21 de abril de 2014

¿Quién mató a Cristián Kustermann? - Roberto Ampuero

El detective Cayetano Brulé recibe un encargo tentador y muy rentable: Descubrir quién asesinó a Cristián Kustermann, el hijo de un acaudalado industrial, y por qué motivo. Lo que comienza pareciendo un simple atraco se va complicando en un caso que llevará a Brulé a Alemania y a Cuba en busca del pasado de Cristián, en la convulsa época de la transición chilena. 


Publicada en 1993, ¿Quién mató a Cristián Kustermann? es obra de Roberto Ampuero: Escritor y columnista, fue profesor universitario en los USA, embajador de Chile en México, ministro de cultura con Sebastián Piñera y exiliado de su patria durante veinte años. Es uno de los autores chilenos más leídos en su país y fuera de él, con sus obras traducidas a varios idiomas.

Es una novela negra, policíaca, detectivesca y de intriga, que refleja además la situación social y política de Chile al comienzo de la transición democrática, y hace un retrato sincero y cáustico de la realidad de los diversos países en los que se ambienta.

Destaca por su adaptación de la novela negra a la realidad chilena, siguiendo las reglas propias del género, incluso de los clichés predecibles. Por su denuncia de las irregularidades de la transición que siguió a la salida de Pinochet. Por su cuidada ambientación en los distintos países en los que transcurre la trama. Y por su capacidad para enganchar y crear interés, y la caracterización de los personajes, comenzando por el detective protagonista y su figura de antihéroe.


Uno de los rasgos identitarios de la novela (lo que a mi juicio lo distingue de la novela de intriga, suspense y criminal), es su intención de reflejar la realidad social de una manera directa y sincera, nada complaciente, y cargada en ocasiones de una crítica dura y ácida. Así, las investigaciones del protagonista de ¿Quién mató a Cristián Kustermann? radiografiarán, en su debut, los turbulentos años de la transición Chilena, que siguieron a la salida del poder del dictador Augusto Pinochet, permitieron el regreso de los chilenos exiliados y coincidieron, en el marco internacional, con la caída del bloque comunista y la reformulación del pensamiento sociopolítico y la ideología de izquierdas. 

En este marco se mueve nuestro detective: Cayetano Brulé. Nacido en La Habana y criado en Miami, obtuvo su diploma de detective en un curso a distancia. Vive y trabaja en Valparaíso (Chile), y se considera un proletario de la investigación (así también lo denomina su autor), pues se centra en casos de poca monta: infidelidades conyugales, estafas a seguros, fraudes laborales... ronda los cincuenta años, es bajito, con sobrepeso, luce bigotón en puntas, se queda calvo y tiene miopía, por lo que usa gafas graduadas. Viste ropas de poliéster, fuma demasiado y abusa del café y de la bebida. Vive modestamente con su perrita Esperanza, y tiene un ayudante llamado Suzuki, hijo de un marinero japonés, que le consigue información entre el lumpen que frecuenta su kiosko El Kamikaze:

«El Kamikaze, que abría a las doce de la noche y cerraba cuando se iba el último cliente, era a decir verdad un varadero de prostitutas viejas, homosexuales nostálgicos y marineros aburridos.»
Caricatura de Cayetano Brulé. No encontré al autor, lo siento :(

El motivo por el cual Brulé acepta un caso que, en apariencia, excede sus facultades, es sencillo: su jugosa retribución. Todo comienza cuando el industrial Carlos Kustermann contrata a Brulé para encontrar a los asesinos de su hijo Cristián, fallecido en un asalto a la pizzería que regenta, ubicada en el exclusivo barrio turístico de Reñaca, porque el departamento de Investigaciones de la Policía ha archivado el caso como «asalto» sin mayores indagaciones. A medida que Brulé avanza en sus pesquisas, el asesinato va tomando un cariz político, y las inclinaciones derechistas o izquierdistas del fallecido Cristián serán cruciales para esclarecer los motivos del asesinato, donde se barajan los ajustes de cuentas, las represalias políticas, el simple robo, las drogas, el crimen pasional, el contrabando y la actividad de diversas organizaciones de izquierda.

Así, la labor de Brulé comienza en Valparaíso, pero siguiendo el pasado de Cristián Kustermann en busca de pistas, debe continuar en una Bonn post-RDA que se está desperezando del comunismo y cuyo clima triste y plúmbeo nos proporcionará alguno de los momentos más hilarantes de la novela, con una relación de diferentes movimientos de izquierdas de base, simpatizantes de todo tipo de luchas políticas a lo ancho del globo (Chile, Cuba, Eritrea, el Kurdistán...) y que llegan a rozar el esperpento al más puro estilo Frente Popular de Judea. La antigua Alemania del Este permitirá a Ampuero reflexionar también sobre el racismo, la no demasiado buena consideración que tienen los Iberoamericanos en Europa y la reacción de los alemanes, incluso aquellos más progresistas, ante la inmigración masiva. 

La tercera parte del libro lleva a Brulé a Cuba, donde Ampuero retrata las contradicciones del régimen comunista de Castro, las estrecheces que padece la población, que intenta subsistir con los escasos medios que tiene, la represión ideológica y, pese a todo, el carácter vitalista y entusiasta del pueblo cubano. De igual modo, el pasado de Cristián implicará al ITM del ejército cubano, que el autor vincula con las guerrillas y la lucha armada en diferentes países de Iberoamérica, entre ellos Chile.
   «Ascendió la escalinata aspirando la fragancia salobre del mar que murmuraba a sus espaldas e ingresó al hotel. Lo envolvieron el aire acondicionado y perfumes variados, una suave música de fondo y el susurro de turistas bronceados que transitaban por el lobby llevando ropas claras y livianas. Resucitó. La Habana tenía siempre ese efecto sobre él. Su brisa húmeda y tibia, el salitre omnipresente, el cielo despejado sobre las aguas turquesas y el movimiento felino de sus mujeres le despertaban el deseo propio de la juventud.»



Tras el periplo internacional, la obra concluirá en Chile, en concreto en Santiago. A lo largo de toda la narración, Ampuero consigue mantener nuestra atención con un estilo no elaborado en exceso, correcto, sin ampulosidades, con un equilibrio adecuado entre relato y diálogos, y sin abundar en descripciones. Se incluyen formas coloquiales propias de Valparaíso, aunque esto no dificulta la lectura. El argumento tiene varios giros interesantes, que se van produciendo a lo largo de la trama. Si bien en algún momento es predecible en su desarrollo, incluso esto puede disfrutarse como homenaje a los clichés del género negro, como un recrearse en los ingredientes clásicos de esta literatura. Donde no se puede acusar de predecible al autor, por contra, es en la trama, en cuanto que los motivos de la muerte de Cristián no estarán claros hasta el final de la obra, y todo el rompecabezas de datos, personas e historias que Brulé va acumulando encajará al remate sin que sobre una sola pieza. 

Debo destacar también de ¿Quién mató a Cristián Kustermann?, como ya anticipé, su cuidada ambientación. Transcurriendo en lugares conocidos de primera mano por el autor, la atmósfera tanto de Valparaíso, como de Bonn o La Habana, están logradas a través de su clima, su cielo, su aire, sus edificios, y sobre todo sus gentes, transmitiéndonos sus ritmos y sus personalidades colectivas. Podemos decir que Ampuero describe más a través de las sensaciones que los lugares producen que de lo puramente físico. Contrastan así la fría y gris Bonn («ciudad de jubilados y parlamentarios»), con La Habana, mucho más viva y cálida, pero en la que Brulé debe andar con pies de plomo con lo que habla, con quién lo habla y dónde lo habla. Cada ciudad que aparecen en el libro está ilustrada de manera que, sin necesidad de descripciones recargadas o datos exactos, nos parece caminar por ellas y estar viéndolas por nosotros mismos.


Valparaíso, Chile, la ciudad que comparten autor y personaje

Este retrato social incluye, por supuesto, una nómina de personajes de toda clase y condición, a través de los cuales el autor elaborará un minucioso relato de la sociedad chilena. Desde los empresarios como Carlos Kustermann (para quien el asesinato de su hijo supone una cuestión de prestigio y «limpieza» del apellido familiar) hasta los policías herederos del régimen de Pinochet (entre los que destaca el Inspector Zamorano, de quien Brulé obtiene ayuda a cambio de no revelar que torturó estudiantes en el pasado), pasando por una serie de informantes que incluyen un limpiabotas o la madame de prostíbulo con la que se relaciona Suzuki. Un mensaje que se repetirá a lo largo del texto es que en Chile «sigue gobernando Pinochet», y se muestra la fragmentación de la izquierda en diferentes grados de radicalismo como uno de los motores de la trama.

Además del Inspector Zamorano, Brulé tiene otros contactos en la Policía, que queda retratado como un Cuerpo no demasiado limpio y con pocos escrúpulos en sus métodos para obtener resultados:

«Gracias a las gestiones de Pancho Linares, accedió a los documentos policiales. En un cuarto azumagado y oscuro, enterrado en el sótano del edificio, echó un vistazo a las declaraciones tomadas cuatro meses atrás a los empleados de la pizzería.   Linares, un hermano de Margarita, trabajaba en el archivo y acostumbraba a cederle por espacio de unas horas copias de las investigaciones que precisaba. A cambio de esto, Brulé le conseguía por intermedio de Suzuki datos de los bajos fondos y una que otra mujer ocasional que comenzaba a hacer sus armas en el oficio más antiguo del mundo.»

Esta inspiración en la realidad chilena, esta denuncia de la turbulencia de la época (recordemos que el libro se publicó en 1993), de su inseguridad jurídica, de su transición no finalizada y de su violencia (tanto el asesinato de Cristián como los atentados con artefactos explosivos que se citan varias veces) ejemplifican el carácter crítico y la implicación social de la novela negra, y demuestran que es un género que se adapta a cualquier escenario, sin necesidad de «fotocopiar» tramas y argumentos.

«—Dicen que Cristián Kustermann era izquierdista, más exactamente del Frente.   Chacón levantó la vista del hot dog, y miró fijo al detective. En sus ojos brillaban ahora severidad y reticencia. 
—Es posible que haya sido un crimen de la ultraderecha —admitió—. En este país aún gobiernan los militares. Pero no crea que le voy a dar información sobre gente que militó en la revolución. 
—¿Ni aunque esa información sirviera para aclarar un homicidio perpetrado por ultraderechistas? —preguntó Brulé probando la consistencia del hot dog y del comerciante.
   Chacón miró hacia la calle, por donde pasaba un trolebús. Su mano izquierda buscó el vaso de cerveza.
—La gran lección que extrajimos de la época de la dictadura fue que los partidos revolucionarios deben operar siempre, también en democracia, a dos niveles, uno en la legalidad y otro en la clandestinidad —sentenció Chacón—.»

Personalmente, tanto el modo de proceder de Brulé como el estilo narrativo de Roberto Ampuero me trajeron reminiscencias del autor catalán Manuel Vázquez Montalbán y de su personaje Pepe Carvalho, pues ambos detectives comparten modus operandi y se mueven en ambientes similares. Incluso Suzuki recuerda a Biscuter, el ayudante de Carvalho. Busqué un poco y en efecto el autor chileno muestra la influencia del español.




Retomando los aspectos formales, comentar también que esta novela no es demasiado extensa, y que su estilo ameno y coloquial la convierten en una lectura muy entretenida, en especial por la combinación de personajes pintorescos, trama interesante y original, golpes de efecto y giros que relanzan el interés cuando el ritmo parece decaer. Por todo ello es una lectura más que recomendable para los amantes del género negro, en particular para los completistas que deseen conocer a todos y cada uno de los detectives de ficción. Por mi parte, creo que a Cayetano Brulé le han sentado muy bien los veinte años transcurridos desde este debut que hoy tratamos, y al disfrute de la intriga de sus aventuras le podemos sumar el valor casi documental del retrato que su padre literario hace de una época tan convulsa como aquella. 

Con esta novela, Ampuero se hizo merecedor del Premio literario que concede el diario chileno El Mercurio, en el año 1993. 

Con ella comienzan también las andanzas de Cayetano Brulé, que continuarán con Boleros en la Habana (1994), El alemán de Atacama (1996), Cita en el azul profundo (2001), Halcones de la noche (2005), El caso Neruda (2008) y Bahía de los misterios (2013).

Roberto Ampuero declaró que su detective está inspirado en su padre (cuyo segundo apellido era Brulé). Así con todo, mi percepción personal, que casi seguro estará equivocada, es que tanto la descripción física de Cayetano Brulé, como su afición desmedida al tabaco y su gusto por el café y la bebida, parecen denotar también una cierta inspiración en el ya mentado Manuel Vázquez Montalbán:

Salvo que a Vázquez Montalbán no se le vería jamás con un traje de poliéster,
el parecido es más que razonable. ¿Un homenaje, tal vez? [fuente]

En resumen, Roberto Ampuero y su creación demuestran que los géneros literarios no entienden de nacionalidades, y que se pueden crear grandes historias y buena novela negra cuando escribimos sin complejos y a partir de nuestra realidad y nuestro entorno.

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2 comentarios:

  1. Qué gusto saber que este autor que tanto te recomendé haya sido de tu agrado. Además tu mirada como lector culto español-gallego de un libro que ilustra tan bien ese periodo de la historia de mi pueblo, como lo que bien llamamos acá nuestra "chilenidad", me llamó bastante la atención (por cuanto tus palabras le hacen justicia a su creador, habiendo una cierta "objetividad" tuya a la hora de apreciarlo ¿Entiendes?. Me preguntaba qué leer apenas me terminara el libro de tu compatriota ,que en estos momentos me detiene (Jordi Sierra i Fabra); así que me has "iluminado" y me leeré otra novela más de este genial escrito, de las que llevo un tiempo guardadas en mi colección

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    1. Creo que es algo muy positivo de estos libros, el que permiten conocer un poco la historia de los pueblos, pues a través de la ficción el autor proyecta mucho de la realidad y de la "Intrahistoria", de cómo los acontecimientos afectaron a las personas de a pie. Creo que el valor aumenta cuando se trata de una época tan compleja como es la transición chilena. En ese aspecto, tal vez hable algún día sobre Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, que es el homólogo de Brulé en la transición española y los primeros años de la democracia.

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