25 de mayo de 2014

El Cartero - David Brin

Ubica los hechos en una época que coincidiría con la nuestra actual, pero tras una Guerra Mundial que ha terminado con con toda la tecnología y con la civilización que conocemos. Diecisiete años después de la guerra y el Invierno de los tres años, los Estados Unidos de América han desaparecido como nación, arrasados por los disturbios internos, las plagas y las hambrunas. La sociedad se ha visto reducida a pequeñas poblaciones que sobreviven aisladas del resto intentando llevar una vida pacífica, mientras algunos individuos llamados supervivencialistas optan por la violencia y el pillaje. En algún lugar, un ejército conocido como los holnistas (por Nathan Holn, un apóstol del supervivencialismo) se prepara para conquistar los últimos bastiones civilizados, movidos por el ideario absolutista de Holn.



Publicada en 1985, El Cartero (The Postman) es obra de David Brin, un primer nombre de la Ciencia-Ficción, de quien ya hablamos en la reseña de su Navegante solar. Si en aquella mostraba su manejo de la C-F dura, en esta demuestra que también se defiende con soltura en la blanda.

Es una novela de Ciencia-Ficción blanda y Anticipación, pues muestra una proyección de un posible futuro, preponderando los aspectos humanos y sociales sobre los datos científico-técnicos. Cabría en el subgénero distópico, por mostrar una realidad indeseable de tipo post-apocalíptico. También puede considerarse una novela de Aventuras, por los hechos que relata y el modo en que lo hace.

En este escenario, Gordon Kratz, un solitario que vaga por el territorio del antiguo estado de Oregón descubre, tras ser atacado por salteadores, un jeep del servicio postal americano, y con el uniforme del cartero fallecido y su saca de correspondencia toma su identidad para acceder a los pueblos del Willamette Valley y obtener comida y refugio. Para revestirse de legitimidad, se inventa unos Estados Unidos de América Restablecidos que estarían reconstruyendo la nación desde el este, con sede en la ciudad de Saint Paul, Minnesotta. Pronto descubre que su presencia insufla esperanzas e ilusiones en la gente, cuyas comunidades comienzan a romper con su aislacionismo y a interesarse por las otras. Su farsa crece, fundando estafetas de correo y nombrando más carteros que van de ciudad en ciudad transportando la correspondencia y creando con ello una red de comunicación, de ayuda mutua y de comercio, permitiendo que las personas tengan noticias de familiares y amigos perdidos.

En sus viajes por el Willamette Valley descubrirá la existencia, en la localidad de Corvallis, de una supercomputadora inteligente llamada Cíclope, la última de su especie, asistida por un cabildo de funcionarios que mantienen la fe en la tecnología y buscan su restablecimiento. A su vez, a salvo en su montaña Sugarloaf, vive retirado George Powhatan, un personaje casi mítico por ser el único que detuvo al ejército holnista, y cuya comunidad ha regresado a un modo de vida tradicional, en comunión con la naturaleza.

La tensión llegará en el momento que el ejército holnista -a cuyo frente se encuentran el General Volsci Macklin y el Coronel Bezoar- decida invadir y conquistar el Willamette Valley. Gordon intentará que Cíclope provea la tecnología necesaria para hacerles frente y que George Powhatan les brinde su ayuda. Pero Cíclope esconde un secreto terrible y Powhatan no quiere saber nada de lo que ocurre fuera de su montaña.


A modo de comienzo, destacaría las ideas que Brin quiere transmitir con su obra. Partimos de que es un autor poco amigo del militarismo. Recordemos que el libro data de 1985, durante la Guerra Fría, con la llamada Guerra de las Galaxias en su apogeo. Es decir, en plena paranoia nuclear. Así que el escenario es el de un mundo destruido por una tercera Guerra Mundial de la que sabemos muy poco. Involucró a los Estados Unidos en un bando, y al renacer eslavo por otro, que también guerreó contra Turquía. El primer día de la guerra, algún contendiente hizo explotar en el espacio una bomba electromagnética que inutilizó para siempre toda la tecnología de la Tierra, devolviéndola a la era pre-industrial. Hubo armamento nuclear, y Gordon, el protagonista, empieza la historia portando un contador Geiger con el que evita las zonas de mayor radiación. Estados Unidos ganó la guerra, pero fue una victoria pírrica (aquí se observa la postura del autor), pues posteriormente se colapsó internamente por la desorganización, los disturbios, el pillaje, las enfermedades y la postura egotista de los llamados supervivencialistas, individuos que decidieron arreglárselas solos, recurriendo al acaparamiento y la violencia, y «murieron solos en sus búnkers».

«El grano se pudría en rebosantes silos mientras los granjeros se arruinaban a causa de plagas leves contra las que existían vacunas. En las ciudades se disponía de ellas, y allí la inanición mataba a multitudes. Moría más gente debido al desorden y a la anarquía (la destruida red de comercio y asistencia médica) que a todas las bombas y gérmenes, o incluso a los tres años de semioscuridad.»

Dentro del supervivencialismo apareció en determinado momento un líder, una figura de referencia llamada Nathan Holn, cuyos postulados derivaron en un movimiento llamado Holnismo. Las ideas de Holn proceden directamente de la Teoría del Superhombre (Übermensch) de Nietzsche y sus conceptos de «moral de señores» y «moral de esclavos», por la cual la sociedad conserva la existencia de los débiles y coarta el dominio que a los fuertes les corresponde por derecho natural. Holn fue autor de un libro titulado "Imperio Perdido" que recuerda al momento al Mi lucha de Adolf Hitler (que entendió a Nietsche un poco a su manera), y en el que expone sus teorías en las que cuestiona, entre otras cosas, la Ilustración, la Democracia, los principios fundacionales de los Estados Unidos de América y la figura de Benjamin Franklin como ideólogo de la igualdad de oportunidades de todas las personas, que serían un freno al mentado dominio de los más aptos, que aceptarían la mentira de Franklin y renunciarían con ello a la situación de preponderancia que merecen por naturaleza.


La situación es menos calamitosa que la expuesta por McCarthy en su La carretera, y las oportunidades de supervivencia del ser humano bastante mayores. Han pasado diecisiete años desde el gran conflicto, al que siguió el Invierno de los tres años. A saber, una época durante la cual las cenizas nucleares cubrieron el cielo, provocando un descenso de las temperaturas y la pérdida de las cosechas. Tras ello, la vida se ha ido recuperando: existen bosques, ríos con agua potable, pesca y caza. Hay agricultura y ganadería. Las enfermedades están controladas, tras terribles plagas que diezmaron a la población por la ausencia de medicamentos (Gordon cuida con reverencia su cepillo de dientes, pues muchos de sus conocidos murieron de algo tan en apariencia trivial como infecciones bucales). Las personas se concentran en pequeñas poblaciones defendidas por murallas, intentando vivir en paz y prosperar. No existe un Estado, ni un Gobierno, ni una Administración. No hay moneda: el sistema económico se basa en el trueque. La esperanza de vida es muy corta (Gordon está en la treintena, era un joven estudiante de segundo año de Universidad cuando todo comenzó), el trabajo es muy duro y las condiciones son especialmente difíciles para las mujeres. Es decir, la humanidad ha regresado a la Edad Media.

Gordon Krantz, el protagonista, no es un héroe. Es un superviviente. Durante los disturbios que siguieron a la guerra, formó parte de unas milicias destinadas a intentar mantener el orden, proteger los almacenes de alimentos y disuadir a los saqueadores. Pero fracasaron. En ellas Gordon contempló villanías y actos execreables, pero también conoció a grandes hombres, como el teniente Van, un vietnamita que reducía en secreto sus raciones de comida para aumentar las de sus soldados y al morir pidió ser enterrado envuelto en la bandera estadounidense. Conserva la ética, los principios morales de cualquiera de nosotros: rechaza la violencia, es incapaz de matar a nadie si no es en la más absoluta defensa propia y sólo quiere vivir tranquilo. Es un oportunista (recorre las poblaciones como un juglar errante, cantando canciones y representando obritas de teatro a cambio de comida y cama), y su idea de disfrazarse de cartero es, al principio, una farsa para acceder a los pueblos con facilidad.


¿Cuál es la trama entonces, el leiv motiv de la novela? Pues que Gordon descubre que su mascarada de unos Estados Unidos Restablecidos despierta en la gente ilusiones y esperanzas de que es posible reconstruir el mundo que existió, abandonar la barbarie y recuperar la civilización: el Estado, las leyes, las instituciones. Nada que ver con la visión patriotera de la película que después revisaremos. Los habitantes de Pineview, la primera población que visita como cartero, le entregan cartas para familiares de otros pueblos, con los que han perdido el contacto, y hasta rebuscan los viejos y olvidados dólares para pagar el franqueo, con lo que la moneda comienza a recuperar su valor. Gordon recorre así el norte de Oregón, el llamado Willamette Valley, y la red postal comienza a crecer a la par que crece la esperanza en sus Estados Unidos Restablecidos.

A estos EE.UU. restablecidos se contrapone la visión feudal del ejército holnista que controla el sur del Estado, y que tiene sus ojos puestos en el fértil Willamette. Guerreros terribles, guiados por el General Volsci Macklin, veterano de las campañas de Cuba y Kenia, sólo se han visto detenidos por el ya citado George Powhatan. Hacia el final del libro se descubrirá la razón del poderío militar de Macklin, el porqué de su cuasi invencibilidad. Pero claro, no lo voy a contar. Macklin, Bezoar y sus hombres simbolizan al militar "de raza", incapaz de reincorporarse a la vida civil tras la guerra (por desgracia los Estados Unidos pueden dar testimonio de ello a través de muchos de sus veteranos de los conflictos del Vietnam o de Irak). En el futuro distópico de Brin además consideran que su «condición natural» de señores, emanada de su fortaleza, les da el derecho a reducir al vasallaje y a la servidumbre a los demás, convirtiéndose en un estamento permanente, que a ojos vista resulta totalmente improductivo en una situación de paz.

David Brin les contrapone a George Powhatan, un antiguo lider militar que ahora vive en el retiro de su montaña, Sugarloaf, donde ha desarrollado una población que vive de modo tradicional, respetando los ciclos de la naturaleza, criando ganado y cultivando la tierra, recuperando la cultura perdida. En autor se basa (no es que lo supiese yo, no soy tan listo :D, es que lo dice el libro) en la figura histórica del general y cónsul romano Cincinato, que a su vez inspiró a George Washington la Orden de los Cincinatos (que dieron nombre a la ciudad de Cincinatti), por la cual los militares juraban servir a la nación, no al revés, siendo soldados en la guerra y granjeros en la paz. De este modo, Powhatan representará el dilema moral de involucrarse en la defensa del Willamette aliándose con las poblaciones libres, o seguir en su montaña ajeno a todo.

Kevin Costner como el Cartero en la película de la que hablaremos

Dilema que se extiende al propio Gordon cuando su patraña de Estados Unidos Restablecidos haya enraizado en la conciencia colectiva por una lado, y por otro haya llamado la atención de los holnistas y comience a preocuparles como enemigo al que enfrentarse. Gordon debe decidir entre desaparecer discretamente y poner fin a la farsa o responsabilizarse del destino de las personas de Willamette dispuestas a tomar las armas y a dar sus vidas luchando contra un ejército ante el que no tienen ninguna posibilidad.

«¿Quién asumirá la responsabilidad ahora…?» 
¿Qué? Sacudió la cabeza para despejarla, pero las palabras no querían irse. 
«¿Quién asumirá la responsabilidad ahora, por estos niños estúpidos?»

Porque ya dijimos que Gordon no es héroe, y tampoco un adalid. Sí es un idealista, tal vez el último romántico del siglo XX, dispuesto a seguir a un líder y morir por una causa.

«¿Por qué, por qué no hay nadie que asuma la responsabilidad de enderezar las cosas de nuevo? Yo ayudaría. Yo dedicaría mi vida a ese líder.»Pero todos los grandes sueños parecen haberse desvanecido. Todos los hombres buenos, como el teniente Van y Drew Simms, murieron defendiéndolos. Debo de ser el único que queda que sigue creyendo en ellos.»


Y esto nos lleva a otro elemento crucial de la novela: Cíclope. Gordon descubre que alguien está distribuyendo aparatos electrónicos funcionales por el valle de Willamette, y sus pesquisas le llevan a una localidad llamada Corvallis, en la que se conserva la última supercomputadora pensante, inteligente, llamada Cíclope, puesto que antes de la guerra el ser humano había sido capaz de crear tal tecnología. Por estar dentro de una jaula de Faraday durante la bomba de pulso electromagnético que citamos arriba, se salvó del apagón mundial. Ahora tiene un papel de líder, de guía y tutela de la comunidad humana que la cobija, que no toma una decisión sin consultarla primero con ella. Esta tecnocracia les facilita una vida más regalada que la de sus vecinos del sur (electricidad, energía eólica, arados de metal...) y tanto Cíclope como los funcionarios que la cuidan pueden ser los aliados perfectos de Gordon, pero la supercomputadora no es lo que parece y tiene un secreto detrás que no os voy a contar para no arruinar la lectura.

En esta localidad vive Dena, una joven funcionaria con la que Gordon tendrá un subargumento romántico, y cuyas ideas feministas radicales desembocarán en un cuerpo militar femenino con un curioso papel en la historia.


Queda hablar de los aspectos literarios, y debo decir que "El cartero" no sólo es interesante y llamativo por su temática, sino que además está bien escrito. David Brin tiene un estilo limpio, sencillo pero afinado, y relata con fluidez, consiguiendo crear interés por la historia y que resulte muy entretenida. Por otra parte, como vimos en Navegante solar, tiene mano para las escenas de acción y las desarrolla con soltura.

«El caballo resoplaba visiblemente mientras avanzaba con paso cansino bajo la densa llovizna, conducido por un hombre con un poncho impermeable. Su única carga era una silla de montar y dos abultadas sacas, cubiertas con un plástico para ser protegidas de la humedad. 

La gris autopista interestatal relucía porque estaba mojada. Había charcos hondos, como pequeños lagos, en el hormigón. El polvo había invadido aquella autopista de cuatro carriles durante los años de sequía de la posguerra, y la hierba empezó a crecer cuando volvieron las antiguas lluvias del noroeste. Gran parte de ella era ahora una pradera, una plana incisión en las boscosas colinas que dominaban un agitado río.» 

Mi edición  no incluye ningún mapa, pero Brin facilita que ubiques fácilmente los lugares, y yo al menos ya tengo un pequeño "plano mental" de Oregón.

«Gordon alzó su impermeable formando como una carpa para consultar el mapa. Delante, a su derecha, se había formado un gran pantano donde los afluentes al sur y este del Willamette se unían antes de dirigirse al oeste entre Eugene y Springfield. Según el viejo mapa, más abajo había un moderno parque industrial. Ahora sólo unos pocos tejados viejos rompían la superficie cenagosa. Los carriles, aparcamientos y céspedes eran dominio de las aves acuáticas, que no parecían en absoluto disconformes con la humedad.»
Olivia Williams interpreta a Abby, cuyo papel en la película
difiere en gran medida del que tiene en la novela.

En conclusión, El cartero no es tan sólo una novela de aventuras ambientada en un futuro distópico, aunque se puede leer como tal. Es un libro sobre la toma de decisiones, sobre la moral, sobre la sociedad y nuestro papel en ella.  Una historia para reflexionar que no debe faltar en el haber de los aficionados a la Ciencia-Ficción.


La película:

A principios de los noventa, Kevin Costner lo tenía todo. Encadenaba un éxito tras otro: Campo de Sueños primero, siete Óscars con Bailando con lobos después; Revenge, Robin Hood, príncipe de los ladrones de Kevin Reynolds, JFK con Oliver Stone, El guardaespaldas, Un mundo perfecto a las órdenes de Clint Eastwood, Wyatt Earp y la dramática The War. Todas y cada una de sus películas eran taquillazos asegurados y su presencia en los créditos de un filme garantizaba recaudaciones millonarias. Uno de los hombres más deseados de aquel momento, es el responsable de que una infinidad de niños españoles se llamen Kevin.

Entonces llegó Waterworld y con ella el primer batacazo de su carrera. La película supuso un rodaje interminable y problemático, unas pérdidas de sesenta millones de dólares, el fin de su ascenso meteórico y de su amistad con Kevin Reynolds, que se retiró casi totalmente del mundo del cine.

Tras la comedia romántica Tin Cup, que dio beneficios y tuvo una buena acogida, aunque lejos de sus anteriores blockbusters, en 1997 Costner arriesgó con la adaptación fílmica de El cartero, que dirigió, protagonizó y produjo. Hasta interpretó la canción de los créditos finales.



Y se la pegó. Con un presupuesto de ochenta millones de dólares, recuperó menos de veinte y fue un fracaso estrepitoso de público y crítica. Ganó cinco Razzies: Peor película, Peor actor, Peor director, Peor guión adaptado y Peor canción original. Para colmo, en el 2000 recibió el Razzie a Peor película de la década. 

La carrera de Costner quedó tan tocada que ya nunca se recuperaría a los niveles que había alcanzado años atrás. Aún daría la sensacional Open Range en 2003 y sigue haciendo cine, pero ya nada volvería a ser igual que en los buenos tiempos. Al menos se reciclaría como cantante de country-rock con su banda Modern West, con la que parece que no le va nada mal.

Concuerdo en que El mensajero del futuro (título que recibió en España) no es gran cosa, aunque creo también que no es la peor película de la década y que el vapuleo que recibió fue un tanto desproporcionado, casi pareció un ensañamiento con Kevin Costner, algún tipo de maniobra orquestada para tumbar la película, que todo el mundo criticaba y denostaba sin tan siquiera haberla visto. Vamos a verla un poco:

En la parte técnica, The Postman es más que correcta, como corresponde a su presupuesto faraónico. Destacan los planos panorámicos, a los que ayudan los hermosos parajes naturales que muestran. La inspiración de Costner en los grandes directores del western clásico como John Ford es evidente, hasta el punto que una secuencia de She Wore a Yellow Ribbon (en España La legión invencible) se funde con la propia película. Gente con más criterio que yo critica algunos planos y el montaje, pero se sale de mis conocimientos. La fotografía es magnífica, tal vez de lo mejor del filme.

La banda sonora de James Newton Howard es adecuada al tipo de película, con la habitual orquestación que busca un tono épico, incluso resulta efectista y un poco tramposa a la hora de reforzar algunas secuencias.



Pero...

Es demasiado larga. Casi tres horas. Y tiene un ritmo bastante irregular y poca acción, por lo que a mucha gente se le hizo lenta. Estira en exceso algunas escenas, como la del Cartero cogiendo al vuelo una carta que le entrega un niño, y usando la cámara lenta, que es un recurso a mi parecer muy anticuado. Otras secuencias que podrían tener más carga dramática y significación, como la de un joven cartero perseguido y abatido por un soldado holnista, se resuelven muy deprisa. Es de esas películas que en el cine hacen que te empieces a revolver en la butaca y a mirar el reloj.

Las interpretaciones tampoco son excepcionales, y en particular el personaje del General Bethlehem, interpretado por Will Patton, me parece un caricato, no transmite el carisma ni el aplomo que debería.

Le falta tensión, y las escenas de acción son un tanto pobres. En las secuencias de multitudes, por ejemplo en los campamentos holnistas, se observa a hombres a caballo cabalgando sin necesidad de un lado a otro, para dar sensación de movimiento, algo que en campamento militar nunca se haría. En especial, el combate final entre el Cartero y Bethelem, que debería ser el clímax de la película, se ve en cambio ramplón y apático. Se supone que Bethelem es un luchador prodigioso, pues nadie en su ejército se atreve a desafiarlo (al único que lo hizo y fracasó le castigó cortándole la lengua y los genitales), y sin embargo la pelea con el Cartero parece una riña de patio de colegio, con los contendientes tirados en el suelo y forcejeando sin estilo ni técnica de lucha alguna, como llaves o golpes de defensa personal que un soldado con instrucción debería conocer.

Kevin Costner  disculpándose por su película en The Simpsons.

Aunque lo peor a mi juicio, lo que arruina la película, es su escasa fidelidad a la novela, y cómo desvirtuó el mensaje de la misma. El argumento cambia por completo. Podemos decir que se basa en él pero poco más.

Primero, simplifica mucho la trama y la hace maniquea, la transforma en una historia de buenos y malos, sin la riqueza de matices y los dilemas morales que tienen en el libro. Desaparecen las líneas argumentales de Corvallis y la computadora Cíclope, la de George Powhatan, y el General Volsci Macklin y el Coronel Bezoar se aglutinan en la figura de Bethelem. Deja de ser una historia de Ciencia-Ficción para ser un western de ambientación post-apocalíptica, como una Mad Max II pero con caballos en lugar de automóviles.

Convierte además la idea de Brin del servicio postal y de unos Estados Unidos Restablecidos como algo para infundir esperanzas a la gente (como un ideal de persistencia de las Instituciones, de lo conocido, de algo a lo que aferrarnos porque nos hace sentir seguros), en una arenga patriótica y nacionalista que le afearon incluso en su país, que ya es decir. El Cartero (anónimo, pues no conserva el nombre Gordon Kranzt) se erige como una especie de mesías, y los carteros en símbolo patriótico de unos Estados Unidos que serán el eje central del argumento de la película.

El propio Costner reconoció que la película muestra el amor que profesa por los Estados Unidos, y su intención patriótica es evidente. Se permite añadir incluso la figura de un hombre mayor al que el Cartero admite en el servicio postal al descubrir que es veterano de la guerra del Vietnam.

Will Patton como el General Bethelem

El concepto holnista tampoco está demasiado bien trasladado, y se pierde el enfoque nietzschiano del superhombre, introduciendo la cuestión racial, que en la novela ni se plantea (todos los soldados son de raza blanca, mientras que en las poblaciones hay personas de todas las etnias).

Y resulta sensiblera y meliflua en algunos momentos. Por contra, los conflictos morales del siglo XX de Gordon (aquí sólo el Cartero, como dijimos) y sus reparos hacia la violencia desaparecen, y tanto él como el resto de personajes matan sin contemplaciones. La ética de Costner es mucho más simple que la de Brin.

El filme deja también alguna anécdota curiosa:

- Los hijos de Kevin Costner aparecen en pantalla. Sus hijas Lily y Annie cantando la canción America the Beatiful en Pineview, y su hijo Joe es el pequeño que le entrega la carta al Cartero.

- El nombre del espurio Presidente de los EE.UU. Restablecidos, Richard Starkey, es el verdadero nombre del Beatle Ringo Starr.

- Cuando el ejército de Bethelem está acuartelado en una antigua cantera, proyectan cine por las noches. Los soldados tienen predilección por Sonrisas y lágrimas (The sound of music), que ven una y otra vez. Cuando ponen Soldado Universal y el nombre de Dolph Lundgren aparece en pantalla, comienzan a abuchear y a apedrear la cabina de proyección hasta que el operario pone Sonrisas y lágrimas de nuevo.

- La leyenda del Rock Tom Petty encarna al alcalde de Bridge City, una ciudad construida en una presa. Podría decirse que se interpreta a sí mismo, pues su nombre no se cita. Cuando el Cartero lo reconoce y le dice «I know you. You're famous», él responde «I was once... sort of... kind of. Not anymore».

En resumen, The Postman - El mensajero del futuro no es una calamidad absoluta, pero sí es un elefante blanco, una de esas películas que te hacen preguntarte en qué se gastaron el desmesurado presupuesto que tenían, porque un artesano con oficio (por ejemplo John Carpenter) podría haberla despachado igual o mejor con unos medios infinitamente menores.

Podéis escuchar al propio David Brin hablando de las diferencias entre su libro y la adaptación de Kevin Costner, con la que no aparenta estar demasiado satisfecho:


Su frase «Well, the film is very watchable [...] but the book is better» lo dice todo


Datos de interés: 

El cartero ganó el Premio Locus y el John W. Cambell Memorial en 1986. De manera generalizada se la reconoce como una de las mejoras novelas de temática post-apocalíptica existentes.


OTROS LIBROS DE DAVID BRIN EN KINDLEGARTEN:

- Navegante solar


Escúchalo en El Sótano:



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22 de mayo de 2014

Tatuaje - Manuel Vázquez Montalbán

Barcelona, principios de los 70. Un hombre aparece muerto flotando en la playa, con el rostro desfigurado. Tiene un tatuaje en el hombro con la leyenda «He nacido para revolucionar el infierno». El propietario de una peluquería del barrio chino contrata al detective Pepe Carvalho para que averigüe la identidad del fallecido. Las investigaciones de Carvalho le trasladarán a Amsterdam y terminarán por destapar un caso de implicaciones mayores de las previstas, que llevan a la policía de Barcelona a peinar el barrio chino, clausurar locales y hacer arrestos masivos, por lo que Carvalho se involucrará en el caso más allá del simple deber de su encargo. Paralelamente a la trama, el autor realiza un retrato cáustico y crítico de la sociedad española de la época.


Publicada en 1974, Tatuaje es obra de Manuel Vázquez Montalbán. Escritor (novelista, poeta y ensayista), periodista de prestigio, dramaturgo y gastrónomo (escribió varios obras sobre cocina). Militante comunista, padeció prisión por su actividad política. Durante el franquismo publicó bajo varios pseudónimos. Varias calles y plazas españolas llevan su nombre, entre ellas una en su Barcelona natal. Ganó entre otros el Premio Nacional de Narrativa en 1991 y el Premio Nacional de las letras españolas en 1995. El Colegio de Periodistas de Cataluña otorga desde 2004 el Premio Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán. Y desde 2006, el Ayuntamiento de Barcelona concede el Premio Pepe Carvalho a escritores de novela negra.

Es un novela negra, policíaca y de intriga, del subgénero detectivesco, que por su violencia y su crudeza se vincula directamente con el pulp y el hard boiled estadounidenses. Como es propio del género negro, realiza una dura crítica social, empleando la ironía y un sentido del humor muy cínico. 


[Nota para evitar confusiones y malentendidos: A lo largo del texto usaré varias veces la expresión «barrio chino», que consta en la novela. En España, tradicionalmente, el «barrio chino» de una ciudad no designa un lugar donde se concentra la población de procedencia china, sino al barrio (o barrios) donde se encuentran los prostíbulos y locales de baja estofa, frecuentado y habitado por prostitutas y otras gentes del lumpen: proxenetas, ladrones, timadores, buscavidas, matones... así como la clientela del negocio del sexo, que en las ciudades con mar eran, en tiempos, mayoritariamente marineros, por estar estas zonas cerca de los puertos. El barrio chino de Barcelona, hoy ya muy regenerado y recuperado, fue quizá el más famoso de España, retratado numerosas veces en libros, películas, series, canciones...]

Para comenzar, debo llamar la atención sobre un hecho curioso: Tatuaje no es la primera novela de Pepe Carvalho, sino la segunda. La primera,de 1972, se titula Yo maté a Keneddy y no la escogí como presentación porque no es, a mi juicio, una novela negra. Y no sé qué es. Puede describirse como un ejercicio de arte y ensayo, una curiosidad intelectual, una muestra de la vasta cultura y formación política del autor, pero no es una historia noir, al menos hasta las últimas páginas. Delirante, barroca, manierista, decadente... Podéis leer las reacciones a ella en Goodreads.

Tatuaje enderezaría el rumbo del personaje y sería el principio de una trayectoria de treinta años, sólo interrumpida por el repentino fallecimiento de su autor en el año 2003. Deja perfilados los rasgos principales del detective:

- Su origen gallego. Carvalho es, en efecto, un apellido gallego, que significa «roble», aunque escrito con la grafía portuguesa. En la grafía gallega actual (adaptada de la castellana) sería Carballo [Cuando el personaje fue creado, el gallego aún no era lengua oficial y no se había establecido su ortografía. Como dato curioso, mucha gente lo pronuncia «carvalo»]

«Carvalho se puso a despotricar en gallego contra la familia y la madre que la parió.»

- Su pasado en la CIA (que se anticipó en Yo maté a Keneddy), con destinos en Estados Unidos, Amsterdam o Bangkok, que abandonó cuando iba a ser ascendido y destinado en Colombia, para regresar a España.

- Su estancia en prisión.

- Su desatada pasión por la gastronomía y su carácter de gourmet amante de la buena cocina, los vinos y los cigarros puros. Algo que comparte con su autor.

- El no leer la prensa, y atesorar más de tres mil libros. En Tatuaje inaugura su costumbre de quemar un libro en la chimenea (que enciende incluso en verano) cada día.

- Y su carácter apolítico, cínico y distanciado de cualquier postura, opinión, movimientos sociales o partidos.

Se presentan asimismo otros personajes que serán habituales en su entorno, como su novia Charo (o más adecuadamente, la Charo), una prostituta de cierta categoría con la que mantiene una relación abierta, o su confidente El Bromuro, un limpiabotas que está al tanto de todo lo que ocurre en el barrio chino. [Biscúter, su ayudante, aparecerá en un título posterior.]


En lo literario, Tatuaje es un hard boiled que bebe de clásicos como Raymond Chandler (que junto a su personaje Philip Marlowe son citados varias veces), pero no impostado, sino aclimatándolo a su momento y a su lugar: la España -en concreto Barcelona- de las postrimerías de la dictadura franquista, con el régimen agonizante (lo que se llamó la dictablanda) y un profundo cambio social en ciernes. Es una novela ágil, aunque no frenética, que atrapa el interés del lector y que resulta amena, con una trama elaborada con acierto y que resulta interesante y, a mi criterio, poco predecible, salvo algún hecho puntual. Montalbán usa un lenguaje sencillo pero pulcro, pulido, y no abusa de la adjetivación. Los diálogos son fluidos, y me ha gustado en especial cómo cada personaje tiene su propia voz, su propio modo de expresarse. 

Contiene escenas de acción, con una cierta violencia, y Carvalho tiene enfrentamientos físicos en varias ocasiones, incluida una pelea a puñetazos con el chulo de una compañera de profesión de Charo, y sorprende que el detective porte siempre una españolísima navaja, arma propia de los ambientes lumpen y que era de uso muy común hasta no hace mucho [mi madre, sin ir más lejos, llevó una en el bolso durante años].

«Medió Charo. Carvalho señalaba con un brazo la puerta de la calle al chico. Las facciones del joven malva se habían relajado, daban paso a una sonrisa de camorra presentida. Carvalho valoró sus manos bastante grandes llenas de anillos aparatosos. 
—Métete la bisutería en el bolsillo y largo. 
—A ver si te la meto en la boca. 
Carvalho pareció desentenderse de su amenaza anterior, pero se revolvió de pronto y le pegó al otro con el canto de la mano en el cuello. Retrocedió el muchacho un paso con las manos en la garganta y ya Carvalho le machacaba la boca con un derechazo y un izquierdazo. Ni los gritos de la novia ni el rugido de Charo le contuvieron. Carvalho cayó sobre el encogido cuerpo, le agarró los cabellos y lo tiró contra la pared.»

Vázquez Montalbán, comunista activo y militante, emplea su novela para una acerada crítica social, que se ceba en especial con la burguesía catalana, y muestra a lo largo de toda la novela un sentido del humor ácido y mordaz. El retrato social y político tiene casi tanto peso en el conjunto como la investigación de Carvalho, aunque el autor sabe hacerlas transcurrir paralelas e ir de la mano para que una no interrumpa la otra, es decir que la intriga no se vea cortada.

«Miró de reojo a la muchacha cordero a la plena luz de la pizzería y comprobó que no era ni fea ni guapa, sino todo lo contrario. Es decir, había conseguido esa contraimagen neutra con la que las mujeres emancipadas se defienden de la imagen de mujer objeto. Habían conseguido su propósito de deserotización. Pero Carvalho profetizaba que acostumbrarían a sus partenaires masculinos a una nueva convención y que en un futuro próximo las mujeres objetos irían disfrazadas de antimujer objeto o de mujer antiobjeto.»


Lo mismo ocurre con el retrato social que nos muestra: el barrio chino con sus meublés (hoteles de habitaciones por horas) y sus chulos (proxenetas) autóctonos que explotaban a una o dos mujeres, hoy reemplazados por las mafias organizadas y los clubes de carretera; las redadas policiales a gran escala; el desarrollo inmobiliario descontrolado de Barcelona, que crearía barriadas enteras al abrigo del cinturón industrial; las mismas barriadas que destrozarían las drogas años después, y que en esta novela empieza a asomarse; la actividad política subterránea, con los partidos aún en la clandestinidad; o la imagen de país subdesarrollado y tercermundista que España tenía ante el resto de Europa, y que se observa en el viaje de Carvalho a Amsterdam.

Para mi gusto personal, Montalbán crea con Carvalho un personaje atractivo, con personalidad, pintoresco y con esa curiosa capacidad para moverse con comodidad en cualquier ambiente, ya sea en el local más exclusivo o en el más sórdido rincón del barrio chino. 

«Para aquel hombre alto, moreno, treintañero, algo desaliñado a pesar de llevar ropas caras de sastrería del Ensanche, pasear morosamente entre los puestos era una de las escasas juergas que permitía a su espíritu cada tarde que abandonaba los barrios de Charo para volver a su madriguera, en las laderas del monte que preside la ciudad.»

Y con un método deductivo minucioso, metódico, casi científico. Montalbán huye de los golpes de efecto como las corazonadas o la intuición. La investigación de Carvalho es creíble: interrogar, recabar información, ordenarla, contrastarla...

«Tejió una primera y posible historia de la relación entre el hombre muerto y su cliente. Alguna complicidad unía a los dos hombres. Carvalho trató de alejar mentalmente esta hipótesis. Sabía por experiencia que lo peor en una investigación era partir de una hipótesis. Puede condicionar el proceso de acceso a la verdad e incluso desviarlo.»

Aunque lo que más disfruté del personaje fue su implicación con el caso que se encarga, que se convierte para él en un reto personal, en el que sus honorarios pasan a un segundo plano, y que resuelve por la mera satisfacción profesional. El toque noir viene además de que Carvalho no busca justicia, y ni tan sólo se plantea compartir sus descubrimientos con la Policía o ponerla en la pista de los culpables del asesinato del hombre misterioso, ni juzga las motivaciones de su cliente o de los actores de los hechos. Todo lo que lo muestra, en resumen, como un detective «de raza».




El planteamiento clásico de la novela (Introducción, nudo y desenlace) y la presentación de los hechos de manera ordenada, la convierten en una lectura fácil y perfecta igual como distracción que como retrato social, que viene marcado como ya comenté por la mirada ácida de Vázquez Montalbán:

«Sin la caricaturesca melena, Teresa recuperaba una identidad incuestionable de hija de la alta burguesía, con las facciones bien cultivadas por la buena alimentación, la higiene regularizada y una libertad de expresión que presta al rostro la serenidad del acróbata que trabaja con red. La Charo trabajaba sin red desde que había nacido y Carvalho le adivinaba a veces el rictus canalla de quien se defiende matando o el miedo de quien teme las caídas. El esquematismo del rostro proletario es el de las cariátides: o la risa o el llanto. El rostro de la Marsé tenía la placidez lógica de toda materia que se sabe homologada en todo tiempo y lugar.»

Y dónde el autor sólo se permite detenerse en los pasajes referidos a la gastronomía, con descripciones casi poéticas de las sensaciones que experimenta Carvalho cuando come o bebe:

«Se aplicó sobre el gigot ya sin restricciones sicológicas. Una carne bien cocida es ante todo un placer táctil que agradece la cueva del paladar. El gigot braseado es el menos historiado de todos los gigots que uno puede comer. No tiene la campechanía patatoide y ajudiada del gigot a la paisana, pero tampoco el trompeteo tantas veces falsificado del gigot de corzo o el paisajismo del gigot con espinacas. Un gigot braseado es ante todo carne bien cocida y bien aromatizada. El Borgoña, aplastados sus aromas contra la delicada pielecilla del paladar, convertidos en humo avinado que embotaba las narices de Carvalho, parecía un terciopelo fluido que le secaba las llagas abiertas por el roce de la carne.»

Adorable edición pulp

Pasados cuarenta años de su publicación, Tatuaje tiene además un gran valor documental, pues muestra la impresionante transformación social que ha experimentado España en este tiempo. Por ejemplo algo tan aparentemente banal como el tatuaje que luce el fallecido, y que sirve a Carvalho como pista para averiguar su identidad. Entonces los tatuajes aún era algo restringido a marineros, legionarios y gente «de mal vivir», y en Barcelona había apenas dos o tres tatuadores, además de edad avanzada y semiretirados. Hoy el tatuaje está tan socialmente aceptado y extendido que el bueno de Carvalho tendría que ir por otros derroteros para solucionar su caso.

En resumen, Tatuaje me parece la mejor opción para adentrarse en el mundo de Pepe Carvalho. Recomiendo saltarse Yo maté a Kennedy e ir directamente a por este hard boiled hispano, atrapador y muy entretenido. Sugiero también leer las aventuras del detective gallego respetando el orden de publicación de las mismas, pues Vázquez Montalbán, al igual que hizo Chandler con Marlowe, hace que el tiempo pase por su personaje a medida que sus historias van viendo la luz, y a través de los casos de Carvalho va transcurriendo también la historia reciente de España. 


Datos de interés: 

Las obras derivadas de las novelas de Vázquez Montalbán son abundantes. Veremos las principales:


Tatuaje fue adaptada al cine en 1976 por el director español Bigas Luna, con Carlos Ballesteros como Pepe Carvalho y Pilar Velázquez como Charo. 



En 1986, una Televisión Española con muchas menos ataduras que la actual produjo una serie titulada Las aventuras de Pepe Carvalho, de ocho episodios, con Eusebio Poncela como Carvalho:


La serie gozó de una cierta popularidad, y Eusebio Poncela, un actor de procedencia teatral, pasó a ser el rostro de Pepe Carvalho para muchos espectadores.

En 1999, otra miniserie de seis episodios, de producción hispano-italiana, contó con el actor catalán Juanjo Puigcorbé en el papel del detective:


Actor que encarnaría nuevamente al investigador gallego en otra miniserie, una coproducción catalana-francesa-gallega, que se estrenó en la televisión catalana en el 2003. Supongo que estaría previsto que la emitiese también la televisión de Galicia, pero tal cosa nunca ocurrió.

Y como detalle nostálgico, citar que en la era dorada de los videojuegos españoles, en un ya lejano 1988, la época de los ordenadores de ocho bits, Carvalho protagonizó un videojuego de la entonces puntera empresa española Dinamic, publicado por su filial AD (Aventuras Dinamic), especializada en aventuras conversacionales. 


Basado en la novela homónima Los pájaros de Bangkok, nos permitía encarnar al personaje y buscar a su amiga Teresa Marsé (la misma que aparece en esta Tatuaje).

Las aventuras conversacionale" consistían en una serie de pantallas fijas en las que nos mostraban los acontecimientos mediante textos, y nosotros teníamos que TECLEAR la acción que queríamos llevar a cabo. La continua devolución del mensaje de error «No te entiendo» podía llegar a ser desesperante.

Eran otros tiempos y jugábamos así

Y conviene citar otros homenajes que recibieron autor y personaje, como que el detective Cayetano Brulé, creado por el chileno Roberto Ampuero tenga un gran parecido físico con Vázquez Montalbán; o que el célebre autor de novela negra italiano Andrea Camilleri bautizase a su inspector de policía siciliano, amante de la buena mesa, con el nombre de Montalbano

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18 de mayo de 2014

Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Márquez

Un hecho real, pero dramatizado por el autor, ocurrido en 1951 en un pequeño pueblo de la costa caribeña de Colombia. Un carismático forastero llamado Bayardo San Román se encapricha de la joven Ángela Vicario. Consigue desposarse con ella, y tras una sonada boda en la que participa todo el pueblo, la devuelve a su familia, con la humillación y la decepción (para la mentalidad de la época) de que no es virgen. Tras sonsacarle a golpes el autor de la deshonra, la novia confiesa un nombre a sus familiares: Santiago Nasar, un joven hacendado de origen árabe, querido y respetado en la localidad. Los hermanos de Ángela, los gemelos Pedro y Pablo, se ven obligados por su sentido del honor a vengar la afrenta asesinándolo. La historia se convierte en una tragedia clásica en la que el destino de los personajes está escrito desde el principio, y todos los acontecimientos se alinean para que la muerte de Santiago Nasar sea inevitable, y para que los hermanos Vicario no puedan librarse de su deber de matarlo. Todo el pueblo será partícipe y testigo de los luctuosos acontecimientos, pero nadie podrá interponerse, pese a sus intentos, en el destino inexorable que pesa sobre sus protagonistas.


Publicada en 1981, Crónica de una muerte anunciada es una tragedia griega clásica. Muchos la consideran una novela policíaca y el autor la mentaba como novela negra, pero más acertado es tomarla como una non-fiction novel (con matices) que se encuentra entre el periodismo y la literatura, y que incorpora tanto el tipismo como ingredientes del realismo mágico tan caro a García Márquez. 


Sobre Crónica de una muerte anunciada y sobre Gabo se ha escrito todo lo posible, y esta reseña no puede aportar gran cosa al maremagno de estudios, análisis, comentarios y ensayos existente sobre ella, sólo hablar de las impresiones que transmite: 

En primer lugar, no es una novela negra ni policíaca, no una al uso al menos. Si debemos encuadrarla dentro de un género sería la non-fiction novel, por su planteamiento y por su estructura y estilo narrativos, si bien tiene elementos que la alejan de ella. Para comenzar, los hechos no son exactamente reales, sino que están basados en otros que sí lo fueron. Los personajes son ficticios, pero son trasuntos de aquellos, y en cualquier caso García Márquez consigue imprimirles la suficiente credibilidad para volverlos reales y convencernos de que lo estamos leyendo ocurrió realmente en su pueblo, y de que él fue testigo de excepción de los acontecimientos. 

Porque el narrador en primera persona no es otro que el propio García Márquez, lo que descubriremos a medida que cite a sus parientes o a su esposa Mercedes Barcha «la Gaba», otorgándole así al texto un extra de verismo, en cuanto es partícipe de la novela y nos cuenta sus entrevistas con los demás personajes cuando está haciendo la investigación para escribir su relato. 



Porque García Márquez, aún sirviendo un relato periodístico, una non-fiction si queremos, no pudo ni quiso abstenerse de incorporar el realismo mágico tan propio de su estilo, ni de jugar con los límites entre realidad y fantasía (habría que esperar a su Noticia de un secuestro para que sirviese un relato periodístico de no-ficción puro). La novela transcurre en el universo personal del autor. Así, el padre de Bayardo San Román es:

«el general Petronio San Román, héroe de las guerras civiles del siglo anterior, y una de las glorias mayores del régimen conservador por haber puesto en fuga al coronel Aureliano Buendía en el desastre de Tucurinca.»

Además de este guiño a Cien años de soledad, los elementos mágicos aparecen a lo largo de todo el libro, como el olor de Santiago Nasar que se pega a los gemelos Vicario, y no los abandona aunque se restrieguen durante días con estropajo y jabón; el espíritu de Yolanda de Xius, que confirma a su esposo (perplejo y desesperado porque los objetos de su difunta esposa desaparecen de casa) en una sesión de espiritismo que está recuperando sus pertenencias para su casa de la muerte; o la aparición del ánima en pena de un barco negrero, que Santiago Nasar vislumbra en el mar, como un presagio. 


A la inclusión del autor en la obra, y con ello en todo el universo fantástico que creó con sus libros y cuentos, se suma el tremendismo (que tan bien cultivó otro Premio Nobel, el español Camilo José Cela) que lleva la historia a la hipérbole y a la exageración. La boda estruendosa de Bayardo San Román y Ángela Vicario:

«Contó que se habían sacrificado cuarenta pavos y once cerdos para los invitados, y cuatro terneras que el novio puso a asar para el pueblo en la plaza pública. Contó que se consumieron 205 cajas de alcoholes de contrabando y casi 2.000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la muchedumbre.»

Y otros detalles como el obispo dando la bendición sin bajarse del barco; la cárcel donde al hermano del narrador le permiten, una noche que lo encierran, dormir acompañado de una prostituta; la truculenta descripción de la gonorrea de Pedro Vicario; la autopsia brutal que el cura hace a Santiago Nasar, destrozándolo mucho más que el propio asesinato; o el registro del Palacio de Justicia inundado, en el que el autor "pesca" la información:

«Todo lo que sabemos de su carácter es aprendido en el sumario, que numerosas personas me ayudaron a buscar veinte años después del crimen en el Palacio de justicia de Riohacha. No existía clasificación alguna en los archivos, y más de un siglo de expedientes estaban amontonados en el suelo del decrépito edificio colonial que fuera por dos días el cuartel general de Francis Drake. La planta baja se inundaba con el mar de leva, y los volúmenes descosidos flotaban en las oficinas desiertas. Yo mismo exploré muchas veces con las aguas hasta los tobillos aquel estanque de causas perdidas, y sólo una casualidad me permitió rescatar al cabo de cinco años de búsqueda unos 322 pliegos salteados de los más de 500 que debió de tener el sumario.»

No podemos pasar por alto el carácter costumbrista y etnográfico que la novela atesora, pues nos muestra el modo de vida y los usos de una típica población de la costa caribeña de Colombia en los años 50, con costumbres que hoy nos parecen brutales, como la de que la novia tuviese que exhibir, al día siguiente de su boda, las sábanas manchadas de sangre como garantía de la pérdida de su virginidad (algo similar a la «prueba del pañuelo» que aún pasan algunas -cada vez menos- gitanas españolas cuando se casan). Aunque también resulta curioso, divertido incluso, cómo las comadres ilustran a la inocente Ángela sobre cómo engañar a su esposo para salir airosa de la prueba. Ilustra sobre la enorme variedad étnica y cultural de la zona, donde conviven una nutrida comunidad de árabes, a la que pertenece el protagonista (si bien practican el cristianismo; desde el nombre propio Santiago hasta el de su hacienda El divino rostro) con antillanos y con personas de origen catalán, que tienen apellidos como Xius u Oliver, y que aún usan sus interjecciones: 

«Magdalena Oliver creyó que estaba muerto. -¡ Collons de déu -exclamó-, qué desperdicio!»


Si todo esto ha sido el marco de referencia de la novela, queda por hablar de su núcleo, de lo que García Márquez quiso decir con ella: Crónica de una muerte anunciada no es tanto una novela policíaca o un relato periodístico como una tragedia griega clásica, cuyo tema central es el Destino y su inexorabilidad. No revela la trama ni el desenlace decir que Santiago Nasar es asesinado, pues así comienza la historia:

«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.»

Y lo que importa no es el qué, sino el cómo y el porqué. Asistimos a unos acontecimientos que están marcados por la inevitabilidad. Muchos son los que saben que los hermanos Vicario tienen intención de asesinar a Santiago Nasar, pero no pueden hacer nada por impedirlo, porque el hado no lo permite. Alguien le pasa un papel con el aviso por debajo de la puerta, pero nadie lo encuentra hasta que es demasiado tarde. El alcalde les quita los cuchillos y decide no arrestarlos, pero ellos se arman de nuevo. El cura los considera incapaces de matar a nadie. Y otros muchos dan por hecho que Santiago sabe que van a matarlo.

«Nadie se preguntó siquiera si Santiago Nasar estaba prevenido, porque a todos les pareció imposible que no lo estuviera.»

Igual que no consideran a los gemelos Vicarios capaces de cometer asesinato:

 «- No seas pendeja -le dijo-, ésos no matan a nadie, y menos a un rico.»

Todo parece confabularse para que los acontecimientos sean ineludibles. Incluso Santiago, que siempre sale de casa por la puerta de la cocina, decide esa mañana, de manera inexplicable, salir por la puerta principal, donde los Vicario le están aguardando. Amante de las armas, nunca sale sin un revólver de gran calibre «capaz de atravesar un motor», pero ese día lo deja en casa. 

Esa idea de fatalidad, de hado, se extiende de tal manera sobre el relato que todos los habitantes del pueblo, implicados sin desearlo en el drama, toman la forma de coro, que al igual que en la tragedia griega comenta, cuestiona o censura a los protagonistas y los advierte de las consecuencias de sus actos, a la vez que explican el argumento con sus diálogos. 

«- No puede ser -dijo el coronel Aponte-, porque yo los mandé a dormir. Acabo de verlos con un cuchillo de matar puercos -dijo Cristo Bedoya.
- No puede ser, porque yo se los quité antes de mandarlos a dormir -dijo el alcalde-. 
Debe ser que los viste antes de eso. 
- Los vi hace dos minutos y cada uno tenía un cuchillo de matar puercos -dijo Cristo Bedoya. 
-¡Ah carajo -dijo el alcalde-, entonces debió ser que volvieron con otros! 
Prometió ocuparse de eso al instante, pero entró en el Club Social a confirmar una cita de dominó para esa noche, y cuando volvió a salir ya estaba consumado el crimen.»

Los gemelos Vicario son asimismo tan víctimas del Destino como Santiago, pues son obligados, impelidos incluso, a matarlo, en función de un sentido del honor trágico, anticuado, hasta anacrónico para nuestra visión actual. El machismo que somete a las mujeres al hombre, somete de igual manera a los hombres a la sociedad, pues lo que se considera correcto y lógico es que venguen la «afrenta» de su hermana. Los gemelos deben matar a Nasar, aunque no quieran, pues es lo que se espera de ellos y lo que se les exige, por un sentido del honor y de la honra calderonianos que parecen anacrónicos hoy día.

«- Ya no tienen con qué matar a nadie -dijo.- No es por eso -dijo Clotilde Armenta-. Es para librar a esos pobres muchachos del horrible compromiso que les ha caído encima.Pues ella lo había intuido. Tenía la certidumbre de que los hermanos Vicario no estaban tan ansiosos por cumplir la sentencia como por encontrar a alguien que les hiciera el favor de impedírselo.»

La fatalidad es uno de los motores principales de este drama trágico, y se percibe desde el primer momento, con las premoniciones e imágenes de muerte que Santiago Nasar tiene a lo largo de la novela. Se ve engrandecida por el uso del «tiempo cíclico» por parte de García Márquez, quien se permite tanto volver sobre los temas ya vistos como avanzar veintitrés años en el futuro y mostrar las consecuencias de los hechos para sus protagonistas, mostrando así que la tragedia alcanzó a todos los participantes, a víctima, a verdugos y también a Ángela Vicario y Bayardo San Román, que se adivina como el verdadero gran derrotado y damnificado del asesinato de Santiago. 

El otro motor es la incertidumbre, hasta el punto que como lectores nunca conoceremos la verdad de lo que ocurrió. ¿Fue realmente Santiago Nasar el autor de la «deshonra» de Ángela Vicario, o fue sólo un chivo expiatorio? ¿Encubría Ángela Vicario a alguien? No lo sabemos, ni lo sabremos.

«Sin embargo, lo que más le había alarmado al final de su diligencia excesiva fue no haber encontrado un solo indicio, ni siquiera el menos verosímil, de que Santiago Nasar hubiera sido en realidad el causante del agravio. Las amigas de Ángela Vicario que habían sido sus cómplices en el engaño siguieron contando durante mucho tiempo que ella las había hecho partícipes de su secreto desde antes de la boda, pero no les había revelado ningún nombre. En el sumario declararon: «Nos dijo el milagro pero no el santo». Ángela Vicario, por su parte, se mantuvo en su sitio. Cuando el juez instructor le preguntó con su estilo lateral si sabía quién era el difunto Santiago Nasar, ella le contestó impasible:
   - Fue mi autor.
Así consta en el sumario, pero sin ninguna otra precisión de modo ni de lugar.»

En resumen, Crónica de una muerte anunciada es una novela que guarda mucho más de lo que aparenta su brevedad. Un libro para leer del tirón y que se presta a la relectura, a redescubrirlo para reparar en aquello que se nos pasó por alto en la ocasión anterior. Merece la pena para acercarse al universo personal de García Márquez, y para disfrutar de una historia narrada con viveza y en la que realidad y fantasía se confunden hasta hacerse indistinguibles.


La película:

En 1987 se estreno la adaptación fílmica, en co-producción Colombia-Francia-Italia (llevando esta última la mayor parte del peso), dirigida por el italiano Francesco Rosi, con guión de Tonino Guerra. Contó con Rupert Everett como Bayardo San Román, Ornella Muti como Ángela Vicario, Irene Papas como Pura Vicario, Lucía Bosé como Plácida Linero y Anthony Delon como Santiago Nasar. 


Es una versión bastante desafortunada. A nivel técnico está facturada con solvencia, y el director cuidó tanto el montaje como los planos, se le nota implicado. Alguna secuencia es buena, como la alternancia de planos cénit y nádir en la escena de la muerte de Santiago Nasar. La ambientación y el vestuario son correctos también. Se filmó en Colombia, por lo que tampoco hay quejas en lo que se refiere a las localizaciones. Tal vez lo más destacable sea la fotografía, optando por los colores cálidos y la luz muy cargada en los exteriores, para acentuar la sensación de «Tierra caliente». 

Heredera directa del spaghetti-western

Pero donde pincha es tanto en el tono general, que no refleja el espíritu trágico de la novela. Se pierde todo el concepto de tragedia clásica, de hechos inevitables, de personajes víctimas del destino, al que no pueden sustraerse. En su lugar, ofrece un melodrama, al que no ayuda el trabajo de los actores, con unas interpretaciones poco creíbles, frías y acartonadas. Se ven un tanto perdidos, y creo humildemente que el director no supo o no fue capaz de expresarles lo que esperaba de ellos. El caso más notorio es el de Ornella Muti, que hace una actuación de opereta, casi a nivel de telenovela, pues por momentos parece estar leyendo sus diálogos en un tablero tras la cámara.

Tampoco colabora el rodaje en italiano, con los miembros de un reparto multinacional hablando una lengua que no dominan y recitando los textos de corrido, con una traducción al castellano bastante aséptica, más propia de un telefilme o un documental que de una película tan ambiciosa. Lo que era habitual en los spaghetti-western de Sergio Leone, y formaba parte de su encanto, aquí desluce en gran medida el resultado final del filme. 

Por otra parte, la trama sufrió una simplificación muy acusada, recortando la nómina de personajes y perdiendo así una de las que considero bazas principales de la novela: la implicación de todo el pueblo en la tragedia. Ni siquiera provocan una sensación de «masa», de personaje colectivo, el ya citado coro que tan fundamental era en la tragedia. Simplemente parecen pasar por allí, y ni en la escena principal, la de la muerte de Santiago Nasar, transmiten alguna emoción. 

La película fue un auténtico fracaso, aún con ese «Seleccionada Cannes 1987» que muestra en el cartel. García Márquez renegó de ella y declaró que era "la peor adaptación posible de una novela suya". Reacio desde entonces al cine, tuvieron que pasar veinte años hasta que otra de sus obras, El amor en tiempos del cólera se viese convertida al cine.

Fue otro arte escénico, el teatro, quien hizo justicia a esta obra. Por una parte, el Grupo de teatro universitario de la EAFIT colombiana presentó su versión en el 2008. Esta compañía estudiantil tiene una larga trayectoria y no es raro que sus componentes abandonen sus carreras iniciales en favor de la interpretación. Su montaje se representó con éxito durante la temporada 08-09. 


Y por su parte, el destacado director teatral Jorge Alí Triana, estrenó en 1999 su montaje basado en la novela, que se ha representando desde entonces y lo sigue haciendo en la actualidad, con diferentes compañías como la Repertorio Español de Nueva York, la Boundless Theatre Company, o la del Centro Cultural Británico de Lima, Perú. En total, más de quinientas puestas en escena en países como Estados Unidos (incluido Puerto Rico), México, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Costa Rica, Perú, Colombia, Ecuador, Australia y Rusia.

Puesta en escena del Centro Cultural Británico de Perú

Este montaje sí transmite todo el dramatismo y todo el tono trágico de la novela de García Márquez, y se sirve de una iluminación llena de contraluces y de claroscuros, con predominio de los tonos rojos y ocres. La originalidad viene su inspiración en el mundo de la tauromaquia, siendo el escenario un ruedo con su arena y su barrera, y presentándose los actores en escena con un paseíllo como el que inicia las corridas de toros. Incluso la puerta de la casa de Santiago Nasar recuerda a la puerta de los chiqueros por la que los toros salen al coso. Existen numerosos vídeos en Youtube, como este:



El espectáculo ha contado con el beneplácito de crítica y público, y más de doce años en escena se pueden considerar como un éxito absoluto.

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16 de mayo de 2014

Primavera con una esquina rota - Mario Benedetti

La dramática e injusta situación padecida por los represaliados de la dictadura uruguaya, a través de la historia personal de varios de ellos. Los propios protagonistas cuentan los hechos en primera persona, siendo Benedetti uno más, pues narra su experiencia personal como exiliado, primero en Perú y después en Cuba. Los personajes principales son Santiago, preso político en la cárcel de máxima seguridad de Libertad; y su familia, exiliada en otro país americano: su mujer Graciela, su hija Beatriz y su padre Rafael. Rolando, un amigo suyo, se encuentra también en el exilio. Santiago intercambia cartas con Graciela y con su Padre, en las que les hace confidentes de su sufrimiento, de la nostalgia de su compañía y de sus ansias de ser libre. Mientras, Graciela y Rafael padecen el extrañamiento y el desarraigo del exilio, afrontan sentimientos encontrados e intentan adaptarse a su nueva vida. La pequeña Beatriz, con sus razonamientos infantiles, aporta la ternura y el humor entrañable que ayudan a sobrellevar la crudeza que Benedetti imprime a su texto.


Publicada en 1982, Primavera con una esquina rota es obra de Mario Benedetti, un escritor prolífico con más de ochenta obras publicadas, que incluyen la narrativa (novela y cuentos), la poesía y el ensayo. Grabó sus poemas tanto en solitario como acompañado por el cantautor uruguayo Daniel Viglietti, con quien actuó en el espectáculo conjunto A dos voces. Doctor Honoris Causa por las universidades de Alicante, Valladolid y La Habana. Atesoró numerosos galardones y  reconocimientos. 


Primavera con una esquina rota es un drama realista, de reparto coral, alternando diferentes narradores en primera y en tercera persona. Tiene componentes del género epistolar, pues uno de sus personajes relata su parte en forma de carta. Pese a predominar el drama, posee una cierto corte romántico y muestra un sentido del humor muy negro e irónico, como vía de escape contra la dureza de los hechos que describe. Asimismo, es una novela autobiográfica, al contener episodios de la vida del propio autor, relatados por él mismo. 


Hagamos memoria. Uruguay padeció una férrea dictadura militar, que arrancó con el golpe de Estado de 1973, y comenzó a morir en 1980 cuando un órdago del Gobierno, en forma de referendo para la reforma constitucional y con ello la legitimación y perpetuación del régimen, le salió rana, se saldó con un 57% de «NO» y con el inicio de la transición a la democracia. Entremedias quedaron el ensañamiento y las represalias a los militantes de los partidos de izquierdas, que incluyeron prisiones, torturas, interrogatorios, asesinatos, desapariciones y exilios, tanto interiores como exteriores. 

Este es el escenario en el que transcurre Primavera con una esquina rota, que Benedetti dedica a la intrahistoria, es decir la realidad vista a través de las experiencias individuales de las personas que vivieron los acontecimientos históricos, y cómo éstos les afectaron y condicionaron.


Para ello, recurrirá a una novela coral, en la que las diferentes perspectivas de otros tantos personajes, entre los que se incluye él mismo como uno más, terminan por conformar un todo y de esa manera mostrarnos todos los aspectos de la trama, desde la visión de todos los implicados, pues lo importante, lo destacable, es asistir a los distintas maneras de vivir la situación por cada uno de ellos, sus sentimientos y sus reflexiones, componiendo un mosaico que sólo está completo conociendo la realidad de cada protagonista. 

La estructura del libro es curiosa. Benedetti titula los capítulos en función del personaje que los protagoniza, acompañados de un subtítulo que lo completa. Los narrados por Santiago se titulan Intramuros (cuando se encuentra en prisión) y Extramuros (cuando sale de ella). Los dedicados a Rafael son denominados Don Rafael; los correspondientes a Graciela y su entorno son Heridos y contusos; los protagonizados por Rolando serán "El otro", mientras que aquellos que responden al título de Beatriz son los monólogos interiores de las pequeña; y los correspondientes a terceros personajes, incluído Benedetti, se intitulan Exilios. Se van alternando a lo largo del libro y mantienen una proporción equilibrada. 

El autor emplea diversas técnicas narrativas, dándole al libro un aire variado y a mi juicio bastante original. Santiago (cuyo nombre no sabremos al principio, hasta que sea citado por su esposa Graciela) se encuadra dentro del género epistolar, pues estamos leyendo las cartas que le envía a sus familiares en el exilio, desde la cárcel en la que se encuentra encerrado como preso político. Don Rafael es un narrador en primera persona, mientras que las tribulaciones de Graciela en Heridos y contusos se nos relatan en tercera persona por un narrador no omnisciente. Exilios emplea la primera persona cuando es el mismo Benedetti quien cuenta sus recuerdos personales, y la tercera con narración omnisciente cuando se centra en otros personajes. El otro usa diversos puntos de vista, y Beatriz recurre al monólogo interior en primera persona. Resulta llamativo, por último, el estilo atropellado, sin signos de puntuación, de Extramuros, donde los pensamientos de Santiago se agolpan sin orden, para reflejar su excitación por verse libre y su ansia por reunirse con los suyos. 

Penal de Libertad (Uruguay) en la actualidad

A través de este collage de testimonios conoceremos tanto la dura realidad cotidiana de Santiago en su celda de Libertad, su lucha por mantener la cordura, las secuelas físicas y mentales de las torturas e interrogatorios a los que fue sometido, su esperanza de verse libre, sus deseos de reunirse con su familia, sus recuerdos y sus deseos; como la no menos duras odiseas de Graciela y Don Rafael, que si bien se encuentran libres y llevan una vida normalizada (ella es secretaria en una empresa, él profesor universitario), padecen el exilio forzoso y afrontan tanto la nostalgia como remordimientos y sentimientos atormentadores.

«Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol y, lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas.»

Porque esa es la sensación que transmite Primavera con una esquina rota. La amargura que supone para el exiliado saberse un privilegiado con respecto a aquellos que cumplen prisión o que simplemente han muerto o desaparecido. Los remordimientos, la culpabilidad de no haber sufrido tortura o de haber sobrevivido a ella, siempre con «el otro» en mente. Culpa y dolor que se acrecientan y magnifican en Graciela, a medida que el amor que siente por Santiago se diluye, mientras que él se mantiene firme en el suyo por ella. El extrañamiento y la frialdad provocados por la lejanía, por la separación, que llegan al límite del sufrimiento cuando se involucre sentimentalmente con Rolando, amigo íntimo de Santiago. 

«Es una historia vieja, o mejor dicho una vieja señal: el sobreviviente de un genocidio experimenta una rara culpa de estar vivo. Y acaso quien, por alguna razón válida (no tengo en cuenta las razones indignas) consigue escapar a la tortura, experimente cierta culpa por no ser torturado.»


[recital completo A dos voces, de Daniel Viglietti y Mario Benedetti, en el año 2002]

Y sin embargo, entre toda la marea de dolor, irrumpe el humor como piedra de salvación. Un sentido del humor delicioso, fino, agudo y definitivamente negro, ese humor surgido del padecimiento y la amargura. Desconozco si es propio de los uruguayos en general o si era parte de la personalidad de Benedetti, pero ayuda a suavizar en gran medida la aspereza del tema. El autor recuerda así su expulsión de Perú:
«De pronto noté que ambos se habían dormido. Roncaban tan apaciblemente que me quité los zapatos para que mis pasos sobre la moquette no turbaran su sueño. Tuve una hora y media para arreglar mucho mejor la maleta, y el ducto del incinerador de basura tuvo bastante trabajo.Al cabo de esa hora y media, me puse nuevamente los zapatos y sacudí discretamente al inspector: «Perdone que lo despierte, pero si soy tan subversivo como para que me echen del país, por favor no se duerman y vigílenme». El inspector me explicó que lo que pasaba era que estaban trabajando desde temprano y estaban muy cansados. Dije que comprendía, pero que yo no tenía la culpa.»
Alamar, a quince km. de La Habana, Cuba, en donde residió Benedetti en su exilio

El texto es emotivo y rebosa lirismo. La capacidad de Benedetti para emocionar es más que resaltable, y la combinación de crudeza y ternura lleva el estilo hasta la prosa poética. Lo cierto es que muchas de sus frases te suenan por haberlas leído antes, aunque es en su contexto donde ganan todo su sentido. Pese a su extensión, que no es excesiva, he subrayado gran cantidad de párrafos, y muchas de las sentencias que el autor pone en boca de sus personajes recuerdan a sus versos satíricos, microrelatos y refranívocos:
«Dios da pan al que no tiene dientes, pero antes, mucho antes, le dio hambruna al que los tenía. Linda trampa la de Dios. Después de todo, los refranes populares son algo así como un curriculum divino. Se armó la de Dios es Cristo: virulencia y furia. Dios los cría y ellos se juntan: conspiración y acoso. Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César: repartija y prorrateo. Como Dios manda: prepotencia e imperio. Dios pasó de largo: indiferencia y menosprecio. A Dios rogando y con el mazo dando: parapoliciales, paramilitares, escuadrones de la muerte, etc. Cuando Dios quiera: poder omnímodo. Dios nos libre y nos guarde: neocolonialismo. Dios castiga sin palo ni piedra: tortura subliminal. Vaya con Dios: malas compañías.»
Mención aparte merece la figura de Beatriz, que añade al sentido del humor todo el candor y la inocencia de una niña de diez años, y con sus razonamientos nos conmueve y nos hace reír.
«Cuando hay un apagón en los ascensores de rascacielos cunde el pánico. En mi clase cuando llega la hora del recreo cunde la alegría. El verbo cundir es un hermoso verbo.»
En sus soliloquios, Benedetti disfraza de inocencia duras puyas a la situación que viven los exiliados y a aquellos que la provocaron, y en general al mundo de los adultos.
«Jamás hay que decir viejo sino anciano. Un niño de mi clase dice que su abuela es una vieja de mierda. Yo le enseñé que en todo caso debe decir anciana de mierda.»
Frente al dolor sordo y permanente de Graciela y Don Rafael, se opone la nostalgia limpia e inocente de la pequeñita Beatriz, para quien su padre es una figura lejana e idealizada de la cual no guarda prácticamente recuerdo. 
«Yo digo que es una lástima que entre los millones de gentes que hay en este país no esté por ejemplo mi papá.»
Pero aún con toda la amargura del texto, con todo el dolor que transpira, el libro contiene un mensaje de esperanza, que da sentido a su título. La primavera es una metáfora de la libertad que se estrena, tanto la de Santiago cuando salga de Libertad, como la de toda la nación uruguaya, que para Benedetti debe partir de todos aquellos jóvenes educados en libertad, que deben construir la nación del futuro.
«¿Cuántos de esos que antes vimos militando cojonudamente en La Teja o en Malvín o en Industrias, y hoy vemos en París, junto al Sacré-Coeur, o en el Ponte Vecchio florentino, o en el Rastro de Madrid, tendidos junto a productos artesanales que ellos mismos han moldeado o tejido, cuántos de esos muchachos y muchachas, de vaga sonrisa y mirada lejana, no habrán visto, meses o años atrás, cómo caían a su lado los camaradas más queridos, o no habrán oído gritos desgarradores desde la celda nauseabunda y contigua? ¿Cómo juzgar justicieramente a estos neopesimistas, a estos escépticos prematuros, si no se empieza por entender que sus esperanzas han sido abruptamente mutiladas? ¿Cómo omitir que a estos jóvenes, segregados de su medio, de su familia, de sus amigos, de sus aulas, se les ha suspendido su humanísimo derecho a rebelarse como jóvenes, a luchar como jóvenes? Sólo se les dejó el derecho a morir como jóvenes.»

En particular es hermosa la escena en la que los exiliados uruguayos residentes en Alamar, Cuba, se enteran del triunfo del «NO» en el referendo de 1980, y lo celebran durante toda la noche recorriendo el lugar con banderas, cantando y bailando tangos, la música que tan bien refleja la triste alegría, o la alegre tristeza, de ser feliz pese a los golpes de la vida. Como dice la pequeña Beatriz:

«Cuando venga la amnistía vamos a bailar tangos. Los tangos son unas músicas tristes que se bailan cuando uno está alegre y así vuelve a ponerse triste.»

Es difícil de explicar la marea de sentimientos encontrados que produce esta novela, y la «montaña rusa» de emociones a la que somete al lector, y deja un punto de amargura el final hacia el que precipita a los protagonistas, siendo especialmente doloso el caso del sufrido Santiago. Con todo, está también el discurso esperanzador y de ánimo que Benedetti desea aportar. Como dice su famoso poema, musicado en su día por Joan Manuel Serrat: Defender la alegría.


Y a modo de conclusión, destacar también la importancia documental que tienen a día de hoy los libros como éste. Escrito en 1982, en plena transición democrática, con la liberación de los presos políticos, el retorno de los exiliados y Uruguay decidiendo si se amnistiaban o no los delitos cometidos durante la dictadura, desde nuestra óptica actual nos permite conocer mejor aquella realidad y a sus protagonistas, y tomar conciencia de la situación que vivieron, de los desmanes cometidos y de lo que supusieron los regímenes totalitarios que sacudieron Iberoamérica a lo largo del siglo XX.

Primavera con una esquina rota gozó de varias adaptaciones teatrales, la primera de ellas del año 1984, a cargo de la compañía chilena Ictus Teatro.




La compañía amateur asturiana Syntexto y el colectivo artístico Desencajados representaron un montaje basado en la misma obra, con bastantes actuaciones por toda Asturias. [Youtube]


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