas, de la cultura clásica grecolatina y de los mitos que todas ellas han aportado al mundo fantástico: elfos, trasgos, brujas, fuegos fatuos, magia, espadas encantadas, unicornios... 

Y así se resalta el contraste que Lord Dunsany establece entre el mundo cotidiano («los campos que conocemos») y el país de los elfos. Pese a estar en contacto a través de una tenue frontera, los habitantes de nuestro mundo viven ajenos al país encantado, y no vuelven su mirada hacia él. Estando tan cerca, están a la vez separados por dos cosmogonías opuestas. Creo que el mensaje del autor es que la fantasía está al alcance del quien la busque y la desee, o esté predispuesto a ella (como Orión, el único que escucha los cuernos del país de los elfos a través de su frontera intangible), mientras que a otros les es negada, como el cruel caso de Alveric, cuya estéril odisea en busca del país de los elfos -que se le escapa una y otra vez durante años- termina moviéndonos a compasión. 




Sobre este particular es interesante la contraposición que el autor hace entre el paganismo y la religión, entre las creencias primitivas y el cristianismo, representado aquí por un trasunto llamada el Libertador, una suerte de sacerdote que rige un culto artificioso y complicado, frente a las sencillas y naturales prácticas animistas, que el Libertador maldice y clasifica como heréticas.



La influencia de la cultura clásica, que tan cara era al autor, se refleja también en la oposición en tantos aspectos entre los campos que conocemos y el país de los elfos. En nuestro mundo el paso del tiempo es inexorable, todo es fugaz y el cambio es constante, como acusan Lurubú y el resto de los trasgos que acuden al llamado de Orión para ejercer como sus perreros. Hay días y noches, sol, luna y estrellas, estaciones y cosechas. Mientras, el país de los elfos es continuo, inmutable, nada cambia; el tiempo allí no transcurre, y la luz es una permanente fosforescencia que no procede de fuente alguna. En él todo es calma, placidez, ataraxia. Esa serenidad que manifestamos cuando estamos con una persona amada y no necesitamos hablar ni hacer nada, solo contemplar (como el rey de los elfos junto a su hija).

Ilustración de Bernard Sleigh

A qué dos grandes pensamientos clásicos nos recuerda? El mundo ordinario es el cosmos de Heráclito, el cambio continuo, y el país de los elfos el de Parménides, donde nada cambia y todo permanece. El arco y la flecha contra la esfera maciza, dos cosmovisiones opuestas que están detrás de dos grandes mitos. El primero, el lugar mágico donde el tiempo no pasa y sus habitantes son extraordinariamente longevos o incluso inmortales, ya sea el Paraíso que vio San Amaro, Shangri-la o Lórien. El segundo, la mujer inmortal (o con cualquier otro don, como la Sirenita de Andersen) que renuncia a su naturaleza por amor, para poder permanecer junto a su amado. Sobre esto, muchos consideran a Lirazel un antecedente de la Arwen de Tolkien. Mitos que significan, supongo, el deseo de que tenemos los humanos de vencer el tempus fugit

La cultura celta es omnipresente, y hay referencias explícitas a ella, como la costumbre de las criaturas fabulosas de llevarse los niños humanos a su mundo y dejar a cambio un sosias, o todos los ritos asociados a la noche de San Juan. Y que la magia esté asociada a las runas, contenedoras de los hechizos.

Preciosa portada, afirmo.

A todo ello contribuye, como ya comenté, la delicada manera de narrar de Lord Dunsany, que juega más con las emociones que con los acontecimientos. No esperéis grandes batallas ni acción trepidante, ni hechizos espectaculares como rayos o bolas de fuego. La hija del rey del país de los elfos derrocha magia en cada página, y no carece tampoco de acción, pero sus sensaciones más agradables vendrán del exquisito modo de escribir de su autor.

Estilo que por cierto emplea tantos recursos poéticos que hasta sirve como ejercicio de estudio: anáfora, aliteración, sinécdoque, pleonasmo... y una prosopopeya constante que da vida a toda la naturaleza, siendo árboles, hojas, viento, rocas, hierba, cielo y estrellas personajes de pleno derecho de la historia.

Como conclusión, es una novela que agradará sin duda a los amantes de la fantasía, aunque en esta ocasión hablamos de una historia atípica y algo peculiar, que además por su prosa puede desalentar a aquellos que busquen una narración más convencional. 


El disco:

En los años 70 el rock se hizo mayor y comenzó a evolucionar en un montón de corrientes diversas que buscaban el interés del público adulto, fusionándose con otros estilos musicales como el jazz, recargando sus larguísimas canciones con arreglos orquestales y con los omnipresentes sintetizadores, incorporando a sus letras referencias históricas y culturales, y explorando nuevos sonidos inspirados por la psicodelia y las drogas. Había nacido el rock progresivo. Muchas bandas británicas se acercaron al folclore , a los mitos artúricos, a la tradición celta y a sus leyendas y imaginería, para dar lugar al folk rock progresivo, subgénero en el que se destacaron grupos como Jethro Tull, Gentle Giant, Marillion, Pendragon, Renaissanse o Steeleye Span. 

De la mano del rock progresivo y del rock sinfónico llegó también la era dorada de los álbumes conceptuales: discos dedicados en conjunto a una idea común (por ejemplo una obra literaria), en los que todas las canciones trataban sobre el mismo tema, y tenían una trama, de manera que escuchadas en orden componían una historia. 

Y esto nos lleva al disco del que quería hablar. Dos ex-miembros de la mentada Steeleye Span, Bob Johson y Pete Knight, publicaron el 1977 un álbum conceptual titulado The King of elfland's daughter, basado por supuesto en el libro del que hoy hablamos. 




Para ello se rodearon de grandes colaboradores. El titánico, mítico y colosal Christopher Lee como narrador y como rey de los elfos, mientras que la cantante Mary Hopkin es Lirazel y Alexis Korner, el papá del blues británico, es el trasgo Lurubu. 

Hay webs especializadas como esta o esta, y su entrada en la Wikipedia, donde tenéis más información sobre el disco, letras de las canciones, detalles de la grabación...

KindleGarten no es un blog de música, y no puedo opinar sobre el álbum con propiedad, pero en mi humilde opinión tiene buenas canciones folk, como The fields we know o Lirazel, que se benefician de la dulce voz de Mary Hopkin, y a cambio otros momentos algo risibles por pretenciosos y ampulosos, aunque estas irregularidades son algo habitual en el rock progresivo y sinfónico en general y en los álbumes conceptuales en particular.

En cualquier caso siempre es un placer escuchar la voz de Christopher Lee, así que el disco merece la pena. 

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11 de junio de 2014

La Momia - Anne Rice

En 1914, plena época eduardiana, Egipto aún es una colonia británica. El célebre egiptólogo y magnate naviero Lawrence Stratford hace un descubrimiento excepcional: la verdadera momia del mismísimo Ramsés, pero es asesinado por su sobrino Henry (acosado por enormes deudas de juego) antes de que pueda recibir los merecidos honores. Expuesto en Londres, Ramsés, que fue testigo del asesinato de Lawrence, volverá a la vida a tiempo de evitar que Henry mate a Julie, la hija y heredera de Lawrence. A medida que se enamoran irremediablemente, Ramsés confiesa a Julie el secreto de su inmortalidad y su papel a lo largo de mil años de la historia de su nación. Acompañados de Lord Elliot Rutherford, amante y amigo de su padre, de su hijo Alex, prometido de Julie, de Henry y de Samir el egipcio, viajarán a Egipto para intentar aclarar la muerte de Lawrence. Pero allí Ramsés se reencontrará también con su gran amor del pasado. 


Publicada en 1989, La Momia o Ramsés el maldito (The Mummy or Ramses the Damned) es obra de Anne Rice. Escritora estadounidense que ha vendido más de cien millones de copias de sus libros. Sus problemas de salud la han llevado a reducir su actividad literaria y su conversión al cristianismo la ha desviado de los temas con los que conquistó al público, por lo que sus últimas obras no han tenido la repercusión ni el éxito de las anteriores. Tuvo que acostumbrarse a convivir durante años con cientos de fanáticos de su obra acampados delante de su mansión, y ahora vive algo retirada de la vida pública. Una de las autoras más leídas del planeta, es mundialmente conocida por su saga Las Crónicas Vampíricas y ha escrito usando varios pseudónimos.

Es una novela de fantasía de corte muy clásico, que combina misterio, terror, aventuras y una forma primitiva de Ciencia-Ficción en diferentes cantidades. Es además una novela romántica con fuertes toques de erotismo. Puede decirse que homenajea y/o se inspira en los grandes maestros del género.


La Momia ofrece mucho más de lo que aparenta de entrada. Además de una revisión del mito similar a la que la autora hizo de la figura del vampiro en sus Crónicas Vampíricas, es un homenaje tanto a las añejas películas de terror de la Universal Pictures y de la Hammer Films, como a las clásicas novelas de fantástico y terror que definieron el género y sentaron sus bases, como Drácula de Bram Stoker, Frankenstein de Mary Shelley, El hombre invisible de H.G. Wells o el relato Herbert West: reanimador de Lovecraft. Comenzando por el propio título, usando la coletilla de o Ramsés el maldito al estilo de las novelas de época (Frankenstein o el moderno Prometeo), todo el planteamiento del libro, su trama, sus personajes, su ambientación y su desarrollo en conjunto tienen ese regusto inconfundible a las viejas historias de monstruos con las que aprendimos a amar el género fantástico. 

Lo primero, dentro de la renovación del mito, es olvidarnos de la momia resucitada por obra de arcanos conjuros, un monstruo cubierto de vendas putrefactas, casi invulnerable y de enorme fuerza física, que estrangula a sus víctimas guiándose por una inteligencia exigua, casi inexistente. Para Rice, Ramsés obtiene la inmortalidad mediante un elixir, cuya fórmula era conservada por una sacerdotisa y que ahora sólo él conoce. Este origen científico, no místico, entronca con esa forma de Ciencia-Ficción primitiva que practicaban los autores arriba citados, y nos hace pensar en el hombre invisible de Wells o en el Mr. Hyde de Stevenson. 

Ramsés, que obtiene su vitalidad de la luz solar (por algo Ra, la divinidad solar, era el origen de la vida en la mitología egipcia), es para Rice un hombre de aspecto imponente, de gran belleza, con un carisma irresistible y una personalidad magnética y cautivadora, tanto para las mujeres como para los hombres.

Al ser inmortal (dormía y era despertado por los soberanos de Egipto cuando requerían su consejo), adquirió gran sabiduría y experiencia en el mundo antiguo, y tiene una mente prodigiosa y una curiosidad insaciable para adquirir nuevos conocimientos, a lo cual ayuda que no necesite dormir, lo que le permite leer y estudiar durante horas. 


Ni qué decir tiene que Ramsés y Julie Stradford, la heroína de la historia, desarrollarán pronto un interés romántico. Pero hablemos antes de su entorno y del resto del reparto. Tenemos a Lawrence Stradford, padre de Julie, un potentado industrial naviero que delega todos sus asuntos en su hermano Randolph y se asienta en Egipto para desempeñar su gran pasión: la egiptología. Su sobrino Henry, hijo de Randolph, representa al caballero de buena sociedad arruinado por su ludopatía y su vida disoluta, manteniendo varias amantes y viviendo de dar sablazos. Asesinará a su tío para falsificar su firma en unos documentos, siendo Ramsés testigo durante su despertar a la vida. Lord Elliot, duque de Rutheford, fue amigo íntimo y amante de Lawrence, mostrando la autora una absoluta naturalidad en el tratamiento de la relación homosexual entre ellos, algo que entendemos debía ser más que habitual en aquellas rígidas y flemáticas sociedades victoriana y eduardiana, pero impensable también hacerlo público. El hijo de Elliot, Alex, es un joven optimista y vital, inocente incluso. Es el prometido de Julie, pero no existe ente ellos un amor verdadero, sino un simple afecto, y su compromiso responde más a cuestiones económicas y de conveniencia social. Algo también frecuente y cotidiano por entonces. Otro personaje interesante es Samir, el historiador egipcio colaborador de Lawrence, que trabaja en el Museo Británico y adquirirá una auténtica devoción por Ramsés, al que llamará «mi señor». 

Creo que la ambientación está muy conseguida por parte de Mrs. Rice, y ayuda a introducirnos tanto en el Londres eduardiano como en el Egipto británico, reflejando la moral de la época, los férreos convencionalismos sociales, y los contrastes entre la metrópoli y las bulliciosas y caóticas ciudades egipcias. En especial resulta convincente el asombro de Ramsés ante los avances tecnológicos, que la autora va enumerando: el gramófono, el teléfono, el trasatlántico en el que viajan a Egipto, la aviación, los nuevos conocimientos científicos (precisamente a través de la biología celular comprende el funcionamiento del elixir de la inmortalidad)...

Existe un hermoso y triste mensaje en el hecho de que Ramsés redivivo halle que el mundo moderno, pese a todos sus avances, no haya sido capaz de erradicar la pobreza y las desigualdades. El dato de que durante su reinado intentase usar su elixir para garantizar el sustento a todos sus súbditos, pero con resultados muy distintos de los esperados, es también uno de los motores de la historia, pues marca la amargura y el remordimiento que, junto a otros hechos del pasado remoto, atormentan a Ramsés.


La obra se divide en dos partes. La primera ambientada en Londres, en la que se presentan los personajes y sus circunstancias, y se narran tanto el asesinato de Lawrence a manos de Henry como el despertar de Ramsés y su acomodación a la época. La segunda se desarrolla en Egipto, comenzando a bordo del crucero en el que viajan los protagonistas, y transcurriendo en las ciudades de Alejandría y El Cairo. 

Mi opinión personal es que la novela va de menos a más, y que la segunda parte (la más extensa) es la que concentra la mayoría de las buenas sensaciones y los momentos más emocionantes de la historia. La primera es más reflexiva, con una acción más pausada, y sirve, como ya comenté, para ponernos en situación y para que Mrs. Rice defina a los personajes, tomándose el tiempo necesario y profundizando en su personalidad, de manera que los conoceremos bien y no serán planos, ni incongruentes con la mentalidad de la época. En la segunda, con los personajes ya asentados y su relación entre ella consolidada con las escenas del crucero (en especial de sus charlas durante las cenas, en las que los Elliot, Julie, Henry, Alex y Ramsés van mostrándonos sus ideas y opiniones sobre cuestiones propias de la época, y en las que Ramsés les ilustra sobre la realidad del antiguo Egipto, contradiciendo sus creencias), la autora desarrolla la trama más interesante desde mi punto de vista. Y es que Ramsés experimentará con su elixir, en escenas como la de la mano, que al momento evoca a las historias de científico loco con un notable sabor a viejos relatos de terror sobre resurrecciones -como la citada Herbert West: reanimador - con un corte pulp delicioso. Cuando en el museo de El Cairo encuentre y reconozca la momia de su gran amor del pasado, una gran reina de Egipto, y desee resucitarla, asistiremos a las escenas más fantásticas y que más identificaremos con la idea preconcebida que tenemos de la momia como monstruo. Tiene momentos de verdadero terror, no horripilante pero sí tenso y con descripciones bastante truculentas.

Portada del cómic del que luego hablaremos, con una
de las escenas más impactantes de la novela


La momia está estructurada y planificada, creo que intencionadamente, de una manera muy cinematográfica. La forma de ordenar las secuencias, el ritmo ascendente para acabar en un final casi frenético, la escena del clímax en la ópera de El Cairo, durante la representación de Aida de Verdi, las escenas de acción... ¿tenía ya en mente la autora una adaptación al cine? Quien sabe. Pero esta forma de concebir el libro lo hace muy visual y muy cómodo de leer.

Los homenajes a las novelas fantásticas clásicas, al cine de terror, al pulp, a las historietas, se extienden a la forma de narrar, intercalando exclamaciones que pueden parecer efectistas y un poco de opereta, pero que los amantes del género las interpretarán como guiños.

Expresiones que tanto recuerdan a las narraciones en primera persona de H.G. Wells, Lovecraft o Poe, como podrían encajar perfectamente en cuadros de texto en un cómic de Creepy o Eerie. Un placer para los amantes del fantástico, en cualquier caso.



Otro componente destacable del libro es su alto contenido romántico-erótico. Mrs. Rice es experta en darle a sus obras un punto de erotismo light, y aquí no duda en incluir muchas escenas de sexo, usando muchas veces todo tipo de eufemismos para referirse a los genitales y al acto sexual, con un lenguaje y una forma de narrar propia de la novela romántica subida de tono. 


El libro tiene un buen ritmo, y como ya dije se hace muy divertido. Las descripciones son las necesarias para que nos hagamos la composición de lugar, sin abusar de adjetivos.

Y consigue que el desarrollo resulte emocionante y atrape nuestra atención, sobre todo en las numerosas escenas de acción y de luchas. 

El cómic:

En 1990, la ya desaparecida editorial Millenium Publications, especializada en adaptar al noveno arte novelas y películas de terror y fantasía, editó una serie de doce números basada en la novela. 


Contó con Faye Perozich y la propia Anne Rice como guionistas, y con Mark Menéndez como ilustrador principal, entintador, colorista y portadista. Hasta donde alcanzan mis investigaciones no fue editada en castellano, pero pueden encontrarse a la venta sin dificultad por Internet, aunque algo caros.

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