29 de abril de 2014

Buick 8, Un coche perverso - Stephen King

Un simple cobertizo en un destacamento policial perdido en una pequeña localidad de Pennsylvania puede ser suficiente para albergar una terrible puerta entre mundos, y ésta puede tener la forma de un lujoso Buick 8 Roadmaster de los 50. Mientras el origen del auto, su significado y los monstruos que salen de él llevan a los policías a la obsesión, los lectores ahondaremos en el alma de aquellos que conviven con el misterioso vehículo. 



Publicada en 2002, Buick 8, un coche perverso (From a Buick 8) es obra de  Stephen King, rey del terror, gran maestro del fantástico, aficionado a la conducción y coleccionista de vehículos, de quien ya hablamos en anteriores reseñas.

Es una novela de género fantástico, de temática sobrenatural, con pequeños retazos de terror, y una historia de misterio y suspense, con factura de Serie B, y que combina la narración principal con el retrato personal de los personajes protagonistas. 

Destaca por la ocurrente idea central, y su relación con un concepto principal del universo del autor. Su tono de Serie B y de fantasía sobrenatural clásica, por su tono oral y su curiosa estructura, alternando diferentes narradores en primera persona, y por su carácter coral y la profundización en la historia personal de los protagonistas, paralela al desarrollo del argumento principal. 

Stephen King, apasionado de autos y motocicletas, de los que atesora una colección
considerable, en su aparición en la serie sobre moteros Sons of Anarchy 

Comenzaré este texto hablando con claridad: Buick 8 no es de lo mejor que ha escrito King, y está muy lejos de sus trabajos más destacados y memorables (como It, Christine, Cementerio de animales o 22/11/63). Muchos lectores le achacan falta de intensidad y de ritmo, exceso de tiempos muertos, extensión excesiva para una historia que podría condensarse en un relato, ser una buena idea desaprovechada, desarrollo irregular... Ahora bien, sin ser una obra maestra, contiene los suficientes elementos de interés como para considerlo un buen libro.

La idea central es bastante original. Transcurre en un destacamento de la Policía Estatal de Pennsylvania, cercana a la ficticia localidad de Statler. Este cuartel, conocido como Troop D. (se citan otros como Troop K.), acoge en uno de sus cobertizos un coche modelo Buick 8 Roadmaster de color azul, que un extraño sujeto abandonó en una gasolinera del entorno en 1979. El vehículo es anómalo, lleno de detalles erróneos que harían imposible su funcionamiento. A lo largo de su estadía en el cobertizo, ha protagonizado sucesos extraordinarios, que incluyen la aparición de seres monstruosos de su maletero y la desaparición de personas. Comprender su funcionamiento y sus misterios termina por ser una obsesión enfermiza para algunos troopers, como Curt Wilcox, cuyo hijo, tras su fallecimiento en acto de servicio, comienza a rondar el destacamento, y a quien diferentes personajes narran la historia del Buick desde sus propios puntos de vista. 

El Buick 8, obra de Smurfesque [fuente: Devianart]

No niego la mayor de que el argumento como tal, y recopilando sólo lo relativo al Buick y los sucesos que lo rodean, podría narrarse perfectamente en un relato largo o en una novela corta, y comprendo que quien llegase al libro buscando Christine 2 se haya desilusionado (tal vez colabore el engañoso título castellano). Porque Buick 8 es una novela de género fantástico-sobrenatural, pero es también una historia sobre personas,  sobre los lazos que el trabajo y la convivencia generan entre ellas, y sobre los problemas personales que ese mismo trabajo les ocasiona.

Para ello, King cambia Maine por Pennsylvania, y pone el foco en su Policía Estatal, la PSP. Asistimos a la vida cotidiana en un destacamento de la misma, el Troop D. (el verdadero es este), a lo largo de dos décadas, y a la evolución vital de sus troopers, con sus tribulaciones, sus problemas y la dinámica interpersonal que genera un trabajo tan estresante y difícil de conciliar con la vida privada como es ser agente del orden (las mentiras y excusas a las esposas para ausentarse de casa tienen mención especial). Por supuesto, la rutina del Troop D. tiene un elemento que la distingue de los demás destacamentos: el Buick 8 que esconde. 

Un Buick 8 de coleccionista, impecable. foto de 1-900-BeatFace [fuente: Devianart]


Para contar su historia, Mr. King recurre a un estilo narrativo curioso: La totalidad de la novela está narrada en primera persona, alternando hechos del presente con otros del pasado, titulándose todos ellos ENTONCES o AHORA. El narrador principal es Sandy Deaborn, sargento del destacamento en el presente, y trooper en el pasado, pero el relato rota entre distintos oradores, y cada uno va aportando a la historia su punto de vista y su experiencia directa en los acontecimientos. Por ello, la novela carece de un protagonista principal, pues Sandy, al igual que el resto de personajes, es cronista de los hechos, y pese a haber participado en ellos, no le conciernen únicamente a él. Tampoco se puede considerar protagonista a Ned Wilcox, el joven hijo de Curt, el trooper fallecido, que es el destinatario y oyente principal de la historia del Buick. 

Esta forma de relato en primera persona está más cerca del monólogo interior que de la narración omnisciente, pues cada personaje (especialmente Sandy, ya maduro y cercano al retiro en el presente) reflexiona sobre los acontecimientos que cuenta, sobre por qué ocurrieron, si podrían haberse evitado, lo que sintió durante los mismos, o lo que ocurría en su vida paralelamente a ellos. Por ello creo que se puede decir que la intención de Stephen King es, como tantas veces, profundizar en los personajes que crea, y darles una dimensión humana, hacer que tengan entidad, que se noten vivos. De esta manera se explica la extensión del texto y se llenan esos tiempos muertos entre cada aparición del Buick. King nunca renuncia al costumbrismo y a la historia reciente de su país. 


En lo que concierne al Buick propiamente dicho, lo primero que llama la atención es la manera en la King lo relaciona con su universo personal: El intrigante hombre que lo abandona en la gasolinera, corresponde por su actitud y su descripción física, con un hampón (low man), uno de los sicarios de El Rey Carmesí que aparecen en la saga La Torre Oscura y otros libros suyos como Corazones en la Atlántida.

Desde que aparece, se resaltan sus rarezas: aparenta ser un Buick, pero parece construido por alguien que desconociese cómo funciona un coche. El volante es grande «como un timón de barco», la llave de contacto es una simple lámina plana de metal, el motor y toda la mecánica no trabajarían jamás y tiene errores de diseño palpables. Por lo demás, no se ensucia, no se deteriora y se repara al instante de cualquier daño (el coche soñado :D ). Anuncia su actividad con bajadas bruscas de temperatura y con «fuegos artificiales» en forma de rayos purpúreos, creando electricidad estática que interfiere con la radio policial, tras lo cual se manifiesta su poder sobrenatural: la aparición de seres horribles y evidentemente extramundanos.

Hampón de Corazones en la Atlántida
visto por nosprings [fuente: Devianart]


Es a través de estas criaturas que King introduce el componente más fantástico, entrando en el campo del horror y por momentos del gore, pues su descripción y su anatomía son de pesadilla, al igual que otras cosas surgidas del maletero del coche, siempre acompañadas de olores pestilentes y de sustancias repulsivas. El culmen de lo desagradable se nos ofrece cuando el trooper Curt Wicox se dedique a la disección de los especímenes que salen del Buick, como la cosa-murciélago o el pez.

La cosa-murciélago, obra de nosprings [fuente: Devianart]

Como ya comenté, estas apariciones se van espaciando a lo largo de la novela, son hechos puntuales, pero los troopers los tienen grabados a fuego en su memoria, y entre ellos destaca la aparición a través del Buick de un humanoide de aspecto imposible, que se convierte en el momento álgido de la trama, con unas descripciones muy vivas y explícitas. Escena donde destella Mister Dillon, el perro del destacamento, que reacciona siempre de forma violenta y compulsiva a la presencia del coche. 

El humanoide, visto por Quanyanisqatsi
[fuente: Devianart]

Todo el conjunto del libro destila, como ya comenté, un tono oral, coloquial, que refleja lo que en efecto está pasando: Un grupo de Policías veteranos, sentados una tarde en «el banco de los fumadores"», contándole al joven Ned Wilcox, hijo de un compañero fallecido, lo que saben y recuerdan del Buick 8, a la vez que con ello le van contando cómo funcionaba el destacamento, cómo fue cambiando con el tiempo, cómo era la relación entre los troopers, cómo les afectaba el trabajo a su vida fuera del Cuerpo... El hecho de que todo el texto sea narrado de esta manera, sin ningún pasaje en tercera persona, sin omnisciencia y saltando entre narradores, crea la sensación de que estemos sentados ante ellos y de que no existe, como ya dijimos, un protagonista, sino que todo el reparto que gira en torno al Buick se convierte en un personaje coral, colectivo, compuesto de los recuerdos de todos ellos. Demuestra la habilidad que Mr. King tiene para mostrar los sentimientos y pensamientos de sus personajes, y la dimensión humana de Buick 8 es innegable. La agente de comunicaciones Shirley, tutora de Ned en su labor de ayudante del destacamento, toma la voz en partes de la narración.

El humanoide, visto por Kaek [fuente: Devianart]

Pero no todas las complicaciones de los troopers les vienen provocadas por el Buick, ni todas las emociones del libro proceden del automóvil. El departamento de Policía tiene que seguir enfrentándose a su día a día, como el propio Sandy comenta en alguna ocasión, que incluye arrestos, accidentes de circulación e incluso una situación muy crítica. Un detalle pintoresco es la existencia de una comunidad amish (muy común en la Pennsylvania rural) que si bien no tiene participación directa en la trama, si será citada en numerosas ocasiones. 

A modo de resumen, de idea general sobre qué es Buick 8, lo definiría como un libro de género fantástico sobrenatural a su manera más clásica, es decir, que tiene ese regusto a pulp, a historieta de revistas como Creepy, Eerie o Dossier Negro, a episodio de Dimensión desconocida o Historias de la Cripta. Nos trae reminiscencias del cine de Serie B y programa doble, de películas hechas con poco presupuesto pero con mucho oficio, y en mi cabeza la adaptación la harían Roger Corman o John Carpenter. No ofrece grandes dosis de acción, adrenalina ni terror que garantice noches de insomnio, pero lo suple mostrando la cara más humana de sus protagonistas y con una historia que crea más incógnitas de las que resuelve y que contiene la suficiente fantasía e intriga para convertirse en una lectura entretenida y provechosa. 

El titulo original From a Buick 8 es una adaptación de la canción de Bob Dylan From a Buick 6, de su álbum Highway 61 revisited. El título español, aparte de no respetar el juego de palabras, a mi juicio resulta bastante desafortunado.

Y si bien mi edición de Círculo de Lectores no incluye ni una triste ilustración, unos cuantos afortunados estarán disfrutando (en inglés) de sus «Signed Edition» (750 ejemplares, firmada y numerada), «Collector's Edition» y «Gift Edition», todas ellas con portada y láminas interiores de Bernie Wrighston, colaborador habitual de King y uno de mis ídolos del lápiz por obra de las docenas de historietas suyas que me leí en Creepy:


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22 de abril de 2014

No es país para viejos - Cormac McCarthy

Dos millones de dólares en efectivo pueden ser un golpe de suerte, o no. Para Moss, que se los encuentra en el escenario de un fallido intercambio de droga cerca de la frontera con México, se convierten en una pesadilla cuando le obliguen a una carrera sin fin, abandonando todo lo que ama y huyendo de sus propietarios, de la justicia y de un implacable psicópata ejecutor.


Publicada en 2005, No es país para viejos (No country for old men) es obra de Cormac McCarthy. Escritor, dramaturgo, guionista y divulgador científico estadounidense cuyas obras han sido adaptadas asiduamente al cine, que ganó el Premio Pulitzer en el 2007 por su libro La Carretera (The Road) y el National Book Award en 1992 por Todos los caballos bellos (All the pretty horses). Muchos críticos lo consideran uno de los escritores vivos más importantes de su país, y no dudan en comparar su transcendencia con la de William Faulkner o Mark Twain. Vive al margen del mundo literario-editorial, apenas se trata con otros escritores, no concede entrevistas y dice cosas como que Marcel Proust o Henry James no son literatura.

Es una novela negra algo particular por su ambientación fronteriza, y sepuede concebir como un thriller criminal y de intriga, marcado por un ritmo frenético y una elevada carga de violencia.

Destaca por su desarrollo veloz y precipitado, impulsado por su estilo narrativo, por su violencia tanto explícita como ambiental, por la atmósfera de agobio y desesperación que transmite. Por los personajes apenas esbozados, que se van perfilando a lo largo de la trama, y por la figura del psicópata Anton Chigurh, que termina por convertirse en el verdadero protagonista gracias a su presencia y su carisma. 


Comencemos por la idea que considero principal: No es país para viejos no es una historia de buenos y malos. Es una historia de zonas grises, de personas puestas en una situación límite que condiciona sus actos y sus decisiones.

Por una parte tenemos a Llewelyn Moss, el protagonista. Un hombre del que no sabemos prácticamente nada, y que el autor irá bosquejando a lo largo de la novela, dándonos información sobre él a cuentagotas. Al comienzo del libro, está cazando antílopes cerca de la frontera mexicana, y se encuentra con lo que parecen los restos de un intercambio fallido de drogas: vehículos ametrallados y hombres muertos. En una furgoneta hay gran cantidad de heroína y en otro una bolsa llena de dinero. Uno de los hombres agoniza, y le pide agua a Moss, quien lo ignora y huye con los billetes. Por la noche vuelve a la escena para socorrer al moribundo, pero es descubierto por unos pistoleros que le disparan, y ahí comienza su huida y nuestra historia. 


Por otra tenemos al Sheriff Bell, responsable del condado donde transcurre la trama, que investiga los sucesos y narra fragmentos de su historia personal, en primera persona, al comienzo de cada capítulo, desvelando poco a poco detalles oscuros de su pasado, que le atormentan.

En cuanto a Anton Chigurh, es un hitman (ejecutor, asesino a sueldo) encargado de recuperar el dinero que Moss ha robado; un verdadero psicópata carente de emociones y sentimientos que ultrapasa las obligaciones de su encargo y provoca un baño de sangre allá donde va, armado con una escopeta con silenciador casero y un perno de matar ganado conectado a una bombona de aire comprimido.

Y Wells es un personaje difuso; una especie de cazarecompensas que busca a Chigurh para matarlo, pero cuyas motivaciones no terminarán de estar claras en ningún momento. 

McCarthy es deliberadamente ambiguo en la ubicación de la historia, que si bien sabemos que transcurre en la frontera entre Texas y México, con escenas situadas en El Paso, Eagle Pass y Piedras Negras, no nos especifica con claridad en ningún momento en qué época lo hace. A medida que la trama avanza, a través de diálogos, llegaremos a la conclusión de que ocurre en los años 80, pues sabremos que el Sheriff Bell, cincuentón, participó en la Segunda Guerra Mundial, alistándose con 21 años. Y que Moss, si los datos son ciertos, tiene 36 años y estuvo en Vietnam entre 1966 y 1968. La tecnología que se cita (los albores de la telefonía móvil) y la escasa penetración de la misma nos ayudan también a ubicarnos, en ausencia de fechas concretas y acontecimientos históricos que nos den más pistas. 

Ilustración de Blake Loosli [fuente]

Puede decirse, así, que No es país para viejos es una novela que se va creando a medida que se lee, y los lectores vamos construyendo en nuestra mente las imágenes de personajes, escenarios y trama valiéndonos de los datos que el autor nos va entregando (por ejemplo, no conoceremos la complexión física de Moss hasta que este entre en una tienda a comprar ropa y diga sus tallas). Porque la historia comienza in media res, durante la cacería de Moss, y sólo después iremos descubriendo que está casado con Carla Jean, una joven de 19 años, con la que vive en una caravana; que es veterano de guerra, que es soldador, que está "jubilado" y que es alto y de complexión media tirando a fornido. 

Al igual que no estamos ante una historia de buenos y malos, Moss tampoco es un héroe. Ni siquiera un referente, alguien con quien poder identificarnos. Es un personaje gris, sin rostro, casi un esbozo. Un hombre cuya historia para nosotros comienza en un desierto, del que no sabremos mucho más al terminar la novela de lo que sabíamos al leer la sinopsis, y con el que Cormac MacArthy no parece desear que empaticemos, como si fuese un simple vehículo de la trama y no su actor principal. Tal vez deseaba que la protagonista fuese la atmósfera agobiante, opresiva, tensa y de desesperación de la que hablaremos. 


El sheriff Bell, que desgrana sus pensamientos y sus recuerdos en primera persona al comienzo de cada capítulo, desarrollando un monólogo interior paralelo a la trama principal. El sheriff hace memoria, narra episodios de su vida, reflexiona y da su opinión sobre la transformación social que sufre su país, sobre el aumento de la criminalidad, la escalada de violencia, con los cárteles de la droga cada vez más sanguinarios, y la fatiga que él arrastra, que le dificulta cada vez más el desempeño de su función como garante de la ley (dando sentido al título de la novela). Narrando en tono crepuscular, confiesa un hecho de su vida, ocurrido hace muchos años, que le atormenta, le avergüenza y le obsesiona desde entonces, aprovechando el autor para arremeter, en boca de su personaje, contra la hipocresía y el cinismo de la sociedad estadounidense y su ausencia de moral. En resumen, el eterno tema de la caída de América.

En el Sheriff Bell observamos un sentido del deber y del honor. Su oficio tiene tradición en la familia y se siente responsable de los ciudadanos de un condado «del tamaño de Delaware». Este sentimiento de obligación, de cumplir con el deber propio, de hacer lo que se espera de uno, aún no siendo correcto, parece invadir a todos los personajes, creando una sensación opresiva de predestinación, de inexorabilidad, de fatalismo, como si no fueran dueños de su destino.

Siguiendo en esta línea, y a diferencia del resto de personajes apenas bosquejados, destaca entre todos el antagonista de Moss, el asesino Anton Chigurh, que se eleva como el personaje más elaborado por el autor y también como el más fascinante del libro.

Un clásico de las reediciones en formato bolsillo:
ponerles de portada el cartel de la película

Contando con una descripción física, lo que lo diferencia de otros personajes (alto, moreno de cabello y piel, de rasgos y acento de origen indefinido, con unos ojos azules y fríos como el lapislázuli), representa a un ángel exterminador impersonal, implacable, frío, calculador y metódico en el asesinato, que ejerce concienzudamente, sin recrearse ni mostrar sentimiento alguno, ni de placer ni de remordimiento. Armado con una escopeta de gran calibre silenciada con un dispositivo casero y con un perno cautivo para ejecutar reses, roba el plano al resto de participantes en el drama y encarna la atmósfera de violencia irracional y de desesperanza que Cormac Mccarthy desea transmitir con el conjunto de No es país para viejos. Un profesional de la muerte al que sólo se puede caracterizar como un auténtico psicópata.

Porque como ya dije la atmósfera es uno de los componentes principales de esta obra. Si habéis visto La huida (The Getaway) de Sam Peckinpah, Traffic de Steven Sodenbergh o El mariachi de Robert Rodriguez sabréis a qué me refiero: esa ambientación opresiva, angustiosa, que transmite tensión e incomodidad, en la que creemos sentir el aire denso, caliente e inmóvil pesando sobre nosotros, sin una gota de brisa. Al igual que en la citada película del maestro Peckinpah, Moss lleva a cabo una huida hacia adelante en la que el círculo de sus perseguidores se estrecha cada vez más, sus salidas se van reduciendo y su integridad física se reduce, con numerosos golpes y heridas causados por caídas y disparos. 

Una portada muy noir, de johnshine [fuente]

Y es que, como anticipé arriba, las dosis de violencia en esta novela son muy altas. En todas sus formas. Tanto la física (barra libre de tiroteos y asesinatos, incluidos a sangre fría, muchos por cortesía de Chigurh) como ambiental, pues todo el entorno es áspero, inhóspito, desagradable. Incluso los diálogos son tensos, llenos de respuestas ambiguas, como si los personajes se tanteasen continuamente y pareciesen no confiar en sus interlocutores o no deseasen mostrar sus verdaderos pensamientos [para entendernos, y como gallego lo digo, por momentos parecen diálogos entre gallegos]. Por cierto que, entre toda esta violencia, los mexicanos no salen demasiado bien parados, pues por parte de los policías texanos aparecen como causantes de todos los altercados.

Cartel de inspiración retro para la versión
 cinematográfica de la que también hablaremos

Para acentuar esta sensación de huida frenética, desbocada, Cormac McCarthy recurre a un truco narrativo (desconozco si es su estilo habitual, es el primer libro suyo que leo) muy curioso: frases cortas, sin apenas usar comas (no exagero cuando afirmo que he contado hasta diez páginas sin ellas) que reemplaza por la conjunción «y», lo que le otorga sensación de continuidad, y sin emplear descripciones.

La narración se limita a contar lo que ocurre, todo el resto de la información se entrega a través de los diálogos, que están compuestos de frases cortas, normalmente de una o dos líneas, salvo excepciones. Para describir un lugar o una escena, en ocasiones prescinde de los verbos, lo que tiene incluso tintes poéticos.

Este estilo telegráfico crea un ritmo muy veloz, tan propio de las novelas pulp como las que ya analizamos en el pasado, que desemboca en una lectura muy ágil. Por tanto, la considero una novela recomendable, al menos para los amantes de la novela negra más contemporánea y para aquellos que disfrutan de un buen thriller que se lee a toda velocidad y al que no le faltan emociones y mucha acción, pero que además no está hueco, sino que contiene una reflexión de calado sobre la violencia, la toma de decisiones y el libre albedrío.


La película:

Apenas dos años después de su publicación, los hermanos Joel y Ethan Coen dirigieron su adaptación cinematográfica, que supuso un éxito arrasador en crítica y taquilla, unificando los parabienes de público e industria. 


Contó con un reparto de auténtica excepción: Josh Brolin como Llewelyn Moss, Woody Harrelson como Wells, el gran veterano Tommy Lee Jones como Sheriff Bell; y como revelación y salto definitivo a Hollywood:



El español Javier Bardem como Anton Chigurh, que al igual que en la novela se convierte en el personaje de mayor carisma y envergadura. Escogido por los hermanos Coen por su fisonomía y por sus rasgos, Bardem no estaba seguro de poder encarnar el personaje: la anécdota afirma que les dijo a los directores «no sé conducir, no hablo bien inglés y odio la violencia», a lo que estos le respondieron que precisamente por todo ello lo eligieron. Como fuese, Anton Chigurh con el gesto adusto de Javier Bardem, su peinado «al tazón» estilo mod y su inseparable bombona de aire comprimido escaló de forma fulgurante al Olimpo de la cultura popular, de la que ya es un icono:

Cuando sales en Los Simpson sabes que lo has logrado

La película ganó tal cantidad de premios que mejor os dejo la lista completa de IMDB, pero entre ellos destacan  4 Óscar (Mejor película, Mejor Director, Mejor Actor secundario (Bardem) y Mejor Guión adaptado), 2 Globos de Oro (Mejor Película, Mejor Actor secundario), 3 Bafta y 2 Screen Actors Guild Awards. Todo un espaldarazo para el actor español, favorecido por uno de esos papeles de malo que gustan tanto o más que su némesis, como Darth Vader o el Joker.

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21 de abril de 2014

¿Quién mató a Cristián Kustermann? - Roberto Ampuero

El detective Cayetano Brulé recibe un encargo tentador y muy rentable: Descubrir quién asesinó a Cristián Kustermann, el hijo de un acaudalado industrial, y por qué motivo. Lo que comienza pareciendo un simple atraco se va complicando en un caso que llevará a Brulé a Alemania y a Cuba en busca del pasado de Cristián, en la convulsa época de la transición chilena. 


Publicada en 1993, ¿Quién mató a Cristián Kustermann? es obra de Roberto Ampuero: Escritor y columnista, fue profesor universitario en los USA, embajador de Chile en México, ministro de cultura con Sebastián Piñera y exiliado de su patria durante veinte años. Es uno de los autores chilenos más leídos en su país y fuera de él, con sus obras traducidas a varios idiomas.

Es una novela negra, policíaca, detectivesca y de intriga, que refleja además la situación social y política de Chile al comienzo de la transición democrática, y hace un retrato sincero y cáustico de la realidad de los diversos países en los que se ambienta.

Destaca por su adaptación de la novela negra a la realidad chilena, siguiendo las reglas propias del género, incluso de los clichés predecibles. Por su denuncia de las irregularidades de la transición que siguió a la salida de Pinochet. Por su cuidada ambientación en los distintos países en los que transcurre la trama. Y por su capacidad para enganchar y crear interés, y la caracterización de los personajes, comenzando por el detective protagonista y su figura de antihéroe.


Uno de los rasgos identitarios de la novela (lo que a mi juicio lo distingue de la novela de intriga, suspense y criminal), es su intención de reflejar la realidad social de una manera directa y sincera, nada complaciente, y cargada en ocasiones de una crítica dura y ácida. Así, las investigaciones del protagonista de ¿Quién mató a Cristián Kustermann? radiografiarán, en su debut, los turbulentos años de la transición Chilena, que siguieron a la salida del poder del dictador Augusto Pinochet, permitieron el regreso de los chilenos exiliados y coincidieron, en el marco internacional, con la caída del bloque comunista y la reformulación del pensamiento sociopolítico y la ideología de izquierdas. 

En este marco se mueve nuestro detective: Cayetano Brulé. Nacido en La Habana y criado en Miami, obtuvo su diploma de detective en un curso a distancia. Vive y trabaja en Valparaíso (Chile), y se considera un proletario de la investigación (así también lo denomina su autor), pues se centra en casos de poca monta: infidelidades conyugales, estafas a seguros, fraudes laborales... ronda los cincuenta años, es bajito, con sobrepeso, luce bigotón en puntas, se queda calvo y tiene miopía, por lo que usa gafas graduadas. Viste ropas de poliéster, fuma demasiado y abusa del café y de la bebida. Vive modestamente con su perrita Esperanza, y tiene un ayudante llamado Suzuki, hijo de un marinero japonés, que le consigue información entre el lumpen que frecuenta su kiosko El Kamikaze:

«El Kamikaze, que abría a las doce de la noche y cerraba cuando se iba el último cliente, era a decir verdad un varadero de prostitutas viejas, homosexuales nostálgicos y marineros aburridos.»
Caricatura de Cayetano Brulé. No encontré al autor, lo siento :(

El motivo por el cual Brulé acepta un caso que, en apariencia, excede sus facultades, es sencillo: su jugosa retribución. Todo comienza cuando el industrial Carlos Kustermann contrata a Brulé para encontrar a los asesinos de su hijo Cristián, fallecido en un asalto a la pizzería que regenta, ubicada en el exclusivo barrio turístico de Reñaca, porque el departamento de Investigaciones de la Policía ha archivado el caso como «asalto» sin mayores indagaciones. A medida que Brulé avanza en sus pesquisas, el asesinato va tomando un cariz político, y las inclinaciones derechistas o izquierdistas del fallecido Cristián serán cruciales para esclarecer los motivos del asesinato, donde se barajan los ajustes de cuentas, las represalias políticas, el simple robo, las drogas, el crimen pasional, el contrabando y la actividad de diversas organizaciones de izquierda.

Así, la labor de Brulé comienza en Valparaíso, pero siguiendo el pasado de Cristián Kustermann en busca de pistas, debe continuar en una Bonn post-RDA que se está desperezando del comunismo y cuyo clima triste y plúmbeo nos proporcionará alguno de los momentos más hilarantes de la novela, con una relación de diferentes movimientos de izquierdas de base, simpatizantes de todo tipo de luchas políticas a lo ancho del globo (Chile, Cuba, Eritrea, el Kurdistán...) y que llegan a rozar el esperpento al más puro estilo Frente Popular de Judea. La antigua Alemania del Este permitirá a Ampuero reflexionar también sobre el racismo, la no demasiado buena consideración que tienen los Iberoamericanos en Europa y la reacción de los alemanes, incluso aquellos más progresistas, ante la inmigración masiva. 

La tercera parte del libro lleva a Brulé a Cuba, donde Ampuero retrata las contradicciones del régimen comunista de Castro, las estrecheces que padece la población, que intenta subsistir con los escasos medios que tiene, la represión ideológica y, pese a todo, el carácter vitalista y entusiasta del pueblo cubano. De igual modo, el pasado de Cristián implicará al ITM del ejército cubano, que el autor vincula con las guerrillas y la lucha armada en diferentes países de Iberoamérica, entre ellos Chile.
   «Ascendió la escalinata aspirando la fragancia salobre del mar que murmuraba a sus espaldas e ingresó al hotel. Lo envolvieron el aire acondicionado y perfumes variados, una suave música de fondo y el susurro de turistas bronceados que transitaban por el lobby llevando ropas claras y livianas. Resucitó. La Habana tenía siempre ese efecto sobre él. Su brisa húmeda y tibia, el salitre omnipresente, el cielo despejado sobre las aguas turquesas y el movimiento felino de sus mujeres le despertaban el deseo propio de la juventud.»



Tras el periplo internacional, la obra concluirá en Chile, en concreto en Santiago. A lo largo de toda la narración, Ampuero consigue mantener nuestra atención con un estilo no elaborado en exceso, correcto, sin ampulosidades, con un equilibrio adecuado entre relato y diálogos, y sin abundar en descripciones. Se incluyen formas coloquiales propias de Valparaíso, aunque esto no dificulta la lectura. El argumento tiene varios giros interesantes, que se van produciendo a lo largo de la trama. Si bien en algún momento es predecible en su desarrollo, incluso esto puede disfrutarse como homenaje a los clichés del género negro, como un recrearse en los ingredientes clásicos de esta literatura. Donde no se puede acusar de predecible al autor, por contra, es en la trama, en cuanto que los motivos de la muerte de Cristián no estarán claros hasta el final de la obra, y todo el rompecabezas de datos, personas e historias que Brulé va acumulando encajará al remate sin que sobre una sola pieza. 

Debo destacar también de ¿Quién mató a Cristián Kustermann?, como ya anticipé, su cuidada ambientación. Transcurriendo en lugares conocidos de primera mano por el autor, la atmósfera tanto de Valparaíso, como de Bonn o La Habana, están logradas a través de su clima, su cielo, su aire, sus edificios, y sobre todo sus gentes, transmitiéndonos sus ritmos y sus personalidades colectivas. Podemos decir que Ampuero describe más a través de las sensaciones que los lugares producen que de lo puramente físico. Contrastan así la fría y gris Bonn («ciudad de jubilados y parlamentarios»), con La Habana, mucho más viva y cálida, pero en la que Brulé debe andar con pies de plomo con lo que habla, con quién lo habla y dónde lo habla. Cada ciudad que aparecen en el libro está ilustrada de manera que, sin necesidad de descripciones recargadas o datos exactos, nos parece caminar por ellas y estar viéndolas por nosotros mismos.


Valparaíso, Chile, la ciudad que comparten autor y personaje

Este retrato social incluye, por supuesto, una nómina de personajes de toda clase y condición, a través de los cuales el autor elaborará un minucioso relato de la sociedad chilena. Desde los empresarios como Carlos Kustermann (para quien el asesinato de su hijo supone una cuestión de prestigio y «limpieza» del apellido familiar) hasta los policías herederos del régimen de Pinochet (entre los que destaca el Inspector Zamorano, de quien Brulé obtiene ayuda a cambio de no revelar que torturó estudiantes en el pasado), pasando por una serie de informantes que incluyen un limpiabotas o la madame de prostíbulo con la que se relaciona Suzuki. Un mensaje que se repetirá a lo largo del texto es que en Chile «sigue gobernando Pinochet», y se muestra la fragmentación de la izquierda en diferentes grados de radicalismo como uno de los motores de la trama.

Además del Inspector Zamorano, Brulé tiene otros contactos en la Policía, que queda retratado como un Cuerpo no demasiado limpio y con pocos escrúpulos en sus métodos para obtener resultados.

Esta inspiración en la realidad chilena, esta denuncia de la turbulencia de la época (recordemos que el libro se publicó en 1993), de su inseguridad jurídica, de su transición no finalizada y de su violencia (tanto el asesinato de Cristián como los atentados con artefactos explosivos que se citan varias veces) ejemplifican el carácter crítico y la implicación social de la novela negra, y demuestran que es un género que se adapta a cualquier escenario, sin necesidad de «fotocopiar» tramas y argumentos.

Personalmente, tanto el modo de proceder de Brulé como el estilo narrativo de Roberto Ampuero me trajeron reminiscencias del autor catalán Manuel Vázquez Montalbán y de su personaje Pepe Carvalho, pues ambos detectives comparten modus operandi y se mueven en ambientes similares. Incluso Suzuki recuerda a Biscuter, el ayudante de Carvalho. Busqué un poco y en efecto el autor chileno muestra la influencia del español.




Retomando los aspectos formales, comentar también que esta novela no es demasiado extensa, y que su estilo ameno y coloquial la convierten en una lectura muy entretenida, en especial por la combinación de personajes pintorescos, trama interesante y original, golpes de efecto y giros que relanzan el interés cuando el ritmo parece decaer. Por todo ello es una lectura más que recomendable para los amantes del género negro, en particular para los completistas que deseen conocer a todos y cada uno de los detectives de ficción. Por mi parte, creo que a Cayetano Brulé le han sentado muy bien los veinte años transcurridos desde este debut que hoy tratamos, y al disfrute de la intriga de sus aventuras le podemos sumar el valor casi documental del retrato que su padre literario hace de una época tan convulsa como aquella. 

Con esta novela, Ampuero se hizo merecedor del Premio literario que concede el diario chileno El Mercurio, en el año 1993. 

Con ella comienzan también las andanzas de Cayetano Brulé, que continuarán con Boleros en la Habana (1994), El alemán de Atacama (1996), Cita en el azul profundo (2001), Halcones de la noche (2005), El caso Neruda (2008) y Bahía de los misterios (2013).

Roberto Ampuero declaró que su detective está inspirado en su padre (cuyo segundo apellido era Brulé). Así con todo, mi percepción personal, que casi seguro estará equivocada, es que tanto la descripción física de Cayetano Brulé, como su afición desmedida al tabaco y su gusto por el café y la bebida, parecen denotar también una cierta inspiración en el ya mentado Manuel Vázquez Montalbán:

Salvo que a Vázquez Montalbán no se le vería jamás con un traje de poliéster,
el parecido es más que razonable. ¿Un homenaje, tal vez? [fuente]

En resumen, Roberto Ampuero y su creación demuestran que los géneros literarios no entienden de nacionalidades, y que se pueden crear grandes historias y buena novela negra cuando escribimos sin complejos y a partir de nuestra realidad y nuestro entorno.

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17 de abril de 2014

El bosque animado - Wenceslao Fernández Flórez

La fraga de Cecebre es un lugar lleno de vida, de seres cotidianos pero fantásticos, y tanto los animales y las plantas como los vecinos de la parroquia de San Salvador, vivos y muertos, tienen historias que contar. Entre los árboles de una fraga gallega, que cantan imitando al tren que se acerca, lo ordinario se convierte en poético y lo corriente se vuelve mágico. Esta es la historia de todos ellos, pero la naturaleza es, en realidad, su verdadera protagonista.



Publicada en 1943, El Bosque Animado es obra de Wenceslao Fernández Flórez. Gallego de A Coruña, periodista, escritor laureado, humorista, guionista de cine y Académico de la Lengua. Pese a ser muy conservador y radicalmente antimarxista, fue también muy crítico con el régimen de Francisco Franco y con la sociedad que de él emanó, y sólo su relación personal con el dictador le garantizó seguridad personal y libertad para publicar. Su casa en Cecebre, Villa Florentina, es hoy museo y sede de la Fundación que lleva su nombre.

Es una novela costumbrista, de carácter coral, compuesta de distintas historias que se entrecruzan, careciendo de un protagonista principal, que presenta una forma pionera de realismo mágico, marcado por un fino sentido del humor, por un lirismo de corte poético y por una combinación de realidad y fantasía que incluye la humanización del paisaje, convirtiéndolo en un personaje más de la obra.

Destaca por su proto-realismo mágico, su lirismo conmovedor y su capacidad de evocación, su exaltación de la naturaleza, que se convierte en un personaje más a través de la prosopopeya, su mezcla de fantasía y realidad, que acaban siendo indistinguibles, sus hermosas descripciones, su humorismo, su intención costumbrista, y su tipismo, que le otorga un gran valor antropológico y documental, por su reflejo de la vida en el medio rural gallego de la primera mitad del S. XX. 


El bosque animado no es una novela al uso. Es una colección de estampas, de escenas, de cuentos, relatos enmarcados y fábulas. Pequeñas historias (el autor usa el término estancias en vez de capítulos) que combinadas por un hilo conductor común (la fraga y su entorno) crean una novela corta, como las cuentas engarzadas en un hilo crean un collar. 

Empecemos hablando de la gran protagonista de este libro: la Naturaleza. La fraga es el bosque típico de Galicia: una extensión de monte donde conviven diferentes especies de árboles autóctonos caducifolios como el carballo (roble), la castiñeira (castaño), la ameneira (aliso), el salgueiro (sauce) o el bidueiro (abedul), surcado de regatos (arroyos) y cuya sombra y humedad propician la proliferación de plantas trepadoras y rastreras, arbustos, musgos, líquenes y hongos, así como una fauna riquísima: anfibios, aves y mamíferos como el raposo (zorro), el porco teixo (tejón), el porco bravo (jabalí), el ourizo cacho (erizo), el coello (conejo), la donicela (comadreja) o el fascinante y temido lobo ibérico. 

Fraga de Cecebre. Casi se respira la quietud y el silencio. [fuente]

Y la citada Naturaleza será omnipresente en la historia, a través de un ejercicio constante de prosopopeya en el que Fernández Flórez otorga sentimientos, pensamientos e intenciones a cada elemento natural: el viento, el sol, la lluvia, la tierra, las piedras... los árboles están humanizados también, con su personalidad y sus peculiaridades, y protagonizan el primer relato del libro, el que narra la llegada de un poste telegráfico petulante y pretencioso a la fraga y la expectación que despierta en sus habitantes. 

En esta línea, los animales tendrán un papel tan significativo como el ser humano, alternando con éste el foco de las narraciones, y dejándonos historias tan interesantes y significativas como nuestros congéneres. 

Es necesario destacar el lirismo, la clara intención poética que destila El bosque animado, su capacidad evocadora, y cómo Fernández Flórez la transmite a través de estos animales, que reciben preciosos nombres como el murciélago Abrenoite (Abrenoche), el topo Furacroios (Perfora-pedruscos), el gato Morriña (definición RAE), o el perro Metralla, que descubre el comunismo, huye de casa y atenta contra los hombres más acaudalados de la parroquia, mordiéndoles a la salida de misa. 

Disfruté de todas y cada una de las historias de los animales. De las aventuras del gato Morriña, que escapa de la comodidad del pazo para unirse a una banda de gatos asilvestrados con ínfulas revolucionarias; la triste odisea de Furacroios en busca de su esposa desaparecida; la divertidísima asamblea de las moscas (llamadas el pueblo pardo) que han alcanzado la utopía anarquista donde el individuo no importa; los diálogos del raposo y el famélico perro de los Esmorís, narrados a modo de fábula clásica de Esopo o Samaniego; el relato enmarcado que narra, también de manera fabulosa, el porqué del brillo de la luciérnaga (que en Galicia llamamos vagalume o lucecú), o el cuento de las truchas y su espíritu deportivo ante el pescador, y su indignación ante el avance tecnológico de la cucharilla rapala, que consideran desleal.

Los completos estudios y comentarios que acompañan a
la obra compensan las espartanas ediciones de Austral

En cuanto a los hombres, las vivencias de los vecinos de la parroquia de San Salvador de Cecebre permiten a Fernández Flórez desarrollar el costumbrismo, en el que se maneja con excelencia, haciendo un retrato delicioso de la vida en el medio rural gallego y de sus tipos, así como de sus usos y costumbres, sus creencias, tradiciones, oficios, virtudes y defectos... con lo que entramos en el terreno de la Antropología. Y como antropólogo frustrado he de decir que su valor documental es inestimable, pues ilustra tanto la vida cotidiana de la época como aporta datos sobre los medios de transporte, el comercio, el papel de la ciudad y del campo... que con el paso del tiempo ganan valor, y te hacen interesarte por aquellos viejos tiempos, preguntar a los mayores, buscar viejas fotos... 

Siempre digo que Galicia tiene una riqueza folclórica considerable, y en El bosque animado asistiremos a muchas muestras de la misma. Entroncando con mi postulado de que la obra maneja una forma primordial de realismo mágico (y de que los gallegos somos pioneros del género, otro día hablaremos de Álvaro Cunqueiro, Vicente Risco o Rafael Dieste), Fernández Flórez se vale de la presencia palpable de la muerte y lo sobrenatural en la vida diaria del rural gallego, de la naturalidad con la que en Galicia se trató siempre la muerte y de las leyendas y figuras esotéricas que la rodean, para involucrar en la narración a dos de sus manifestaciones: La Santa Compaña y los aparecidos, concretamente el alma en pena de un hombre llamado Fiz Cotovelo, del que hablaremos. 


Río Mero a su paso por Abegondo. Foto de Lucía Corral [fuente]

Mediante este costumbrismo, el autor ilustra la forma de ser propia de los campesinos gallegos, sus supersticiones, su fe católica impregnada de inconsciente paganismo, su carácter reservado y receloso, resignado pero abnegado, que aprecia el trabajo como la mayor de las virtudes. Como tipos"vemos a los señores del pazo [un pazo es una casa solariega, con amplias extensiones de terreno, capilla, establos... donde vivían los dueños de las tierras], a los labriegos venidos a más, a la viuda empobrecida, al cura y su criada, a las señoronas de la capital, a la joven que huye a la ciudad... a todos ellos brinda el autor un trato cuidadoso, los elabora con mimo, y de todos contamos con detalles que los enriquece y redondea. 

Me ha gustado especialmente el uso de epítetos para nombrarlos. Así, la familia del pazo son los D'Abondo (que significa «con abundancia»), los campesinos enriquecidos son los Arruallo (que se puede traducir como «pomposidad» o «jactancia»), la viuda pobre es Marica da Fame (Marica del hambre), el bandido de la fraga, Xan de Malvís, es apodado Fendetestas (que sería «HiendeCabezas», pero se podría traducir como bruto o gañán). La introspección psicológica en los personajes los dota de mucha profundidad, y el autor se hace eco de sus anhelos, sus pensamientos íntimos, sus frustraciones y sus resquemores. 

A través de ellos denuncia pues el atraso del medio rural, su problemática como el éxodo a la ciudad (que en los años 60 sería masivo y originaría el actual despoblamiento del campo), representado por la joven Hermelinda, que se va a A Coruña a ejercer el servicio doméstico y jamás regresa a la aldea; la emigración a América (la quimera del oro de los gallegos), la dureza del trabajo y su escasa retribución, viviendo siempre al límite de la subsistencia y trabajando tierras ajenas (Xan de Malvís se hace bandido por desesperación) o, como en el caso de Marica da Fame, de la caridad de sus vecinos. 

El embalse de Cecebre. Nótese cómo la fraga ha cedido terreno a la mano del hombre [fuente]

Creo conveniente comentar que en plena dictadura franquista, era impensable tratar estos temas en un libro, en una España en la que, según el régimen, no había pobres. Sólo la buena relación personal de Fernández Flórez con Franco le permitió publicar sus obras sin represalias ni  censuras.

Por mi parte, me recreé leyendo sobre costumbres que ya conocía, pero que pueden ser sugerentes y curiosas para quien no hubiese oído hablar de ellas. Por ejemplo, sobre el rito de pasamento, sobre los ruidosos y animados velatorios gallegos, tan parecidos a los irlandeses, sobre el cortejo...

La vida aflora en cada rincón de la fraga [fuente]

Pero lo que sin duda le da el carácter más gallego, más entrañable a El bosque animado es el dulce sentido del humor del que hace gala, y que es muestra perfecta del humor gallego, esa retranca que dice las cosas sin decirlas, que se recrea en ironías y dobles sentidos, y convierte a los gallegos en seres inescrutables para los demás (el famoso tópico de la escalera). En este aspecto, destaca entre todos el sufrido bandido Fendetestas, que tanto regatea con un paisano el importe que le va a robar (mientras éste le recrimina que robe a los vecinos de la parroquia y no sólo a los tratantes de ganado castellanos) como se hace amigo del alma en pena de Fiz Cotovelo e intenta convencerla de que se una a la Santa Compaña porque le arruina el negocio con su presencia, o entra a robar en la casa del cura para terminar ayudando a parir a una vaca. 

Algunos pasajes son particularmente cómicos, hilarantes incluso (como la adscripción del perro Metralla al marxismo) y Fernández Flórez recurrió al truco de representarlos a través de los animales y los árboles, de forma que su crítica social y sus ataques a los vicios y defectos de la sociedad quedan algo más solapados. 

Se muestran problemas propios de Galicia, como es nuestro bienamado minifundismo, que complica las herencias hasta lo imposible.

Aunque el libro está escrito en castellano, y en tal lengua hablan los parroquianos, Fernández Flórez recoge la forma de expresarse propia de los paisanos y la llena de interjecciones, expresiones y modismos propios de Galicia, como la respuesta en eco [«-¿Fuiste allí? - Fui.», «¿Hiciste la compra? - Hice.» Como sea, goza de una musicalidad y de una prosodia dulce y cantarina, que unidos al estilo agradable y lírico del autor, la convierten en una lectura amena, ligera y cautivadora. Las continuas metáforas y símiles que realiza lo hacen rozar la prosa poética, pero sin caer en ampulosidades. Al contrario, facilitan la lectura ilustrando formas y colores de manera muy gráfica.               

Los melancólicos tonos ocres de la fraga en otoño [fuente]

En este aspecto, el estilo narrativo del autor no se ve pasado de moda, no le pesan los años. Vamos, que es una lectura fácil y muy agradecida. Si tenemos en cuenta que no es tampoco demasiado extensa, resulta en una obra de lectura cómoda y gustosa. 

Como opinión personal, creo que El bosque animado es el tipo de libro que todo el mundo debería leer. Unos lo disfrutarán por sus enternecedoras historias humanas. Otros por su valor antropológico. Algunos preferirán sus fábulas y otros de su mensaje de amor y respeto por la Naturaleza. Yo, en cualquier caso, lo recomiendo a todo el mundo, y en especial a todos los gallegos, para conocernos mejor y de esa forma querernos a nosotros mismos un poco más y frenar el doble suicidio al que sometemos a Galicia: el medioambiental y el identitario. 


Las películas:

La primera, del año 1987, fue dirigida por José Luis Cuerda con guión del gran Rafael Azcona, y contó en el reparto con grandes actores como Alfredo Landa como Fendetestas, Tito Valverde como Geraldo y el coruñés Fernando Rey como el señor D'Abondo. Ganó cinco premios Goya, entre ellos Mejor Película, Mejor Guión y Mejor Actor (Alfredo Landa). 



Esta versión se centra en el mundo de los humanos, perdiendo todas las estancias relativas a los animales, y hace aportaciones a la historia original, con escenas que no están en la novela, como el regreso de Hermelinda a la aldea. Personalmente la considero una buena película aunque su fidelidad al texto original no sea absoluta, y encuentro a los actores implicados con sus personajes. 


La segunda adaptación data del 2001 y es una película de animación por ordenador obra del ya desaparecido estudio gallego Dygra Films. Dirigida por Manolo Gómez y Ángel de la Cruz, se hizo con dos premios Goya (Mejor Película de animación y Mejor Canción original) y fue un éxito de público, favorecida por una fortísima campaña de promoción. Destinada al público infantil, dulcifica mucho su contenido, y el topo Furacroios (que poco o nada tiene que ver con el de la novela) se convierte en Furi y es el personaje principal junto a su amada Linda


La adaptación es mas libre aún si cabe que en la versión de 1987, pero se agradece el toque de retranca y mala leche de que el antipático poste de telégrafos se parezca sospechosamente a Manuel Fraga [el ministro franquista reciclado en demócrata que presidió Galicia durante dieciséis años]:


Y esta segunda versión contó a su vez con una secuela titulada Espíritu del bosqu", estrenada en el 2008 con una repercusión menor que su antecesora. Dirigida por David Rubín y Juan Carlos Peña, cuenta una trama de tono ecologista y aprovecha los personajes de la primera entrega, pero no tiene ya relación alguna con la obra de Fernández Flórez. Como atractivo, contó con las voces de Luis Merlo como Cebolo, María Adánez como Linda, y Juanjo y Damián [el dúo de humoristas tras Trancas y Barrancas de El Hormiguero] como las moscas Hu Hu y Ho Ho.




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12 de abril de 2014

Apocalipsis - Nicholas Wells

Little Rock, un pequeño pueblo de Colorado, ve rota su apacible vida por una serie de muertes violentas. Lo que se confunde en principio con ataques de alimañas, pronto se revela como un terrible virus que se extiende en progresión geométrica hasta convertirse en un pandemia global que transforma a las personas en seres violentos e incontrolables. El joven Marc, sus amigos, su padre, un sacerdote, un agente del FBI y un grupo de militares harán frente a la plaga, a medida que descubrimos el verdadero origen de la infección y los protagonistas se enfrentan a una revelación tras otra, que afectan tanto a su propio pasado como al futuro de toda la Humanidad.



Publicada en 2014, Apocalipsis es obra de  Nicholas Wells. Gallego de Lugo, empleado público y escritor debutante con este libro que hoy vemos. Él mismo se presenta mucho mejor en su web.

Es un Thriller de Terror y Suspense, de tema Fantástico-Sobrenatural, encuadrable (con matices) dentro de la literatura juvenil actual, y en el que prima el fondo sobre las formas, escrito con un estilo sencillo y directo que favorece una lectura amena y entretenida.

Destacan su ritmo narrativo vertiginoso, sin apenas pausas, su giro argumental que despista cualquier idea preconcebida sobre la novela, sus personajes arquetípicos, su tensión, su acción incesante y su elevado nivel de violencia, y su lograda ambientación, y que sienta las bases para el universo propio del autor.

Nicholas Wells [fuente: web oficial del autor]

La trama es sencilla, pero sugerente. Todo comienza en Little Rock, una pequeña localidad de Colorado. En ella vive Marc Benson, un joven de diecisiete años que padece pesadillas recurrentes y que, tras haber vagado por todo Estados Unidos acompañando a su padre -que trabaja para el Gobierno y con el que mantiene una relación distante- ahora lleva una vida corriente, acudiendo al instituto de secundaria con su amigo Billy, al que protege de los abusones, y enamorado de Alice, una guapa animadora pelirroja. La aparición de cadáveres mutilados provoca la reacción de las Autoridades, que desplazan al FBI y al ejército, en una medida que parece desmesurada para una población tan insignificante. Pronto lo que parecían ataques de animales se revela como una infección que se propaga a gran velocidad y provoca en las personas un comportamiento salvaje y violento, que va de la automutilación al asesinato y al canibalismo. Los protagonistas se ven así en una situación límite, desesperada, que los convierte en héroes a su pesar y requerirá de todo su instinto de supervivencia para salir de ella con vida.

Hasta aquí, nada que distinga a Apocalipsis de cualquier otra historia de zombies-infectados de las muchas que hemos leído y visto en novelas como Apocalipsis Z, películas como 28 días después o series como The Walking Dead. Pero como siempre, en KindleGarten buscamos el hecho diferencial, y lo que distingue nuestro libro de la común trama de zombies es el drástico giro argumental que se produce en el transcurso de la narración, que justifica el título y la portada, que explica el porqué de la infección, que permite ahondar en el pasado del protagonista y que Nicholas Wells ha escamoteado de manera hábil en su sinopsis para no estropearle a los lectores el placer de la sorpresa. Digamos que lo que en principio parecía un origen biológico, médico (un virus o similar) vira hacia lo Fantástico, hacia lo místico y sobrenatural.

Centennial Gardens de Denver, Colorado, donde transcurre parte de la acción

De esta manera,  se explican también las facultades extraordinarias que permitirán a los tres jóvenes protagonistas (Marc, Billy y Alice) hacer frente a sus enemigos. El autor se detiene para explicar cómo los tres adolescentes sufren un proceso de maduración forzosa para afrontar la crisis, y que los distingue de sus compañeros:

«Por momentos olvidaba que tanto Billy como Marc, al igual que Alice, no eran más que tres chiquillos que aún no habían cumplido los dieciocho años. Deberían estar pensando en invitar a una chica al baile de graduación o en jugar con sus amigos a la X-Box. Sin embargo dedicaban su tiempo a [...] y sostener el destino del mundo sobre sus frágiles hombros.»

La intención de Apocalipsis es evidente: entretener. Pura literatura de evasión, honesta y sincera. Para ello, Nicholas Wells recurre a un estilo simple y directo. Relatado en tercera persona -excepto las pesadillas premonitorias de Marc, que se desgranan en primera persona- por un narrador omnisciente (que se permite incluso pequeñas acotaciones personales), posee una única unidad de acción, con los personajes principales ocupando permanentemente el foco narrativo.

Y aquí llegamos a uno de los elementos más característicos de esta obra: Su ritmo de lectura frenético, trepidante. Sin apenas descripciones, los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo, y la acción se agolpa sin dar respiro al lector. No hay tiempos muertos, y la transformación que sufren las vidas de los protagonistas en los apenas dos días que cubre la novela es radical.

Como comenté en Goodreads, Apocalipsis tiene hechuras de best-seller, esto es un estilo sencillo de leer, telegráfico por momentos, muy ameno, divertido, sin palabras complicadas, y abundando en diálogos, que hilados con frases breves intercambiadas con un ritmo muy fluido, hacen que la narración transcurra hacia adelante con facilidad. La estructura también es simple: Una introducción  mínima, breve, la imprescindible para ubicar la historia y presentar a los protagonistas, y ya entramos de lleno en el nudo de la trama, que avanza como una locomotora a toda máquina hacia el desenlace. Todo ello hace que las 406 páginas se puedan devorar en apenas unas horas, convirtiéndolo en un entretenimiento perfecto.

El Invesco Field at the Mile-High, orgulloso hogar de los Denver Broncos,
aparece también en nuestra historia. Al fondo, las Montañas Rocosas.

Todo lo dicho tiene otras implicaciones. Y es que la novela de Nicholas Wells tiene un corte que se mueve entre la literatura de quiosco (el pulp o folletín de toda la vida) con su estilo asequible y poco denso, el best-seller y un delicioso y logrado sabor a Serie B, del que vamos a hablar:

En primer lugar, los personajes son arquetípicos, fácilmente identificables, hasta el punto que casi no necesitan presentación. El autor no profundiza en exceso en ellos, lo justo para que cumplan su papel en la historia. Tenemos a los jóvenes: Marc Benson, un chico normal, enamorado de Alice y protector con su amigo Billy, que es inteligente y delicado, sobreprotegido por su madre, víctima habitual de los abusones. Alice, una guapa pelirroja, que acaba de romper su noviazgo con Jason, el musculoso y descerebrado capitán del equipo de Lacrosse, es amable y amistosa con Marc, con quien acabará desarrollando un interés romántico.

Y tenemos a los adultos: El agente del FBI Robert Richardson -a quien el autor caracteriza al momento por su parecido con el actor Josh Duhamel-, la sargento de marines Mara Jones, hermosa, eficiente y profesional, Rosco Gellar, el sheriff obeso, torpe e incompetente, un absoluto redneck que sin embargo es capaz de redimir su inoperancia con un actor de heroísmo; el coronel Hoovert, un típico militar de grado con una actitud escéptica pero con valiosísimas dotes para afrontar una crisis tan inabarcable; el Padre Thomas, un sacerdote católico cuya parroquia se convertirá en refugio para los supervivientes... es decir tipos que hemos visto muchas veces en otras tantas historias y se convierten por tanto en viejos conocidos. Como es natural, los que más atención reciben de su autor son Marc y su padre, cuya relación (o ausencia de ella) y su pasado común se irán explicando a lo largo del texto, y dotando al argumento un punto extra de solidez.

Josh Duhamel inspira el personaje del Agente Richardson.
Lo he puesto con traje para mayor similitud, y porque le sienta muy bien.

El espíritu de Serie B que tanto disfruté se refuerza al transcurrir la acción en tan poco tiempo (dos días) y en pocos escenarios: La escuela de Little Rock, que es puesta en cuarentena por el Gobierno, la base militar Área 35 en la que trabaja el padre de Marc y dónde se sitúa el Estado Mayor del ejército, la parroquia del Padre Thomas, alguna pequeña localidad que los protagonistas atraviesan y, finalmente los Centennial Gardens y el estadio de los Denver Broncos, en Denver, la capital del Estado. Destacar que la ambientación que consigue el autor es sobresaliente, e ignoro si conoce los lugares de primera mano o los ha ilustrado a base de documentarse, pero la impostación es perfecta y sorprenden los detalles sobre rutas de carretera o geografía, así como sobre vehículos y armamento.

Los escenarios, sumados a la temática, crean una atmósfera terrorífica, y sobre todo en los primeros capítulos -en los que vamos descubriendo que la pandemia tiene un alcance mucho más amplio de lo previsto, y la acción se concentra en la escuela de Little Rock, con los alumnos y el profesorado recluidos- alcanza momentos muy crudos, y algunas escenas son especialmente truculentas, con hechos luctuosos que afectan a niños de muy corta edad, por lo que aviso desde aquí a los lectores de estómago delicado [Por eso dije más arriba que su cariz de literatura juvenil requiere algunos matices]:

«El Director giró el pomo y abrió ambas puertas. En ese instante la profesora Adams y Daisy se abalanzaron sobre él. Sus cuerpos, totalmente ensangrentados con restos de carne y vísceras, se le acercaron violentamente. Sus grandes ojos blancos, totalmente abiertos y como queriendo salir de sus órbitas, le miraban fijamente mientras intentaban atacarle. El color blanco destacaba enormemente sobre la capa de sangre que cubría sus rostros. El director cayó rápidamente al suelo mientras la señora Van Mildred corría hacia el gimnasio para pedir ayuda.»
Es en estos primeros compases donde el autor se permite los párrafos más explícitos, y donde el libro se mueve más dentro del horror, pues luego girará al fantástico como ya comenté. El tono terrorífico se ve incrementado por la incertidumbre de los protagonistas sobre el origen de la infección. Veamos por ejemplo la descripción de los efectos del virus en algunas de sus víctimas:

«El tipo A, es el más devastador y peligroso. La infección provoca que el sujeto infectado se auto infrinja heridas hasta causarse la muerte. Como ven el sujeto se extirpó a si mismo los ojos utilizando sus propias manos, a continuación se arrancó la piel a tiras provocándose profundos cortes que le ocasionaron una lenta y dolorosa muerte.»
Portada de la edición autopublicada

Y sobre el ya mentado giro argumental, y el cambio de tornas tan marcado, sólo comentaré, para evitar el spóiler, que la trama se vuelve más épica, más mística, y que se centra sobre todo en la nueva naturaleza de los jóvenes protagonistas, revelada a raíz de los hechos dramáticos que deben vivir [Precisamente eso significa la palabra Apocalipsis: Revelación]. 

A modo de conclusión, destacar de nuevo lo accesible que resulta la lectura de Apocalipsis, una novela que tal vez no sea innovadora ni especialmente original, pero sí que posee elementos que le dan carácter propio y que lo convierten en un debut muy digno para Nicholas Wells. La recomiendo especialmente tanto para amantes de la literatura Fantástica y/o de la literatura juvenil más contemporánea, como para todo los que busquen una historia entretenida, sin complicaciones y resuelta con oficio y muchas solvencia.

Al sur de Denver hay una Castle Rock 

Apocalipsis está editado por Tagus, del grupo Planeta, y está disponible en formato epub en las webs de La Casa del Libro y de El Corte Inglés

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