22 de abril de 2014

No es país para viejos - Cormac McCarthy

Dos millones de dólares en efectivo pueden ser un golpe de suerte, o no. Para Moss, que se los encuentra en el escenario de un fallido intercambio de droga cerca de la frontera con México, se convierten en una pesadilla cuando le obliguen a una carrera sin fin, abandonando todo lo que ama y huyendo de sus propietarios, de la justicia y de un implacable psicópata ejecutor.


Publicada en 2005, No es país para viejos (No country for old men) es obra de Cormac McCarthy. Escritor, dramaturgo, guionista y divulgador científico estadounidense cuyas obras han sido adaptadas asiduamente al cine, que ganó el Premio Pulitzer en el 2007 por su libro La Carretera (The Road) y el National Book Award en 1992 por Todos los caballos bellos (All the pretty horses). Muchos críticos lo consideran uno de los escritores vivos más importantes de su país, y no dudan en comparar su transcendencia con la de William Faulkner o Mark Twain. Vive al margen del mundo literario-editorial, apenas se trata con otros escritores, no concede entrevistas y dice cosas como que Marcel Proust o Henry James no son literatura.

Es una novela negra algo particular por su ambientación fronteriza, y sepuede concebir como un thriller criminal y de intriga, marcado por un ritmo frenético y una elevada carga de violencia.

Destaca por su desarrollo veloz y precipitado, impulsado por su estilo narrativo, por su violencia tanto explícita como ambiental, por la atmósfera de agobio y desesperación que transmite. Por los personajes apenas esbozados, que se van perfilando a lo largo de la trama, y por la figura del psicópata Anton Chigurh, que termina por convertirse en el verdadero protagonista gracias a su presencia y su carisma. 


Comencemos por la idea que considero principal: No es país para viejos no es una historia de buenos y malos. Es una historia de zonas grises, de personas puestas en una situación límite que condiciona sus actos y sus decisiones.

Por una parte tenemos a Llewelyn Moss, el protagonista. Un hombre del que no sabemos prácticamente nada, y que el autor irá bosquejando a lo largo de la novela, dándonos información sobre él a cuentagotas. Al comienzo del libro, está cazando antílopes cerca de la frontera mexicana, y se encuentra con lo que parecen los restos de un intercambio fallido de drogas: vehículos ametrallados y hombres muertos. En una furgoneta hay gran cantidad de heroína y en otro una bolsa llena de dinero. Uno de los hombres agoniza, y le pide agua a Moss, quien lo ignora y huye con los billetes. Por la noche vuelve a la escena para socorrer al moribundo, pero es descubierto por unos pistoleros que le disparan, y ahí comienza su huida y nuestra historia. 


Por otra tenemos al Sheriff Bell, responsable del condado donde transcurre la trama, que investiga los sucesos y narra fragmentos de su historia personal, en primera persona, al comienzo de cada capítulo, desvelando poco a poco detalles oscuros de su pasado, que le atormentan.

En cuanto a Anton Chigurh, es un hitman (ejecutor, asesino a sueldo) encargado de recuperar el dinero que Moss ha robado; un verdadero psicópata carente de emociones y sentimientos que ultrapasa las obligaciones de su encargo y provoca un baño de sangre allá donde va, armado con una escopeta con silenciador casero y un perno de matar ganado conectado a una bombona de aire comprimido.

Y Wells es un personaje difuso; una especie de cazarecompensas que busca a Chigurh para matarlo, pero cuyas motivaciones no terminarán de estar claras en ningún momento. 

McCarthy es deliberadamente ambiguo en la ubicación de la historia, que si bien sabemos que transcurre en la frontera entre Texas y México, con escenas situadas en El Paso, Eagle Pass y Piedras Negras, no nos especifica con claridad en ningún momento en qué época lo hace. A medida que la trama avanza, a través de diálogos, llegaremos a la conclusión de que ocurre en los años 80, pues sabremos que el Sheriff Bell, cincuentón, participó en la Segunda Guerra Mundial, alistándose con 21 años. Y que Moss, si los datos son ciertos, tiene 36 años y estuvo en Vietnam entre 1966 y 1968. La tecnología que se cita (los albores de la telefonía móvil) y la escasa penetración de la misma nos ayudan también a ubicarnos, en ausencia de fechas concretas y acontecimientos históricos que nos den más pistas. 

Ilustración de Blake Loosli [fuente]

Puede decirse, así, que No es país para viejos es una novela que se va creando a medida que se lee, y los lectores vamos construyendo en nuestra mente las imágenes de personajes, escenarios y trama valiéndonos de los datos que el autor nos va entregando (por ejemplo, no conoceremos la complexión física de Moss hasta que este entre en una tienda a comprar ropa y diga sus tallas). Porque la historia comienza in media res, durante la cacería de Moss, y sólo después iremos descubriendo que está casado con Carla Jean, una joven de 19 años, con la que vive en una caravana; que es veterano de guerra, que es soldador, que está "jubilado" y que es alto y de complexión media tirando a fornido. 

Al igual que no estamos ante una historia de buenos y malos, Moss tampoco es un héroe. Ni siquiera un referente, alguien con quien poder identificarnos. Es un personaje gris, sin rostro, casi un esbozo. Un hombre cuya historia para nosotros comienza en un desierto, del que no sabremos mucho más al terminar la novela de lo que sabíamos al leer la sinopsis, y con el que Cormac MacArthy no parece desear que empaticemos, como si fuese un simple vehículo de la trama y no su actor principal. Tal vez deseaba que la protagonista fuese la atmósfera agobiante, opresiva, tensa y de desesperación de la que hablaremos. 


El sheriff Bell, que desgrana sus pensamientos y sus recuerdos en primera persona al comienzo de cada capítulo, desarrollando un monólogo interior paralelo a la trama principal. El sheriff hace memoria, narra episodios de su vida, reflexiona y da su opinión sobre la transformación social que sufre su país, sobre el aumento de la criminalidad, la escalada de violencia, con los cárteles de la droga cada vez más sanguinarios, y la fatiga que él arrastra, que le dificulta cada vez más el desempeño de su función como garante de la ley (dando sentido al título de la novela). Narrando en tono crepuscular, confiesa un hecho de su vida, ocurrido hace muchos años, que le atormenta, le avergüenza y le obsesiona desde entonces, aprovechando el autor para arremeter, en boca de su personaje, contra la hipocresía y el cinismo de la sociedad estadounidense y su ausencia de moral. En resumen, el eterno tema de la caída de América.

«Yo creo que si uno fuera Satanás y estuviera buscando algo que hiciera doblegar a la humanidad probablemente la respuesta sería las drogas. Quizá se le ocurrió a él. Lo comenté el otro día mientras desayunaba y me preguntaron si yo creía en Satanás. Y yo dije Hombre, es que no se trata de eso. Y dijeron Ya, pero ¿crees o no? Tuve que pensarlo. Creo que de chico sí creía. Hacia la mitad de mi vida esas creencias se habían diluido un poco. Ahora vuelvo a inclinarme del otro lado. Satanás explica muchas cosas que de lo contrario no tienen ninguna explicación. O no la tienen para mí al menos.»

En el Sheriff Bell observamos un sentido del deber y del honor. Su oficio tiene tradición en la familia y se siente responsable de los ciudadanos de un condado «del tamaño de Delaware». Este sentimiento de obligación, de cumplir con el deber propio, de hacer lo que se espera de uno, aún no siendo correcto, parece invadir a todos los personajes, creando una sensación opresiva de predestinación, de inexorabilidad, de fatalismo, como si no fueran dueños de su destino.

Siguiendo en esta línea, y a diferencia del resto de personajes apenas bosquejados, destaca entre todos el antagonista de Moss, el asesino Anton Chigurh, que se eleva como el personaje más elaborado por el autor y también como el más fascinante del libro.

Un clásico de las reediciones en formato bolsillo:
ponerles de portada el cartel de la película

Contando con una descripción física, lo que lo diferencia de otros personajes (alto, moreno de cabello y piel, de rasgos y acento de origen indefinido, con unos ojos azules y fríos como el lapislázuli), representa a un ángel exterminador impersonal, implacable, frío, calculador y metódico en el asesinato, que ejerce concienzudamente, sin recrearse ni mostrar sentimiento alguno, ni de placer ni de remordimiento. Armado con una escopeta de gran calibre silenciada con un dispositivo casero y con un perno cautivo para ejecutar reses, roba el plano al resto de participantes en el drama y encarna la atmósfera de violencia irracional y de desesperanza que Cormac Mccarthy desea transmitir con el conjunto de No es país para viejos. Un profesional de la muerte al que sólo se puede caracterizar como un auténtico psicópata.

«Desde el umbral disparó dos veces más a través de la pared del baño y luego entró empuñando la escopeta a la altura de la cadera. El hombre estaba desplomado sobre la bañera con un AK-47 en la mano. Lo había alcanzado en el pecho y el cuello y sangraba profusamente. No me mate, dijo con un hilo de voz. No me mate. Chigurh se echó hacia atrás para que no le alcanzaran fragmentos de cerámica de la bañera y le disparó a la cara.»

Porque como ya dije la atmósfera es uno de los componentes principales de esta obra. Si habéis visto La huida (The Getaway) de Sam Peckinpah, Traffic de Steven Sodenbergh o El mariachi de Robert Rodriguez sabréis a qué me refiero: esa ambientación opresiva, angustiosa, que transmite tensión e incomodidad, en la que creemos sentir el aire denso, caliente e inmóvil pesando sobre nosotros, sin una gota de brisa. Al igual que en la citada película del maestro Peckinpah, Moss lleva a cabo una huida hacia adelante en la que el círculo de sus perseguidores se estrecha cada vez más, sus salidas se van reduciendo y su integridad física se reduce, con numerosos golpes y heridas causados por caídas y disparos. 

Una portada muy noir, de johnshine [fuente]

Y es que, como anticipé arriba, las dosis de violencia en esta novela son muy altas. En todas sus formas. Tanto la física (barra libre de tiroteos y asesinatos, incluidos a sangre fría, muchos por cortesía de Chigurh) como ambiental, pues todo el entorno es áspero, inhóspito, desagradable. Incluso los diálogos son tensos, llenos de respuestas ambiguas, como si los personajes se tanteasen continuamente y pareciesen no confiar en sus interlocutores o no deseasen mostrar sus verdaderos pensamientos [para entendernos, y como gallego lo digo, por momentos parecen diálogos entre gallegos]. Por cierto que, entre toda esta violencia, los mexicanos no salen demasiado bien parados, pues por parte de los policías texanos aparecen como causantes de todos los altercados:

«Hay días en que me dan ganas de devolverles este maldito lugar, dijo el sheriff.
Te entiendo, dijo Bell. Cadáveres en las calles. Los comercios acribillados a balazos. Los coches de la gente. ¿Cuándo se ha visto una cosa igual?
¿Podemos ir a echar un vistazo? 
Sí. Podemos.
La calle estaba aún acordonada pero no había gran cosa que ver. La fachada del hotel Eagle estaba acribillada y había cristales rotos en la acera a ambos lados de la calle. Neumáticos y cristales reventados de los coches y agujeros en la plancha con pequeños círculos de acero desnudo alrededor. Habían remolcado el Cadillac y barrido los cristales y limpiado la sangre a manguerazos.
¿Quién crees que era el que estaba en el hotel?
Algún camello mexicano.»

Cartel de inspiración retro para la versión
 cinematográfica de la que también hablaremos

Para acentuar esta sensación de huida frenética, desbocada, Cormac McCarthy recurre a un truco narrativo (desconozco si es su estilo habitual, es el primer libro suyo que leo) muy curioso: frases cortas, sin apenas usar comas (no exagero cuando afirmo que he contado hasta diez páginas sin ellas) que reemplaza por la conjunción «y», lo que le otorga sensación de continuidad, y sin emplear descripciones. 

«Luego se inclinó y abrió su bolsa de viaje y sacó una camisa y cortó una manga con las tijeras y la dobló y se la metió en el bolsillo y devolvió las tijeras a la bolsa de la Cooperativa y abrió la puerta y se apeó con dificultad, levantándose la pierna herida con las dos manos bajo la rodilla.»

La narración se limita a contar lo que ocurre, todo el resto de la información se entrega a través de los diálogos, que están compuestos de frases cortas, normalmente de una o dos líneas, salvo excepciones. Para describir un lugar o una escena, en ocasiones prescinde de los verbos, lo que tiene incluso tintes poéticos:

«Luces en la calle. Largos bancos de nubes de un rojo mate avanzaban movidas por el viento en el oeste casi oscuro. Tejados en un horizonte urbano bajo y escuálido.»
«Hacia el este una luz granulosa. Sobre los cerros negros más allá de la ciudad. El agua se movía bajo el puente oscura y lenta. Un perro en alguna parte. Silencio. Nada.»

Este estilo telegráfico crea un ritmo muy veloz, tan propio de las novelas pulp como las que ya analizamos en el pasado, que desemboca en una lectura muy ágil. Por tanto, la considero una novela recomendable, al menos para los amantes de la novela negra más contemporánea y para aquellos que disfrutan de un buen thriller que se lee a toda velocidad y al que no le faltan emociones y mucha acción, pero que además no está hueco, sino que contiene una reflexión de calado sobre la violencia, la toma de decisiones y el libre albedrío.  

La película:

Apenas dos años después de su publicación, los hermanos Joel y Ethan Coen dirigieron su adaptación cinematográfica, que supuso un éxito arrasador en crítica y taquilla, unificando los parabienes de público e industria. 


Contó con un reparto de auténtica excepción: Josh Brolin como Llewelyn Moss, Woody Harrelson como Wells, el gran veterano Tommy Lee Jones como Sheriff Bell; y como revelación y salto definitivo a Hollywood:



El español Javier Bardem como Anton Chigurh, que al igual que en la novela se convierte en el personaje de mayor carisma y envergadura. Escogido por los hermanos Coen por su fisonomía y por sus rasgos, Bardem no estaba seguro de poder encarnar el personaje: la anécdota afirma que les dijo a los directores «no sé conducir, no hablo bien inglés y odio la violencia», a lo que estos le respondieron que precisamente por todo ello lo eligieron. Como fuese, Anton Chigurh con el gesto adusto de Javier Bardem, su peinado «al tazón» estilo mod y su inseparable bombona de aire comprimido escaló de forma fulgurante al Olimpo de la cultura popular, de la que ya es un icono:

Cuando sales en Los Simpson sabes que lo has logrado

La película ganó tal cantidad de premios que mejor os dejo la lista completa de IMDB, pero entre ellos destacan  4 Óscar (Mejor película, Mejor Director, Mejor Actor secundario (Bardem) y Mejor Guión adaptado), 2 Globos de Oro (Mejor Película, Mejor Actor secundario), 3 Bafta y 2 Screen Actors Guild Awards. Todo un espaldarazo para el actor español, favorecido por uno de esos papeles de malo que gustan tanto o más que su némesis, como Darth Vader o el Joker.

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- La carretera

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4 comentarios:

  1. Adore la pelicula, es bravisima. El libro quiero leerlo!

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    1. Seguro que te gusta, porque la película es una adaptación muy fiel. Me gusta el cine de los hermanos Coen desdde la ya lejana "Arizona Baby"

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  2. Si bien tu post tiene relación con el reto de las 12 novelas negras y/o policiales, creo que no es un detalle insignificante la famosa incursión de este autor en la ciencia ficción que tanto amamos (bueno, ligeramente nombraste aquí "La Carretera"), puesto que aparte de su pesadilla posapocalíptica, tengo entendido que también Cormac escribió un libro sobre clones, Respecto a la peli, no logró cautivarme tanto; además, si bien me encanta como actor Bardem, considero inmerecido el Oscar que le dieron (ha tenido mejores actuaciones). Por cierto, te dediqué unas palabras en mi última entrada en el Cubil.

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    1. Precisamente "La carretera" es la próxima lectura que espero hacer de este autor, aunque no vi su adaptación cinematográfica, porque me sorprende la variedad de temas que trata Cormac McCarthy. El cuanto a la adaptación de "No es país para viejos" a mí me gustó bastante, sobre todo por la ambientación y esa atmósfera de aspereza. Aunque Bardem también me gustó en "Mar adentro", sobre todo por ser una historia tan cercana a Galicia, Me paso a ver tu entrada Elwin.

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