25 de junio de 2014

Estación de tránsito - Clifford D. Simak

Enoch Wallace vive solo en su granja, en una pequeña localidad rural en algún lugar de los Estados Unidos. Lleva una vida retirada, apenas sale de casa una hora diaria, siempre acompañado de su rifle, para dar un paseo y recoger el correo. Tiene ciento sesenta años, pero aparenta estar en la treintena, pues ni enferma ni envejece. Enoch, veterano de la Guerra de Secesión, es el guardián de la estación de tránsito interestelar que la Central Galáctica ha instalado en la Tierra. Su misión es controlar el tráfico de seres alienígenas que viajan a velocidades superlumínicas por nuestra galaxia, y descansan en la estación, oculta bajo el aspecto de una insignificante y vetusta casa de campo. Es el único ser humano que conoce la existencia de la Central Galáctica y que mantiene relación con los extraterrestres, en especial con su amigo y responsable Ulises, un humanoide de apariencia grotesca apasionado por el café terrícola. Un agente de la CIA, encargado de vigilar a Enoch, provoca un conflicto diplomático con otra especie inteligente, poniendo a la Tierra en el punto de mira de la Central, y obligándola a tomar una dura decisión sobre nuestro planeta, abocado mientras tanto a una más que segura guerra de escala planetaria.


Publicada en 1963, Estación de tránsito (Way Station) es obra de  Clifford D. Simak. Escritor, periodista, uno de los pioneros de la Ciencia-Ficción y Gran Maestro de la SFWA. Desarrolló su carrera a lo largo de cincuenta años, por lo que participó en todas las etapas del género: desde sus comienzos en las catacumbas del pulp, pasando por su Edad de Oro y asistiendo a la irrupción de la New Wave.

Es una novela de Ciencia-Ficción blanda, en cuanto a que no tiene un excesivo rigor en el apartado científico-técnico; y en cuanto a que prima la reflexión sociológica, sobre el ser humano, su condición y su realidad, frente a lo tecnológico. Se puede ver también como una historia de Anticipación, por mostrar tecnologías imposibles en nuestras actuales circunstancias. 



Para comenzar, debo decir que tenía que haber leído Estación de tránsito mucho antes, y que no exagero cuando afirmo que es una obra capital de la Ciencia-Ficción, al menos de su vertiente blanda. No es un libro emocionante. No tiene acción desbordante, ni espectaculares combates con sofisticadas armas láser a bordo de vehículos voladores, ni viajes interestelares en enormes naves espaciales, ni exóticos planetas extrasolares, ni lujosos palacios alienígenas. Sus protagonistas no son héroes ni se enfrentan a temibles villanos. Y, pese a todo ello, es una novela que se disfruta de principio a fin, pues son otras sus virtudes. 

El primer lugar, tenemos la ocurrente idea principal. Una Central Galáctica, que agrupa a miles de especies inteligentes de nuestra galaxia, una ONU de la Vía Láctea si queremos concebirla así, decide ampliar su presencia hacia el brazo exterior, y para ello construyen en la Tierra una estación de tránsito, una «parada y fonda» para que los viajeros puedan descansar. Su guardián será Enoch Wallace, un hombre del S. XIX, carente de una mente brillante y de conocimientos científicos, que pese a ello es considerado el candidato perfecto por Ulises, un alienígena de aspecto horripilante para nuestros cánones, con el que entablará una sólida amistad.

Las especies pensantes que conforman la Central Galáctica tienen en común el haber desterrado la violencia y cualquier forma de guerra de sus sociedades, y la Central está basada en una convivencia pacífica y no beligerante, compartiendo todas las razas el conocimiento de una fuerza espiritual universal, participada por todos los seres vivos de la Galaxia, extraída del propio Universo, y que requiere de un artefacto, llamado el Talismán, para ser canalizada correctamente. 




La estación de tránsito, dotada de una tecnología inconcebible para nosotros, se oculta en la granja de Enoch, una anodina casa rural estadounidense. Mientras permanezca en el interior, Enoch no envejece, lo que le permite contar con 160 años de edad cuando se desarrolla la historia (el libro comienza en las postrimerías de una batalla de la Guerra Civil norteamericana). Su misión es tanto supervisar las llegadas y partidas de viajeros, como garantizar el secreto de las instalaciones y evitar las injerencias de otros terrícolas. 

Los miembros de la Central viajan por un sistema hiperlumínico en forma de teleportadores, que en realidad no transportan el cuerpo del viajero, sino tan solo su mente, su entidad, que es implantada en un nuevo cuerpo en la estación de destino, dejando el antiguo en la de origen, donde es destruido por el guardián. 

Enoch, como guardián, no comprende el complicado funcionamiento del sistema de transporte, como tampoco entiende todos los avances tecnológicos de las diferentes especies que componen la Central, pero se vale de dichos conocimientos: como entretenimiento, en una sofisticada galería de tiro que le construyen en el sótano, y que reproduce cacerías en mundos desconocidos; como para recrear una serie de acompañantes virtuales con los que charlar; como para realizar un estudio matemático que predice, indefectiblemente, que la humanidad está abocada a una guerra total que la destruirá.




Los viajeros le entregan regalos como cortesía, por lo que la estación está repleta de aparatos de todo tipo, cuyo funcionamiento Enoch apenas puede discernir.  En su historia tendrá un papel crucial Lucy, una chica sordomuda maltratada por su familia, unos auténticos rednecks de la América Profunda, que posee facultades sobrenaturales, como curar enfermedades por el tacto, y que muestra rápidamente la capacidad de manipular los objetos extraterrestres que Enoch, durante décadas, no ha podido descifrar.  

«Él vio que era la pirámide de esferas y que todas las esferas giraban lentamente, unas a derecha y otras a izquierda y que, al girar, brillaban y relumbraban, cada una con su particular coloración, como si en el interior de cada una hubiese una fuente de luz suave y cálida. 
Enoch contuvo el aliento ante la belleza y la maravilla de aquel espectáculo... preguntándose, pasmado, qué antiguo artilugio podía ser aquel objeto y cuál podía ser su finalidad. Lo había examinado cientos de veces, devanándose los sesos para comprender su significado, sin conseguir descifrar el enigma. Por lo que podía ver, era sólo un objeto destinado a la contemplación, aunque lo había embargado con insistencia la sensación de que tenía una finalidad determinada y acaso un modo de funcionamiento. 
Y entonces estaba funcionando. Él había tratado de hacerlo funcionar docenas de veces, pero Lucy lo consiguió a la primera.»

Ilustración para la edición por entregas titulada Here Gather the Stars [fuente]

Así pues, leer Estación de tránsito provoca una continua sensación de deja vú, de pisar caminos ya trillados, pero curiosamente porque hemos visto y leído sus ingredientes muchas veces en obras posteriores. El sistema de transporte instantáneo nos suena de la saga de película y series StarGate o de la saga Hyperion de Dan Simmons. La confederación de especies inteligentes nos recuerda a la República de Star Wars, donde también vemos la idea de esa fuerza universal que comparten todos los habitantes del universo. Un lugar lleno de tecnología extraterrestre almacenada me hizo pensar al momento a la base de los Men in Black, y la figura de la persona con discapacidad pero con una mente prodigiosa terminará siendo un cliché del género, como en El cortador de césped de Stephen King, o en la inquitante Cube de Vincenzo Natali. La galería de tiro de la estación, donde el simple sótano de Enoch se transforma en un mundo ignoto habitado por criaturas espeluznantes con las que practica el tiro, y que le programa una sesión diferente cada vez, ¿no os recuerda a la sala del peligro donde se entrenan los X-Men? El modo de viajar implantando la esencia del ser en un nuevo cuerpo se asemeja, con matices, a la regeneración de los Señores del Tiempo de la longeva serie Doctor Who

Que no quiero decir que todo lo citado sea una copia descarada de las ideas de Simak para su novela, pues seguramente existan precedentes aún más antiguos (no me conozco tooooda la Ciencia-Ficción :) con lo que se habrá publicado en los años del pulp, cuando se editaba a cascoporro), pero desde luego afirmo que Estación de tránsito rebosa en buenas ideas y puede presumir de un planteamiento muy ocurrente, que suple con creces su ausencia de acción o de una trama de esas de contener el aliento.




Con todo lo expuesto, Clifford D. Simak se mantiene dentro de la Ciencia-Ficción blanda, pues sus tecnologías no son rigurosas, y no se sostienen desde un punto de vista científico. Pero eso no es lo importante. Lo principal es, como debe ser la buena Ciencia-Ficción, que sabe ser hijo de su tiempo y reflexionar sobre las grandes preocupaciones de su sociedad. En este caso, en plena guerra fría, el peligro que nuestro mundo corrió de inmolarse en un conflicto sin precedentes: la guerra nuclear. En 1962, el año anterior a la publicación de Estación de tránsito se produjo la crisis de los misiles cubanos (que no es citada por Simak) y el libro refleja adecuadamente la paranoia nuclear existente, y que se traduce en las ecuaciones de Enoch y en que la Central Galáctica decida intervenir sobre nuestra raza, para protegernos de nosotros mismos.

«— Lo sé. Si hay una guerra, podría ser peor. Pero eso no detendría la guerra. No es la clase de cosa que yo tenía en mente. La gente podría aún luchar, matarse todavía. 
— Con mazas — dijo Ulises —. Acaso con arcos y flechas. Con fusiles, en tanto que los hay, y hasta que se acabasen las municiones. Entonces, no sabrían cómo fabricar más pólvora o como extraer o elaborar el metal para hacer balas, y hasta tampoco cómo hacer éstas. Podían combatir, pero no habría un holocausto. Las ciudades no serian barridas por bombas nucleares, pues nadie podría disparar un cohete o armar la bomba... quizá ni sabrían siquiera lo que eran tales artefactos.»

Y otro tema persistente a lo largo de la historia de la humanidad: el conocimiento, su custodia, su control y el dilema moral de extenderlo o no a toda la población. Así, vemos que Enoch dispone en la estación, entre otras muchas cosas, de medicinas capaces de curar todas las dolencias del ser humano, pero duda sobre si hacerlas públicas y ponerlas en manos de las autoridades mundiales, o conservarlas ocultas para evitar un mal uso de las mismas. El eterno problema de poseer una sabiduría mayor que la madurez para emplearla correctamente, o el viejo «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».

«Allá entre las estrellas había una masa de conocimientos colosal, que en parte era una extensión de lo que ya sabía la humanidad, y en parte relacionada con cuestiones que el hombre ni siquiera sospechaba, y que se utilizaban de unas maneras y para unas finalidades que en la Tierra eran inimaginables. Y que el hombre nunca podría imaginar, abandonado a sus propios medios.»

En esta misma línea, asistimos también a la terrible soledad de Enoch, derivada de su cargo de guardián. Cargo que supone el privilegio de contactar a diario con extraterrestres y acceder a realidades que el resto de humanos sólo puede soñar, pero que a la vez le condena a ser un extraño en ambos mundos, y a no poder compartir su suerte con nadie. La creación de acompañantes imaginarios, que además se rebelan contra su creador por condenarlos a una existencia ficticia, vana, refleja tanto el solitario sentir de Enoch como la necesidad del ser humano, animal social, de vivir en compañía. 




En en apartado literario, el texto se beneficia de los casi treinta años que Simak llevaba en el oficio cuando lo escribió, demostrando el autor buenos mimbres. Con un estilo pulcro, sencillo, dotado de descripciones bellas, que juegan sobre todo con los sentidos, resulta una lectura cómoda, y su división en treinta y seis capítulos permite muchos lugares donde descansar. Es una forma de escribir más elaborada de lo habitual en ese tipo de libros, y Simak ofrece algunos párrafos interesantes. La traducción se ve un poco antigua y se podría mejora alguna cosilla, pero nada grave ni que impida disfrutar la obra. 

«Esto era la Tierra, pensó... un planeta hecho para el Hombre. Pero no solamente para el Hombre, porque también era un planeta para los zorros, los búhos y las comadrejas, para las serpientes, los saltamontes y los peces, para todas las demás formas de vida que pululaban en el aire, la tierra y el agua. Y no solamente estos seres indígenas, sino para otros seres que llamaban su hogar a otras Tierras, a otros planetas que, a pesar de hallarse a muchos años—luz de distancia, en el fondo eran iguales que la Tierra.» 

Enoch y Ulises con su amado café. Me encanta
cuando los portadistas se leen el libro :)

Un dato que cabe destacar sobre libro y autor es la deriva que tiene hacia aspectos religiosos y espirituales, que tal vez un autor de Ciencia-Ficción dura no se permitiría. Lo notamos tanto en la existencia de la citada fuerza, como en la de un talismán destinado a controlarla y manejarla, como en el original sistema de viaje galáctico - teletransporte, del que inferimos que existe una diferencia entre la materia y la esencia, entre el cuerpo y la mente, o más acertadamente el alma, siendo el cuerpo un mero recipiente para ella, y que puede ser reemplazado. Al menos yo lo veo muy cerca de las creencias cristianas. 

Lo mismo ocurre con ese concepto tan similar al Zen que es la fuerza espiritual, que se presenta casi como una regla física que rige el Universo, pero no deja de tener un tono religioso, aunque se intente disfrazar como algo científico:

«— No sé si en realidad se trata de una religión — dijo Enoch —. No tiene todos esos ringorrangos que suelen acompañar a nuestras religiones. Y no se basa en la fe. ¿Por qué tenía que basarse? Se basa en el conocimiento. Los extraterrestres saben, y esto es todo. 
— ¿Quieres decir la fuerza espiritual? 
— Existe — prosiguió Enoch — con tanta seguridad cómo las demás fuerzas que componen el Universo. Existe una fuerza espiritual, del mismo modo como existen el tiempo, el espacio, la gravitación y todos los demás factores que forman el Universo no material. Existe y los extraterrestres pueden establecer contacto con él...»



Concluyendo, Estación de tránsito es un libro que recomiendo sin duda a todos los aficionados a la Ciencia-Ficción, y también a los que gusten de las historias reflexivas y no busquen un argumento simplón ni desbordante de adrenalina. La trama tiene su propio interés y, como ya dije, suficientes recursos para ser una novela sobresaliente, a la que sólo le pueden achacar algunos subargumentos predecibles, que proceden más de nuestras experiencia previa como lectores que de falta de pericia por parte de Simak. 


Más datos de interés:  Fue publicada inicialmente, en dos partes, en la revista Galaxy, en Junio y Agosto de 1963, con el título de Here Gather the Stars (algo así como Aquí confluyen las estrellas). Ya publicada como novela, ganó el Premio Hugo en 1964. En este enlace están todas las ilustraciones de la edición de Galaxy.

Por cierto, figura en la famosa lista de las 100 mejores novelas de Ciencia-Ficción de David Pringle, donde Clifford D. Simak repite con Un anillo alrededor del sol (en otras listas es Ciudad pero, como sea, siempre aparece).

Os recomiendo también leer la espectacular reseña del blog Un Universo de Ciencia-Ficción, donde disponéis de una perspectiva y unos comentarios bastante más acertados que los míos.


Y por ahora sería todo. Espero que hayáis disfrutado de este Gran Maestro de la Ciencia-Ficción, y por mi parte sólo me resta agradeceros a todos el apoyo y la compañía facilitados para alcanzar la entrada número 150. Nos leemos!


OTROS LIBROS DE CLIFFORD D. SIMAK EN KINDLEGARTEN:

- Un anillo alrededor del Sol


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2 comentarios:

  1. Hace rato, amigo Tomás, que deseaba leer esta entrada tuya y ahora en que por fin me puedo dedicar a ello, me encuentro con el hecho de que ella marca una cifra muy importante para ti...¡Mis más sentidas felicitaciones de un bloguero a otro! (que llevas mucho menos tiempo que yo en esta labor y posee lejos muchos más éxitos, además de que tus textos se van acumulando de una forma increíble). Hace años que leí esta bella novela, en un tiempo en el cual el siglo era otro y yo venía saliendo de la adolescencia; por ende, me ha provocado nostalgia leer tu escrito, el cual a su vez me demuestra que ya es hora de releer esta novela capital, Muchos cariños desde Chile,

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    1. Hola Elwin, pues en efecto aquí sigo acumulando entradas, lo cual sería imposible sin tus consejos y los de otros blogueros, así que como siempre gracias. Poco a poco voy leyendo a todos los grandes autores de la Ciencia-Ficción, y llevándome sorpresas agradables como este Clifford D. Simak, del que me gustó su inventiva. En breve habrá una reseña de otro grande: Robert Silverberg. Un abrazo desde España.

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