11 de febrero de 2018

Tantrum: una revista de bolsillo a precio de bolsillo

En estos tiempos difíciles de sobreoferta y de «todo gratis», cada proyecto literario que nace es un destello de ilusión, de valor y, por qué no, también de locura. En este caso, una locura maravillosa en la que, además, estoy involucrado. Un proyecto que nace por amor a la literatura popular, por lo que tomará la forma que la ha acompañado desde sus orígenes: el libro de bolsillo. Y, para que quepa en cualquier bolsillo y sea realmente popular, llega a un precio también al alcance de cualquier bolsillo. 

Revista Tantrum
La revista Tantrum, cuyo primer número sale en marzo de 2018, es una revista de relatos de género fantástico, que se edita tanto en formato físico como electrónico. En papel, es un libro de bolsillo, en tamaño A6, con 96 páginas y lomo encolado, que incluye un juego de tablero en la contraportada. Este primer número incluye tres relatos, de los tres autores que están detrás de esta iniciativa sin ánimo de lucro. 

Sí, como suena. Tantrum nace con la sana intención de cubrir gastos (imprenta, distribución, gestiones...) y no perder dinero. Así de difícil está el mercado. Ya os dije que era una locura maravillosa. Pero aquí hablamos de la otra intención, de la importante: ofrecer tres relatos, material de lectura, entretenimento, ocio, distracción. Amenizar un trayecto en autobús o una espera en el aeropuerto, llenar un tiempo muerto entre clases o ayudar a sobrellevar una gripe inoportuna. Para eso está la literatura popular. Y por eso es tan pequeñita (de alto, que de grueso son 96 paginazas) y cada relato trae una indicación con su tiempo estimado de lectura, porque Tantrum es una revista para llevar, «take away» si eres millenial.

El primer número contiene como dijimos tres relatos, con tres diferentes formas de entender la Ciencia-Ficción.

Tantrum relatos

Mesa, de Santiago Eximeno, es una historia enfermiza sobre la deshumanización y la cosificación del ser humano, con la reducción de unas personas por otras a la categoría de objetos, en una relación de poder y dominación, pero con una mirada atípica, despojada del componente erótico-sexual que suele ir parejo a esta temática.

Cántico para una ciudad enferma es mi aportación a la revista. Hasta hace bien poco, desconocía los términos Cassette futurism y Formicapunk pero, para los amantes de las etiquetas, le irían bien para categorizar este relato. Es una historia de Ciencia-Ficción retro, inspirada por la canción La ciudad en movimiento de la banda de música electrónica Aviador Dro. Me ha quedado bastante distópica y me divertí mucho escribiéndola. Comencé escuchando la canción diez o doce veces y terminé escuchando mixes de Synthwave en Youtube, y en esas sigo, así que, entre una cosa y otra, habrá más retrofuturismo en lo sucesivo.

La casa azul, de Sam GC, es un relato psicológico de atmósfera angustiosa que mezcla el terror con giros argumentales a lo Philip K. Dick, vamos, en los que se confunden lo real y lo mental u onírico, hasta dudar cuáles son los acontecimientos reales y cuáles los infundados.


Todas las ilustraciones son de Cristófol Pons, tanto las portadas como las interiores. El primer número incluye una entrevista a este ilustrador.

Tantrum ilustraciones


¿Cómo y dónde se puede conseguir Tantrum?


Tantrum estará disponible en las pricipales librerías especializadas de España, pero puedes recibirla en casa, en pijama y con las zapatillas de cuadros, que estamos en 2018. Para eso puedes suscribirte o hacerte mecenas, que es la mejor manera también de apoyar la iniciativa.

La periodicidad de la revista será trimestral, con números en marzo, julio y noviembre.


Hablemos de dinero:

- Cada número de Tantrum se puede adquirir por 5 euros en formato papel (4 euros más gastos de envío a domicilio) o por 1 euro en formato electrónico. El ejemplar digital no tiene DRM, que es tuyo y hacer con él lo que quieres. Sabemos que eres buena gente.

- La suscripción anual (tres números) cuesta 15 euros, e incluye los tres números de la revista en papel con envío a domicilio, más los tres números de la revista en digital. Y además, el ebook Obituario privado de Santiago Eximeno, en una nueva edición revisada y ampliada del libro original.

Suscribiéndote, te aseguras el precio de 5 euros por número, con independencia del PVP. Es decir, si un número es un extra de 160 páginas y en consecuencia tiene que valer más, a ti seguirá costándote lo misno.

-El pack mecenas, por 30 euros, contiene lo mismo que la suscripción, y además: el ebook Matar a la suegra, de Sam GC; un libro con las cuatro primeras novelas de Leyendas del Colt, de Kenneth James, con una nueva portada exclusiva; una taza o una camiseta de Tantrum (a elegir) y tu nombre en la revista.



Tantrum en las redes:

Podéis suscribiros y encontrar más información en la web de Impresiones Privadas y en los perfiles de la revista en las redes sociales.

Web: Impresionesprivadas.com
Twitter: @revista_tantrum
Facebook: /impresionesprivadas
Instagram: @impresionesprivadas


Y como siempre se agradece probar el producto antes de comprarlo («try and buy» para los amantes de los anglicismos antes mencionados) tenéis disponibles unas cuantas páginas de cada relato para leer de forma totalmente gratuita en un archivo PDF:

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7 de febrero de 2018

La noche del jaguar, de Jorge R. del Río: La jungla urbana

Nueva York, julio de 1987. Mientras la Gran Manzana atraviesa una ola de sofocante calor, sus calles también se calientan con la inminencia de una guerra por el control del narcotráfico, que amenaza con teñirlas de sangre. Una sucesión de violentos crímenes que obliga al teniente Christopher Dubois, de la brigada de Homicidios, y a su compañera la detective Pamela Garofalo, a unir fuerzas con la D.E.A. para intentar controlar la situación antes de que ésta se desborde. Daniel Roerich, el investigador privado, tiene un nuevo cliente. Irena Suárez, una mujer tan enigmática como fascinante, que le contrata para hallar a su hermano desaparecido: un hombre proveniente de Centroamérica, envuelto en el misterio… y el peligro. ¿Cuál es la relación entre ambos casos? ¿Qué nexo los vincula con las horrendas muertes de miembros de la mafia neoyorquina, que parecen obra de una fiera salvaje? Un regreso al universo de Sangre bajo la luna, creado por el maestro de la literatura popular, Lem Ryan. Un thriller sobrenatural que continúa con la estela dejada por «Vendetta Sangrienta» de José Antonio Herrera, «Natividad de sangre» de Jorge R. Del Río y «No salgas de noche» de Julio M. Freixa.

La noche del Jaguar - Jorge R. del Río

La noche del Jaguar es la nueva novela de Jorge R. del Río y, por el momento, la última de la serie Sangre bajo la luna, inspirada por la novela homónima de Lem Ryan, un universo compartido por tres autores -del que hemos comentado todas las entregas anteriores salvo No salgas de noche del gran Julio M. Freixa- y publicado por el sello Arachne.

Estamos de vuelta en Nueva York, ahora en julio de 1987, por lo que han pasado dos años desde Vendetta sangrienta, que transcurría en julio de 1985. Y cada vez parece más claro que el universo de Sangre bajo la luna no es un conjunto de películas de los 80. Es una serie de televisión. Tal vez no una de gran presupuesto, sino una de aquellas producida por una network de cable, de las que en España echaban por la segunda cadena a media tarde. Una serie «de polis» con su sintonía a base de sintetizadores, guitarras eléctricas lanzando armónicos y percusiones electrónicas. De las que ahora llaman procedimentales porque, en cada capítulo, los protagonistas resuelven un caso siguiendo más o menos las mismas pautas. Aquí, casos teñidos de peligrosos elementos sobrenaturales.

La noche del jaguar recupera una vez más a los protagonistas de la serie, el teniente de homicidios de la Policía Metropolitana de Nueva York Christopher «Frenchie» Dubois y el detective privado Daniel Roerich, ahora con la detective Pamela Garofalo, compañera de Dubois. No faltan los secundarios que ya conocemos de entregas anteriores y habituales de este universo compartido: Dora, secretaria y amante de Roerich; el capitán Blackstorm, el perpetuamente enojado jefe de Dubois y Garofalo, uno de nuestros clichés preferidos de las películas de polis; y los gángsters italianos de las familias que recordamos también de Vendetta sangrienta y Natividad de sangre: los Gabino y los Genovesse.

Si Dubois y Roerich (y la mafia italiana) ya se habían enfrentado hasta el momento a vampiros, hombres-lobo y sectas esotéricas, ahora Jorge del Río añade colorido y exotismo a la serie con la inclusión del siempre atractivo vudú y de un elemento de la mitologías mesoamericanas precolombinas: el hombre-jaguar. Todo ello inserto en una trama de narcotráfico y lucha entre mafiosos por el control de las drogas en los bajos fondos de Nueva York.

Como ya es propio de la obra de Jorge del Río en particular y de la serie Sangre bajo la luna en general, La noche del jaguar tiene un planteamiento y un enfoque que buscan la complicidad del lector, jugando con sus conocimientos previos, ofreciendo las situaciones reconocibles que el aficionado a la cultura de masas espera encontrar: la visita a la morgue, la conversación con la forense (que siempre tienen que empezar con los polis preguntando «¿qué tenemos?»), las broncas del capitán Blackstorm, la conversación de barra de bar entre Dubois y un viejo colega, en este caso el ahora agente de la DEA Jack Yates, las resacas de Roerich en su casa-despacho, la visita de Dubois y Garofalo a los gangsters en su restaurante italiano mientras comen... escenas que hemos visto miles de veces y en las que casi podemos anticipar los diálogos, porque en el fondo somos como niños que queremos escuchar nuestro cuento favorito una y otra vez.

El gran acierto de Jorge del Río es mantener la claridad expositiva en el caos. La noche del jaguar, como el resto de títulos de la serie, es rico es escenas tumultuosas, como peleas grupales e irrupciones en locales de bandas mafiosas que terminan en tiroteos multitudinarios. El autor logra que sepamos dónde está cada personaje y qué está haciendo en cada momento, con un buen control del escenario y de la diégesis de la acción.

En esa línea, y con su espíritu popular por delante, La noche del jaguar es una novela no demasiado extensa y con un ritmo narrativo alto. La tensión se mantiene durante todo el texto y, dentro de su sencillez, reserva un par de giros argumentales imprevistos que le dan un punto extra de interés y de emoción.

En esta ocasión, Roerich y Dubois deberán emplearse a fondo en su investigación, de la que saldrán bastante maltrechos y contusos, aunque también con interesantes nuevos aliados como la citada Pamela Garofalo o el enigmático anticuario Benjamín Slaughtern, un personaje muy atractivo que puede dar mucho juego en futuras entregas de la serie.

En la nómina de villanos, tenemos una colorista banda de jamaicanos con un líder, Priest, que es fácil imaginar con la apariencia de Wesley Snipes en Blade, y una hechicera que permiten al autor jugar con el vudú. Que aquí, por supuesto, es real y funciona. Tanto el vudú como el hombre-jaguar, un mito mesoamericano poco conocido aquí en Europa pero homólogo al hombre-lobo y otros similares, dan a La noche del jaguar una vuelta de tuerca frente a las entregas anteriores, y hacen preguntarse a qué más horrores obligaran a enfrentarse los autores de Sangre bajo la luna a los sufridos «Frenchie» Dubois y Roerich, que a estas alturas ya son dos viejos conocidos con los que es muy sencillo empatizar.

Como siempre, recordar que la ausencia de censura permite que los niveles de erotismo y violencia sean elevados, así que no faltan escenas de sexo, con femmes fatales como la ecuatoriana Irena Suárez, o de cuerpos acribillados a tiros, desmembrados o descuartizados. Si bien no cae en excesos gratuitos, La noche del jaguar, como el resto de la serie, es un hard-boiled desprejuiciado. 

La novela de Jorge R. del Río consolida también el universo compartido en el que se ambienta, en cuanto desarrolla subtramas que implican a las familias mafiosas Gabino y Genovesse, que permiten ver hasta dónde se extienden su poder y sus influencias, y que pueden ofrecer nuevos hilos argumentales a los autores de la serie.

Así, la serie de Arachne da un buen paso adelante en su televisiva (a 625 líneas) Sangre bajo la luna con este nuevo volumen, que reafirma también la trayectoria de Jorge R. del Río como autor de literatura popular.


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24 de enero de 2018

Séptimo de Burrería 1 - Terence Hill y Bud Spencer: el Western a mamporros

Hasta bien entrados los años 60, el Western fue el género rey del entretenimiento popular. Cine, series y películas para televisión, seriales radiofónicos, novelas, revistas, cómics, juguetes... Hasta que el público se cansó. El mercado estaba sobresaturado: en la tele estadounidense llegaron a emitirse a la vez más de cincuenta series del Oeste y los gustos estaban cambiando. No es que el Western perdiera su popularidad de golpe, pero sí que se reinventaba y entraba en una larga y dulce etapa crepuscular que aún dura hoy día.

Bud Spencer y Terence Hill

Una parte activa y muy importante de esta reinvención llegó de Europa, concretamente de Italia y España -y en menor medida Alemania-, y se bautizó -al principio de forma despectiva, pero después como simple calificativo- como Spaghetti Western, aunque muchos prefieren los términos Western europeo o Eurowestern. Un cine que contrastaba con el estadounidense por sus ambientaciones, mucho más sórdidas, sucias y desmañadas, y por sus historias, donde no había héroes ni grandes gestas, sino robos, venganzas, disputas por botines escondidos en pueblos fronterizos y traiciones entre rufianes y canallas. 


Pero, por encima de todo, el sello de identidad del Spaghetti Western era su elevado nivel de violencia. En algunas películas los muertos se contaban por docenas y no era extraño que mostrasen explosiones de dinamita, ametralladoras Gatling, accidentes de ferrocarril, tiroteos masivos o cualquier otro elemento que pudiese disparar las cifras del killcount.  

Y el público se cansó otra vez. Demasiada violencia. Aunque hubo un director, Enzo Barboni (por mucho que firmase como E.B. Clucher), que tuvo una idea: hacer películas violentas, sí, pero una violencia divertida, inocente, para todos los públicos. Un Spaghetti Western humorístico. El Slapstick de toda la vida. Con dos personajes antitéticos. Una película de contrarios condenados a entenderse. La Buddy Movie de toda la vida también. Sin saberlo, estaba creando un filón y un género que habría de hacer reír a dos generaciones enteras. Un cine con nombre propio: «las películas de Terence Hill y Bud Spencer», de las que el propio Barboni, por cierto, dirigiría un buen número.

Terence Hill (Mario Girotti) y Bud Spencer (Carlo Pedersoli) habían trabajado juntos en tres Spaghetti Westerns dirigidos por Giuseppe Colizzi, un realizador bastante regulero: Tú perdonas... Yo no (Dio perdona... Io no, 1967), Los cuatro del Ave María (I quattro dell'Ave Maria, 1968) y La colina de las botas (La collina degli stivali, 1969). La trilogía de Colizzi es algo mediocre, incluso como Spaghetti, y en la tercera entrega intentaba introducir el humor como revulsivo, aunque con escaso acierto.

Le llamaban Trinidad

Pero con Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità) estrenada en 1970, el trío Barboni-Hill-Spencer dio con la fórmula exacta: una combinación de humor, aventuras y autoparodia del Spaghetti Western. Con ella quedó inaugurado oficialmente el Western cómico y el western europeo dio un giro, paradójicamente hacia su pérdida de prestigio y paulatina desaparición. Fue tal su éxito que se intentó aprovechar el tirón con secuelas y precuelas apócrifas (práctica, por otra parte, muy extendida en el cine de exploitation). Por ejemplo, La colina de las botas se reestrenó en algunos países con el título Vamos a matar con Trinity, y muchas cintas llevaron títulos como «Le llamaban...» o «Y le llamaron...». Una película de 1972 (también de Barboni) que sólo contaba con Hill y no tenía relación alguna con la original fue titulada Y después le llamaron El Magnífico (E poi lo chiamarono il magnifico), así que para muchos es la tercera de la trilogía, pese a no serlo.

Le llamaban Trinidad sienta las bases de lo que será el universo cinematográfico Hill-Spencer. Un actor (Hill) y un deportista metido a intérprete (Spencer, nadador y waterpolista olímpico, nunca se consideró a sí mismo actor) que, en sus propias palabras, no discutieron ni una sola vez en su vida, y que se repartieron unos roles que repetirían una y otra vez a lo largo de diecisiete películas conjuntas.

Terence Hill interpreta a Trinidad, que aparece en escena con toda una declaración de intenciones: cubierto de polvo, descalzo y desharrapado, dormitando tendido sobre un travois indio arrastrado por su caballo que tanto pasa sobre un pedregal que sobre un arroyo sin que su amo se inmute, al son de la música de Franco Micalizzi, con la melodía silbada, faltaría más, por Alessandro Alessandroni, el gran silbador de las BSOs de Ennio Morricone. Bud Spencer es El Niño (Bambino, en el original), su hermano, un cuatrero que se hace pasar por sheriff en un pequeño pueblo mientras espera a sus compinches para dar un gran golpe y hacerse con una valiosa partida de caballos. Y aquí entra un elemento común a todas las películas del dúo: Terence llega para alterar la tranquila vida de Bud, para fastidiarle los planes y para enredarlo en sus propios líos. Y, como siempre, para poner a prueba la infinita paciencia del gigantón, tanto directamente (haciendo todas las cosas que sabe que le sacan de quicio) como a través de terceros. Lo cual suele derivar en las habituales ensaladas de tortazos que tanto nos hacían reír de pequeños y, para qué engañarnos, que nos hacen reír todavía.

Bud Spencer
Comilonas de judías

En este reparto de roles, Terence Hill siempre era el pícaro inquieto y Bud Spencer el buenazo de paciencia casi infinita y carácter apacible, que se ganaba enseguida el cariño de los niños y de los ancianos. Uno de los gags preferidos era el momento en el que Hill lograba al fin acabar con la paciencia de Spencer y debía huir de su ira, que siempre era terrible cuando se lograba hacerle enfadar.

Además de ser el grano en el culo del bueno de Bud, Terence siempre era el galán, y en ninguna de las cintas del dúo falta su interés romántico en forma de mujer atractiva (rubia por norma general). Aquí, las dos hermosas hijas de un patriarca mormón.

Lo que nos lleva al siguiente elemento común en el cine Hill-Spencer: por mucho que sus personajes sean truhanes, buscavidas o rufianes, siempre terminaban haciendo de justicieros y defendiendo a un colectivo de inocentes desvalidos frente a un grupo de desaprensivos que los extorsionan. En este caso, una comunidad de pacíficos mormones, contrarios -por su fe- al uso de la violencia, que son expoliados por una banda de bandidos mexicanos.

Esta labor justiciera, parodia, homenaje o simple continuidad de la vieja historia del justiciero solitario que tantas y tan buenas historias ha dado al western (Shane, Los Siete Magníficos, El jinete pálido...) nos lleva a otro lugar común para la pareja: sus planes de lucrarse, ese negocio con el que esperan hacerse ricos y que siempre es su motivación en la trama, se frustra en favor de sus defendidos, y terminan la aventura tan pelados como la comenzaron.

La autoparodia del eurowestern en Le llamaban Trinidad se extiende con las hipérpoles de todos los clichés del género. Trinidad (¡la mano derecha del Diablo!) es el pistolero más rápido del Oeste. Tanto que enfunda y desenfunda a cámara rápida y, cuando dispara, acierta hasta de espaldas y sin mirar. El Niño (¡la otra mano derecha del Diablo!) nos deja las clásicas peleas en el saloon, pero al estilo Bud Spencer, esto es, él contra un montón de malos, desplegando su amplio repertorio de mamporros, que en cada barrio bautizábamos a nuestra manera: el martillo pilón, el molinillo, el bofetón a mano abierta o el aplauso de orejas a dos manos.

Terence Hill
... y más judías

Le llamaban Trinidad nos legó un icono que asociamos desde entonces con el cine de vaqueros y con las películas de Hill y Spencer: los atracones de judías directamente de la sartén. Pero también momentos memorables como el líder mormón justificando el uso de la violencia con un pasaje del Eclesiastés, a El Niño zurrando al jefe mexicano que lo confunde con un manso mormón, Trinidad huyendo de la vida marital o, por supuesto, la gran pelea final multitudinaria, que no podía faltar en ninguna cinta del dúo.

Estas peleas, perfectamente coreografiadas, tardaban hasta una semana en ser rodadas, y en ellas Hill y Spencer desplegaban todas sus artes. Bud repartiendo guantazos a todo el que se cruzaba en su camino (siempre había un recalcitrante que volvía una y otra vez a la carga) y quitándose de encima a un montón de rivales que se le echaban encima a la vez; y Terence haciendo acrobacias (se le daba bastante bien la barra fija) y golpeando a sus rivales en la cabeza, en las manos o en los pies con los objetos que tuviese a mano: sartenes, cucharones, tablas,...

Las aventuras de Trinidad y su hermano El Niño tuvieron continuidad en dos secuelas, ambas dirigidas por Enzo Barboni:

Le seguían llamando Trinidad

Le seguían llamando Trinidad (Continuavano a chiamarlo Trinità), de 1971, donde Hill y Spencer repiten personajes y se hacen pasar por agentes federales para intentar capturar una considerable suma de dinero escondida en un monasterio. Al enredo se suman los auténticos agentes de la ley, una calamitosa familia de colonos -beneficiarios de la bonhomía de la pareja y, por supuesto, con una hija rubia y guapa para encandilar a Hill- y una congregación de frailes en el lugar de los mormones de la primera parte. Las escenas para el recuerdo fueron la comilona en el restaurante y la visita a la casa de los hermanos donde conocemos a su mamá y a su padrastro. Por lo demás insiste en las líneas abiertas por su predecesora, pelea final incluida.

Trinidad y Bambino, tal para cual (Trinità & Bambino... e adesso tocca a noi), de 1995, es la tardía tercera entrega oficial, dirigida por Barboni pero ya sin la pareja Hill-Spencer, pues los personajes son los hijos de los Trinidad y El Niño (Bambino) originales. Una curiosidad intrascendente que pasó desapercibida para un público con la atención puesta en otras cosas.

Tanto Terence como Bud volvieron al western. Terence Hill con películas correctas como la mentada Y después le llamaron El Magnífico, otras excelentes como Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno, 1973), y otras olvidables como la adaptación de Lucky Luke (1991) o las series de televisión Lucky Luke (1993) y Doc West (2009). Bud Spencer en cintas como En el oeste se puede hacer... amigo (Si può fare... amigo, 1972), Una razón para vivir y una razón para morir (Una ragione per vivere e una per morire, 1972) y Dos granujas en el oeste (Occhio alla penna, 1981).

Pero sus películas por separado nunca tuvieron el brillo de sus películas en pareja, ni su humor físico, ni sus gags reconocibles que todos esperábamos ansiosos, ni su manejo del Slapstick. El truco estaba en su química, en lo bien que congeniaban en pantalla (y fuera de ella: cuando murió Bud Spencer, Hill declaró que había fallecido su mejor amigo y que estaba desolado).

Por suerte, en 1994 y ya talluditos, aún nos dejarían un último saludo en el escenario: la anecdótica Y en Nochebuena... ¡se armó el Belén! (Botte di Natale), dirigida por el propio Terence Hill, su última cinta juntos y, la verdad, una curiosidad anacrónica para que disfrutemos los nostálgicos y los cinéfagos sin complejos.

Y en Nochebuena se armó el Belén

Como ya comentamos, el western cómico renovó el eurowestern, pero también lo mató. A partir de la dupla Le llamaban Trinidad - Le seguían llamando Trinidad las carteleras se llenaron de producciones cómicas de calidad muy dispar, el mercado volvió a saturarse y... el público se cansó otra vez. Da capo.

Por último, queda comentar un detalle muy curioso: la maestría de los italianos en el arte de copiar, les llevó ¡a copiarse a ellos mismos! Si el Spaghetti Western es un exploitation del western original, algún productor avispado tuvo la idea de hacer un exploitation de las películas de Terence Hill y Bud Spencer. ¿Y cómo? Pues tomando a dos actores que se les parecían y fusilando los argumentos de sus películas. Los elegidos fueron el estadounidense Paul Smith para hacer de Spencer y el italiano Michael Coby (Antonio Cantafora) para ser Hill. Para mayor similitud, emplearon a los mismos actores de voz que doblaban a los originales.

Si bien Paul Smith se asemejaba mucho a Bud Spencer, Michael Coby se parecía a Terence Hill como un huevo a una castaña, así que en los carteles se disimulaba usando retratos en vez de fotografías, o directamente echándole cara y usando una foto de Hill. Los italianos eran así. En cuanto a las películas, las dos primeras, Nos llaman Carambola (Carambola, 1974) y Les llamaban los hermanos Trinidad (Carambola, filotto... tutti in buca, 1975), aún colaron y se estrenaron en cines con buenas taquillas, pero en las tres siguientes el público ya estaba prevenido y fueron un fracaso total.

Paul Smith y Michael Coby
Michael Coby y Paul Smith, los sosias de Terence Hill y Bud Spencer

Por separado, Coby hizo mucho cine basura y mucha televisión, mientras que a Paul Smith, gracias a su físico, se le pudo ver en El expreso de Medianoche, de Robert Altman, o en Dune, de David Lynch, interpretando a «La Bestia» Rabban.

La trinidadexploitation no se quedó ahí, y podríamos citar títulos infames como Ninguno de los tres se llamaba Trinidad, pero lo cierto es que merece la pena dejarse de malas imitaciones y quedarse con los mejores, con los de verdad. Con los grandes. Con los inimitables.

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17 de enero de 2018

Saturno tamén é deus, de Uxía Casal: o escuro e o estraño

Nos catorce relatos que compoñen Saturno tamén é deus o descoñecido, a angustia, o medo e mesmo a morte aparecen como un elemento común, que asume unha condición protagónica e activa, con tal poder que son quen de converter os seres humanos en meros instrumentos dun xogo no que camiñan ás cegas polo fío que separa a loucura da cordura.
Catorce relatos de medo nos que a ben dosificada intriga ofrece unha conclusión sorprendente e inesperada que manterá a quen os lea coa sensación de non poder desprenderse deles.


Foi en 1997 que Uxía Casal publicara coa Editorial Galaxia a primeira edición de Saturno tamén é deus. Agora Urco Editora presenta esta nova edición do título, co valor engadido dunha coidadosa revisión por parte da autora e fornecida cun novo relato: «O pequeno Mario», que aparecera no volume Narradoras, publicado por Xerais no 2000.

A autora compostelá amósase nesta colección como depositaria privilexiada da tradición do relato estraño, do weird, do conto inquedante e escuro. Practica así un subxénero do terror pouco cultivado na literatura galega nos tempos da primeira edición, pero cunha acollida e unha popularidade moito maior hogano.

Na súa variedade, todos os relatos teñen compoñentes comúns. A nivel estructural, un desenvolvemento que mantén a tensión narrativa durante todo o texto e que precipita un final catárquico e imprevisto. A nivel temático, un terror nado no mundano, en escenarios e situacións cotiás que non precisan de elementos fantásticos -malia que tamén os haxa- para estarrecer, pois baseanse no horror procedente do noso interior, na verquente escura da natureza humana.

Por Saturno tamén é deus pasan todos os nosos medos: a morte, abofé, e tamén a señardade, a caída na tolemia, o abandono e a perda dos seres prezados, a incomprensión, a enfermidade... neste aspecto os relatos de Uxía Casal son un exercizo de introspección psicolóxica, cunha salientable definición dos personaxes mediante a súa psique e as súas motivacións. Algo sempre difícil de acadar en relatos de doce páxinas de extensión media. Este traballo dedicado cos personaxes ven favorecido polo emprego das voces narrativas, primeira ou terceira segundo o relato, mesmo en forma de diario («O silencio») ou de testemuño enmarcado («O soño de Don Froilán»).

A colección queda encadrada polo primeiro e derradeiro relatos, «Accidente» e «Por que non queren escoitarme?», protagonizados polo mesmo personaxe. Ambos os dous transmiten unha fonda sensación de futilidade, de nihilismo, o primeiro -ademáis do polo seu retrato da soidade moderna, propio dun cadro de Edward Hopper- polo seu desenlace cruel, e o segundo pola súa atmósfera kafkiana e abafante.


En Saturno tamén é deus hai do mesmo xeito relato policíaco («O soño de Don Froilán»), historias de terror gótico e monomanías («O trebón»), terror weird que semella tirado dun vello número da revista Creepy («Xogo de nenos»), horror macabro con concesións ao gore («Gaivotas de interior»), contos con compoñente sobrenatural («O patio de Carmiña» e «A voda de Elías») e unha peza de ourive, «O pequeno Mario», que xoga coa crueldade inherente á nenez, desquiciada cunha volta de porca nun final no que o lector debe construir o resto da historia que fica sen relatar.

Porque velaí outro feito propio do estilo de Uxía Casal: a sensación de que as historias non quedan contadas polo miúdo, senón que precisan da proactividade do lector para encher os ocos do omitido á mantenta.

No apartado formal, a autora emprega un estilo narrativo moi coidado, agradecido, que proporciona unha lectura pracenteira. No traballo de revisión puiu cada detalle e a narración desenvólvese con claridade e concisión, amosando una notábel capacidade de síntese e un grande acerto na adxectivación, acadando a meirande expresividade sen que a condicionen as limitacións de espazo do formato.

Poderiamos dicir que hai vinte anos Uxía Casal introduciu na literatura galega un xeito de escribir terror no que se cren adiviñar dende os clásicos do horror gótico (sexan Poe ou Chambers), grandes nomes do weird como Robert Bloch ou Robert Aickman e retallos do cine de Alfred Hitchcock. Fronte a fría acollida daquel tempo, á fin o público galego está preparado para a desacougante ollada ao escuro interior da ialma humana dos catorce relatos de Saturno tamén é deus.


Saturno tamén é deus pódese mercar na web de Urco Editora.

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11 de enero de 2018

El espectro del abad: el terror de Louisa May Alcott

El espectro del abad apareció en The Flag Of Our Union en 1867, y es uno de los thrillers más largos que LMA (Mujercitas) escribió, y de los pocos en los que el elemento sobrenatural, al principio meramente estético, queda sin explicación racional.

Reunirse en Navidad es el pretexto que congrega a un grupo de personajes en la antigua abadía, ahora convertida en mansión. Cada uno tiene que lidiar con los problemas propios de su posición: una herencia, un compromiso… Todo queda relegado para juntarse en torno al hogar y contar historias de fantasmas. Pero, lo que empieza como un mero entretenimiento, acabará en tragedia…


La edición de El espectro del abad por parte de Pulpture Ediciones tiene un doble valor. Por una parte, supone el lanzamiento de su nueva colección Almaya, en la que verán la luz obras inéditas en castellano de clásicos de la literatura de terror y fantasía que no tienen cabida, por época de origen, temática o estilo, en sus líneas actuales como Costas de Carcosa o Penny Dreadful. 

Por otra, es la primera traducción al castellano de una obra de Louisa May Alcott que permanecía inédita en nuestro país, y que nos acerca a los lectores hispanohablantes a una faceta poco conocida, pero fascinante, de la autora estadounidense, célebre sobre todo por sus novelas juveniles como Mujercitas, Hombrecitos, Los muchachos de Jo o Los primitos

Y aquí entra en juego el breve pero completo estudio que acompaña a la novela, obra del traductor Óscar Mariscal, que aporta una jugosa información sobre la autora: Louisa May Alcott escribió, por necesidades económicas, novelettes de terror por entregas, que ella llamaba «sus historias de sangre y truenos» y que firmaba con seudónimo. En este caso, como A.M. Barnard.

Pero el hecho de escribir por encargo no significaba, para la autora, escribir sin interés, y El espectro del abad, publicada originalmente en 1867 en cuatro entregas, es una perfecta muestra de ello. Estamos ante un relato de terror gótico, que contiene todos los elementos propios del género y que gana enteros gracias, precisamente, a su ajustada extensión de 126 páginas. 

El planteamiento de Alcott es notablemente teatral: un único escenario cerrado, pocos personajes y una abundancia de diálogos que ofrecen al lector toda la información por boca de los actores. Por razones de espacio, las descripciones se reducen al mínimo y los adjetivos son pocos pero escogidos, buscando concentrar la mayor carga semántica posible en una única palabra. 

Detalle para degustar, por infrecuente, es el punto de vista narrativo: una narradora testigo pero no participante, una de las criadas de la abadía sin intervención alguna en el devenir de los acontecimientos. 

El texto se divide en ocho capítulos breves, con un esquema evidente de publicación por entregas. Alcott comienza con un truco original: un Dramatis Personae narrado, que presenta a los personajes interactuando y desvelando datos sobre ellos y sobre la trama.  


A partir de ahí asistimos a una historia de personajes encerrados en un recinto -una antigua abadía reconvertida en mansión- en donde, ociosos como buenos burgueses de la época, se entretienen contándose cuentos de terror -en forma de relatos enmarcados, si bien la brevedad del texto obliga a que sean muy sucintos- mientras afloran los pasados oscuros, los secretos de familia, los intereses económicos y los amores, tanto los no correspondidos como los escondidos durante años o los impuestos por las presiones sociales.

La abadía es un escenario idóneo, arcilla en manos de Louisa May Alcott para una novelette que juega con todos los tópicos del terror gótico -la noche, la tormenta, los espacios cerrados, las construcciones antiguas, el viento, la atmósfera desapacible, los protagonistas enfermizos, la sensación de tensa espera hasta que se precipite el desenlace trágico, la omisión deliberada de datos en la narración...- donde el fantasma no puede tardar en aparecer. 

Este es el último gran golpe de efecto de la autora: el espectro del abad que da título a la obra. Un fantasma al estilo de los de Emily Brönte en Cumbres Borrascosas o al de la posterior Una vuelta de tuerca de Henry James. Fantasmas clásicos para un terror más velado que explícito, donde lo que realmente sugerente es lo que se omite, no lo que se narra. 

Literariamente El espectro del abad es notable por la habilidad de Louisa May Alcott para despojar su narración de todo lo superfluo y quedarse con lo fundamental. El resultado es un buen cuento de fantasmas, que despierta el interés por esta faceta oculta de la estadounidense y que invita a leer sus otras novelettes similares (con la editorial de The Flag Of Out Union publicó seis).  

En cuanto a la edición, Pulpture sigue subiendo el listón y entrega un volumen muy cuidado, con un diseño muy elegante en su sobriedad, que recuerda por estética a la línea Gótica de Valdemar y que incluye dos tintas, cubiertas con solapas y un marcapáginas de regalo. El formato es el mismo que la editorial emplea en su línea Costas de Carcosa, y que resulta muy cómodo de sujetar y leer, con márgenes amplios y letra grande. 

El espectro del abad viene acompañado en su lanzamiento por otro título: Carne para la eternidad, un volumen con dos relatos sobre momias, La bella durmiente de Saïs, de Robert Williams Chambers, y Zenobia: un sueño del antiguo Egipto, de Hereward Carrington.

El espectro del abad puede adquirirse en La boutique de Zotique.

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